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viernes, 30 de agosto de 2013

Ingeniero viene de ingenio

A veces no nos damos cuenta, porque son pequeños detalles que se nos pasan por alto por cotidianos, pero nos facilitan enormemente la vida. Rara vez nos paramos a pensar en ellos, la verdad, pero cuántas gracias tenemos que dar a los ingenieros por tantas cosas, por sus ocurrencias y sus inventos, tan simples y a menudo tan eficaces. Si yo fuera ingeniero, me cabrearía que la gente los ignorara, porque seguro que te tienes que devanar la sesada de mala manera para conseguirlos. Bueno, digo yo que serán los ingenieros los que hacen esas cosas, ¿no? O al menos yo se las atribuyo a ellos. ¡Qué ingenio, dios! Y de tal ingenio, tal obra de ingeniería.
Por ejemplo, una caja de cartón. Las hay que rayan la perfección, con departamentos interiores, tapas múltiples y recovecos, que las convierten en auténticas obras de arte. Y más cuando la deshaces, coño, que te quedas admirado del ingenio que le ha tenido que echar el tío al tema, para poderla construir con tan sólo una simple placa de cartón, en una sola pieza, media docena de cortes y unas cuantas dobleces por aquí y por allá. Se necesita agudeza, ocurrencia e imaginación a raudales para crear tales artilugios casi perfectos.
Son la leche afilándose el coco. ¡Qué tíos!
Me acuerdo que, de niño, de vez en cuando iba a una mercería de las de entonces, de aqué- llas de barrio de toda la vida. Para empezar, te quedabas extasiado viendo como allí "se cogen puntos a las medias" con un aparatito ruidoso que intuías mágico total, porque, luego, en las medias de mi madre no se notaba cicatriz alguna. Estaba cerca de mi casa, y yo cada vez que iba le pedía al buen señor que si tenía una caja de botones vacía que me la diera. Eso lo hacíamos los niños de entonces sin que a nadie le pareciera mal, ni nos mandaran a hacer puñetas. Igual que cuando jugábamos al fútbol en plena calle y entrábamos al bar de la esquina a que nos dieran un vaso de agua. Además de dártelo gratis total, por supuesto, te sonreían y te animaban a seguir jugando y a chutar así o asao. Anda que si es hoy… Bueno, pues cuando el de la mercería que te contaba te daba una caja de aquéllas, la guardabas como oro en paño, porque tenían una subdivisión interior y la tapa partida al medio, con ambas mitades sujetas por una goma, lo que te permitía levantar la tapa de un departamento mientras el del otro lado permanecía cerrado a cal y canto. ¡Qué misteriosa gozada a los ojos infantiles! Yo en uno guardaba avispas y en el otro lagartijas. Me lo pasaba divino con esas cajitas, y las guardaba y mimaba como si de un tesoro se tratara. ¡Qué tiempos! ¿Cómo era aquella canción? Ah, sí: "qué tiempo tan feliz, que nunca olvidaré…" ¿Te acuerdas?
Y volviendo al presente, mira, sin ir más lejos, lo del tapón que convierte a las botellas en irrellenables. Qué simpleza, ¿no? Pues ni a ti ni a mí se nos había ocurrido, listo, pero hubo a quien sí. En fin, a lo mejor lo del tapón irrellenable no es de lo mejorcito, bueno, o casi, porque el que inventó el sistema dejó entreabierta la puerta para que pudieran ser rellenables de nuevo. Así nos dan el güisqui que nos dan. Pero ya me entiendes: son deta lles nimios, que despreciamos o simplemente ignoramos, pero importantísimos a veces.
No te digo nada de los inventos que implican un mayor grado de seguridad para el usuario de cualquier artilugio potencialmente peligroso. Por ejemplo, la simpleza de que los capuchones de los bolígrafos "Bic" de toda la vida, vengan desde hace tiempo con un agujerito al final del capuchón.
¿No te has fijado?
Pues ese detalle habrá salvado cantidad de vidas de niños, y de adultos, que en un descuido lo metieron en la boca y se les coló, y que de otro modo les hubiera provocado un cuadro asfíctico mortal, como antes sucedía. Es verdad que en eso hemos progresado, como en tantas otras cosas, y para bien. Si es que hay gente para todo, y como cada día exigimos más, pues ellos inventan más. Todo eso, aplicado a los envases de productos farmacéuticos, ha sido un éxito. Los tapones a prueba de niños, otro ejemplo más.
 Pero, claro, hay veces que obsesionados por la perfección y atosigados por una Adminis-tración no menos obsesionada con las medidas de seguridad de los envases, pues se pasan. Por ejemplo, en la industria farmacéutica.
 El otro día, a las dos de la madrugada, suena el teléfono. Estoy de guardia y en urgencias. Una señora de mediana edad, bueno, para la que por aquí se estila, o sea, de unos setenta años, se disculpa de antemano por lo que me va a pedir, me dice que comprende que no me vaya a parecer bien, pero, por favor, que necesita ayuda. Somnoliento, le digo que no se preocupe, que me diga en qué cree que puedo ayudarla, y me lo suelta de sopetón: - Es que el médico le ha mandado esta mañana un jarabe a mi padre, ¿sabe?, y quería ver si podía venírselo a dar usted, porque mire que lo he intentado, pero soy incapaz de abrir el maldito frasco y me estoy poniendo de los nervios. - Pero mujer, si es bien fácil, tráigame el frasco… - Si es que no puedo dejarlo sólo, que tiene la cabeza perdida y estoy sola con él. Si pudiera… Que mire qué horas son y a ver a quién recurro yo si no. Si tarda un minuto, hombre… - A ver, déme el teléfono, que yo la llame y compruebe que no me está tomando el pelo. Ratificada la veracidad de la llamada, me armé de paciencia y comprensión, cogí el coche del centro y me fui para allá ante la sorpresa y el desagrado de mi compa- ñero de guardia, que bramaba al fondo eso de "joder, pues que llame a los bomberos, no te digo...". Afortunadamente vive a menos de un kilómetro del centro y llegué en un pis-pas, en plan Superman. Ya, ya. Y mira que tengo yo unas manitas que dios me dio como para partir nueces, ¿eh? Pues que si quieres arroz, Catalina. No quedé en ridículo de milagro, y al final, cuchillo de cocina en mano tuve que destrozar el jodío tapón que casi puede conmigo. Fue una pelea en condiciones, cómica total, a brazo partido, créeme, que si ves cómo estaba de agarrado el susodicho taponcito de aluminio… ¡La madre que lo parió! No había quien le rompiera las pestañitas de sujeción. Y luego, a punta de cuchillo también, retirar el otro taponcito de
aluminio… ¡La madre que lo parió! No había aluminio… ¡La madre que lo parió! No había quien le rompiera las pestañitas de sujeción. Y luego, a punta de cuchillo también, retirar el otro taponcito de plástico, que no había manera de echarle mano. Lo dejé destrozado e inservible y me rebocé con el puñetero jarabe. Pero lo abrí, menos mal, ¡qué machada, tú!
Pues a los pocos días llega una de un pueblo de al lado, que se ha cortado en la mano.
Mientras empiezo a preparar todo para la sutura, la mujer, ya anciana, me comenta lo sucedido:
- Mire que se lo tengo dicho a don Juan: "cámbieme las cláusulas, que éstas que vienen en un bote no soy para abrirlas". Y él me dice "que no, mujer, que no será para tanto". Cuando voy a la farmacia, le pido a doña Ana que me lo abra ella con el cuchillito ese que corta el cupón de las cajas, ya me entiende, pero ayer, como había tanta gente, pues que me dio no sé qué y no le dije nada. Y como a ella se le pasó, pues
al ir a la cama me acordé que la tenía que tomar, y como no podía abrir el bote, pues lo intenté con una navajita, y ya ve la que he preparado, que a poco más y me quedo manca.
Pensé en lo exagerada que es, a veces, la gente. Pero como la curiosidad podía conmigo, al día siguiente, el que fui a la farmacia fui yo. ¿Que qué pasó? Pues que la mujerita tenía razón. ¡Anda, intenta con ochenta años abrir el botecito de Tranxilium 5, salao! Viene plastificado que no veas, y hasta que le encuentras por dónde echarle mano… No te digo si encima tienes cataratas, claro, que me pongo en su lugar y es que es para cabrearse. ¿O no? Pues di lo que quieras, colega, pero de mis CD el noventa por ciento tienen la carcasa rayada, porque como no eche mano a un boli o al estilete de abrir las cartas… Me pone de los nervios el hermetismo de su papel de celofán.
¿Y los blíster de aluminio? Los hay que, presionando tal como dice el fabricante, destrozas la cápsula, rompes la de al lado entre jadeos, arrugas al resto y cuando lo logras, te sale espachurrada. Lo que yo te diga. Y con los omeprazoles no te quiero ni contar.
Medidas de seguridad, todas las que se puedan, bienvenidas sean. Pero, coño, que sean razonables, pensando en el usuario final, hombre, que muchas veces los enfermos, y más si son ancianos, tienen limitaciones sensoriales y físicas lo suficientemente importantes como para que esas medidas, a veces excesivas sin ayuda, sean poco menos que insalvables.
Y no te digo nada cuando a todo ello se une una buena dosis de ignorancia; y de impericia en el tema, como es mi caso. Mira que parece sencillo, ¿eh? Pues no veas cómo las pasé de canutas la primera vez que tuve
que poner a un paciente su primer parche de Durogesic. ¡Si es que no había por dónde abrirlo! Y yo venga a leer las instrucciones, y nada, que no daba con el truco. Cuando más desesperado estaba, sólo por error, acerté.
Por eso, más de una mañana, ante la taza de café humeante y las tostadas calentitas, pienso en mis pacientes ancianos, cada vez que estreno un frasco de mermelada. ¿Cómo coños se las arreglarán ellos para abrir el frasco? Porque yo, con el "open" hacia allá, venga a resoplar mientras lo intento. Al final, claro, a porrazos con el culo del frasco contra el suelo y el alma en vilo: ¡Dios mío, que no se me llenen las manos de mermelada de naranja amarga! Bueno, o sí, y me las chupo, que no me importa.
Si, ya sé que las tostadas con aceite de oliva están a esas horas de muerte. Pero, anda, que con la de naranja amarga... ¡Ni te digo!

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