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miércoles, 13 de marzo de 2019

Preferencias sociales

A raíz de un flujo impresionante de investigación teórica y experimental, muchos economistas están ya acostumbrados a la idea de que la gente posee preferencias sociales (es decir, interdependientes). Esta opinión se apoya en una amplia literatura que muestra que los sujetos experimentales, usando protocolos experimentales clásicos, actúan como si trataran de maximizar una función objetivo en la que, además de su propio interés, tienen en cuenta el bienestar de los otros individuos que participan en el experimento.
Uno de los modelos más importantes para explicar estos resultados es el de Fehr y Schmidt (1999) sobre preferencias sociales (aversas a la desigualdad). Aunque estos autores dicen al principio de su artículo que “casi todos los modelos económicos suponen que toda la gente persigue exclusivamente su propio interés material y no les importan otros objetivos sociales per se”, el debate sobre la interdependencia de las preferencias ciertamente no comienza con ellos. La primera vez que se usa la expresión “preferencias sociales”, hasta donde nosotros sabemos, es en un artículo de John Harsanyi (1955), que la utiliza para argumentar que las funciones de bienestar social deben ser vistas como “preferencias sociales”, es decir, juicios de valor individualistas sobre la situación material de todos los miembros de una sociedad.
Tampoco es correcto que los economistas no hubieran pensado antes (de estos nuevos modelos) que la gente persigue algo más que su propio bienestar material. Jörgen Weibull (2004) argumenta que la afirmación de algunos economistas experimentales de que algún concepto de equilibrio ha sido violado en el laboratorio no es correcta en el contexto en el que suele hacerse, porque estos investigadores no observan las preferencias de los sujetos ni sus creencias y, típicamente, suponen que a los sujetos experimentales sólo les importan sus propias ganancias monetarias. Como decía Sen (1977), a los economistas sólo nos importa describir el dominio de las preferencias individuales en entornos de interés y si estas preferencias son estables con respecto al marco estratégico de referencia.
A continuación, para introducir las principales versiones de la teoría de las preferencias sociales propuestas en la literatura, presentamos los marcos experimentales que se han utilizado con más frecuencia para demostrar el contenido empírico de dichas preferencias. Nos referimos al juego del ultimátum y al juego del dictador. En el juego del ultimátum, dos jugadores, Ana y Blas tienen que decidir cómo repartir una suma de dinero, digamos 1 Euro. Ana (la proponente) hace una oferta a Blas (el respondedor). En caso de que el respondedor acepte, el reparto del dinero se realiza conforme a la decisión del proponente; sin embargo, si el respondedor rechaza la oferta, ninguno de los dos jugadores recibe nada.
Aunque hay muchos equilibrios de Nash en este juego, el único equilibrio perfecto en subjuegos consiste en que Ana ofrezca la mínima cantidad posible de dinero y que Blas acepte. Este sería el resultado en un marco “típico”, bajo la hipótesis de que a los dos jugadores sólo les preocupan sus propias ganancias. En contraste con esta predicción, en el laboratorio se observa que los proponentes suelen ofrecer el 30-40% de la suma que se debe repartir, ofertas que los respondedores suelen aceptar. Además, existe una proporción respetable de proponentes que ofrecen el 50% de la suma que hay que repartir. Ofertas menores del 30% suelen ser rechazadas con bastante frecuencia. Resultados parecidos han sido observados bajo una gran variedad de condiciones experimentales (véanse Kagel y Roth, 1995, y Camerer, 2003).
Una de las cuestiones clave que el protocolo experimental del juego del ultimátum no permite identificar es si: a) el comportamiento del proponente a favor de un reparto más igualitario es debido a una sincera aversión a la desigualdad (altruismo puro) o, más bien, b) al miedo “estratégico” del rechazo de una oferta demasiado baja por parte de un respondedor suficientemente “envidioso”.
Para distinguir entre estas dos alternativas, Forsythe et al. (1994) comparan resultados en el juego del ultimátum con el juego del dictador, en el que Ana (el dictador) propone dividir una cantidad fija de dinero con Blas. A diferencia del ultimátum, Blas ahora no puede rechazar la oferta y ambos reciben lo que propone el dictador. Esta modificación elimina consideraciones estratégicas en la oferta (Ana ya no tiene nada que temer), y da lugar a un cambio dramático a la baja en las ofertas se las comparamos con las del juego del ultimátum: la moda de las ofertas pasó del 50-50 en el juego del ultimátum a una oferta 100-0 en el juego del dictador. No obstante, las ofertas en promedio no caen a cero (como cabría esperar si Ana sólo intentara maximizar sus propias ganancias monetarias y no tuviera en cuenta las ganancias de Blas). Además, sigue habiendo una pequeña fracción de dictadores que proponen el reparto igualitario.
La comparación entre el juego del dictador y el juego del ultimátum muestra con claridad que las consideraciones estratégicas (previsión de un posible rechazo a las ofertas bajas) afectan sustancialmente el comportamiento de la gente. Consideraciones parecidas se revelan si se modifica el marco del juego del ultimátum introduciendo competencia, bien por el lado de los proponentes, bien por el lado de los respondedores. Roth et al. (1991) analizan un simple mercado en el que múltiples compradores (nueve en la mayoría de las sesiones) hacen una oferta por un objeto que tiene un mismo valor para todos, y que no vale nada para el vendedor. El protocolo de asignación es tal que el comprador puede aceptar o rechazar la oferta más alta. Si acepta la oferta, ése es el precio al que se vende el objeto; si la rechaza, no se vende. En este caso, la oferta de los compradores pronto converge a su valor. Fischbacher et al. (2009) modifican el marco de referencia introduciendo múltiples vendedores, cuyas ofertas convergen pronto a cero.
Concluimos discutiendo un concepto relacionado, la reciprocidad, que se ha propuesto para complementar el papel de las preferencias sociales en situaciones en las que los agentes toman decisiones de manera secuencial. Es decir, en entornos en los que los decisores de rondas posteriores pueden condicionar su comportamiento a las acciones realizadas por sus predecesores.
Volvamos al juego del ultimátum y consideremos la situación de Blas después de recibir una oferta muy “tacaña” de Ana. Blas mantiene sus preferencias sociales, pero esa acción “inaceptable” puede alterar su escala de valores, lo que lleva al rechazo de la oferta de Ana solo por “castigar” su mala conducta (incluso aun cuando ese reparto hubiera sido considerado aceptable en otro entorno). Es decir, no acepta la oferta para dar una lección a Ana. Para decirlo de otra manera, la reciprocidad amplía el ámbito de las preferencias sociales ya que los agentes añaden un juicio moral a las acciones, no solo a los resultados.
Hay muchos entornos económicos en los que los motivos de reciprocidad que acabamos de describir parecen bastantes realistas, lo que justifica la aplicación general del principio de reciprocidad para explicar, por ejemplo, el papel de los castigos para mejorar la contribución en juegos de bienes públicos (Fehr y Gachter, 2000), o la sostenibilidad de la cooperación en juegos de confianza (Berg et al. 1995).
Este texto fue tomado de:
Cabrales, A., & Ponti, G. (2011). Preferencias sociales. In P. Brañas (Ed.), Economía experimental y del comportamiento (pp. 109–124). Anthony Bosh Editor.
Bibliografía
Berg, J., Dickhaut, J., & McCabe, K. (1995). Trust, reciprocity, and social history. Games and economic behavior, 10, 122–142.
Camerer, C. (2003). Behavioral game theory (p. 544). Princeton University press.
Fehr, E., & Gächter, S. (2000). Fairness and retaliation: The economics of reciprocity. Journal of Economic Perspectives, 14(3), 159–182.
Fehr, E., & Schmidt, K. (1999). A theory of fairness, competition, and cooperation. Quarterly Journal of Economics, 114(3), 817–868.
Fischbacher, U., Fong, C., & Fehr, E. (2009). Fairness, errors and the power of competition. Journal of Economic Behavior & Organization, 72(1), 527–545.
Forsythe, R., Horowitz, J., Savin, N., & Sefton, M. (1994). Fairness in simple bargaining experiments. Games and Economic Behavior, 6, 347 – 396.
Harsanyi, J. (1955). Individualistic ethics and interpersonal comparisons of utility. Journal of Political Economy, 63(4), 309–321.
Kagel, J., & Roth, A. (1995). The handbook of experimental economics. Princeton: Princenton University Press.
Roth, A., Prasnikar, V., Okuno-Fujiwara, M., & Zamir, S. (1991). Bargaining and market behavior in Jerusalem, Ljubljana, Pittsburgh, and Tokyo: An experimental study. The American Economic Review, 81(5), 1068–1095.
Sen, A. (1977). Rational fools: A critique of the behavioral foundations of economic theory. Philosophy & Public Affairs, 6(4), 317–344.
Weibull, J. (2004). Testing game teory. In S. Huck (Ed.), Experiments and Bounded Rationality: Essays in Honour of Werner Güth. Palgrave Macmillan.
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La tesis de Irving Fischer


En la primavera de 1890, Fisher pidió a Sumner que le aconsejara un tema para su próxima tesis, en un momento en que este último empezaba a desinteresarse de la economía política clásica para centrarse más en “la ciencia de la sociedad”. Sumner, que ya había comenzado su extraordinario proyecto de aprendizaje de idiomas y se dedicaba a recopilar datos etnográficos, quería dar un fundamento más sólido a la sociología. Por eso propuso a Fisher que centrara su tesis en la economía matemática, un tema bastante novedoso y que además era difícil de abordar para los economistas de más edad, como él mismo. Para ello le prestó un libro de William Stanley Jevons, pionero de un nuevo método de cálculo que analiza las decisiones de los consumidores a partir de cambios menores.

En aquella época había bastantes especialistas en ciencias humanas que intentaban aplicar el método científico a sus respectivas disciplinas. El psicólogo y filósofo William James, que acababa de volver de Europa, escribió ese mismo año a un amigo: “Creo que tal vez ha llegado el momento de que la psicología empiece a ser una ciencia”. Fisher, que veía las matemáticas como una especie de moneda de cambio que podía facilitar el intercambio de ideas a través del mundo, se interesó por la posibilidad de fortalecer los fundamentos teóricos de la economía política, como había hecho Gibbs con la química:

“Antes de construir el puente de Brooklyn o pronunciarse sobre él tras su construcción, un ingeniero necesita saber matemáticas, mecánica, la teoría de las fuerzas, la curva natural de un cable de suspensión. Etcétera. Por eso, para aplicar la economía política a las tarifas ferroviarias, los problemas de los monopolios o la explicación de cualquier crisis reciente, hay que empezar por desarrollar la teoría general de la propia economía política.”

Tanto los darwinistas sociales como sus rivales, los socialistas, consideraban que el rasgo distintivo de la economía moderna era la competencia y comparaban el funcionamiento del mercado con una selva. Pero a Fisher, como a Marshall, le interesaba más el alto grado de interdependencia y cooperación existente entre los diferentes agentes económicos (los hogares, las empresas, la administración pública) y las múltiples vías por las que una causa concreta podía producir un efecto final.

Mientras estudiaba en New Haven, Fisher hizo algunas incursiones en New York, y en alguna ocasión aprovechó para visitar la Bolsa. La lectura de los libros recomendados por Sumner le hizo pensar en las operaciones del mercado de valores. Le sorprendió que parte del vocabulario de la economía procediera de la física: “fuerzas”, “flujos”, “inflaciones”, “expansiones”, “contracciones”… En cambio, no vio que nadie hubiera intentado diseñar un modelo que reprodujera el “hermoso e intrincado equilibrio que se manifiesta en los intercambios comerciales de una gran ciudad pero cuyas causas y efectos radican lejos de ella”.

Marshall había concebido la economía moderna como un “motor de análisis” y había usado gráficos para describir los efectos de las influencias externas en los mercados individuales. Por su parte, Fisher decidió construir un modelo matemático del conjunto de la economía. Quería mostrar la forma en que el mercado “calculaba” los precios que equiparaban oferta y demanda. Con el característico espíritu práctico estadounidense, quiso diseñar un modelo que no se limitara a combinar una serie de símbolos matemáticos, sino que permitiera generar soluciones numéricas. Cuando comenzaba a elaborarlo, decidió ir un poco más allá y construyó una máquina hidráulica que servía como modelo físico de las ecuaciones. Algo así solo se le podía ocurrir a una persona que, como él, había pasado cientos de horas en un laboratorio, efectuando tediosos y repetitivos experimentos. Fisher dio a leer su manuscrito a Gibbs, quien podía entender mejor que Sumner lo que trataba de conseguir.

En el modelo de Fisher, cualquier elemento depende de todos los demás. Por ejemplo, el grado en que un consumidor desea un producto depende del grado en que desea todos los demás productos. Fisher reconocía que aquel enorme artilugio, con sus depósitos, sus válvulas, sus pesas y sus palancas, se aplica “de forma muy aproximada” a los intercambios comerciales de “Nueva York o de Chicago”, pero no le importaba. “Las hipótesis ideales son inevitables en cualquier ciencia (escribió en su tesis doctoral). El físico nunca ha podido dar una explicación completa de ningún fenómeno del universo, solo ha logrado aproximaciones. El economista no puede aspirar a hacerlo mejor”.

El sofisticado mecanismo diseñado por Fisher permitía visualizar los factores que al interrelacionarse daban lugar a los precios, y también podía “emplearse como instrumento de investigación” para estudiar interconexiones distantes y complejas. Por ejemplo, mostraba cómo un impacto externo en la demanda o la oferta de un único mercado afectaban a los precios y las cantidades producidas de otros diez mercados interrelacionados, cómo alteraba los precios y cantidades de todo el conjunto y cómo modificaba los ingresos y elecciones de compra de diferentes consumidores. El artilugio hidráulico de Fisher fue el precursor de los modelos de simulación y previsión a base de miles de ecuaciones que empezaron a utilizarse en los grandes ordenadores centrales de la década de 1960 y que los estudiantes de hoy pueden usar en un simple portátil para calcular el PIB de un país. Por desgracia, tanto el modelo original de Fisher como el sustituto que se construyó en 1925, después de que el primero se rompiera al trasladarlo a una exposición, se han perdido para la posteridad.

Fisher escribió su tesis durante el verano de 1890. Demostrando el entusiasmo que le inspiraban las posibilidades del método matemático, incluyó una exhaustiva lista y bibliografía de las aplicaciones. El economista Paul Samuelson calificó las “investigaciones matemáticas sobre la teoría del valor y del precio como la tesis doctoral de economía más importante jamás escrita”. Cuando se publicó, el Economic Journal, fundado por Alfred Marshall y otros miembros de la recién creada Asociación Británica de Economía, la saludó como la obra de un genio. El autor de la reseña, Francis Ysidro Edgeworth, catedrático de Oxford y uno de los pioneros de la economía matemática, escribió: “Podemos vaticinar al doctor Fisher el grado de inmortalidad que merece quien ha sido capaz de profundizar en los fundamentos de la teoría económica pura”. En la tercera edición de sus Principios, Marshall, siempre reacio a reconocer las aportaciones de otros académicos, incluyó no una sino tres referencias elogiosas a las investigaciones de Fisher, que calificó de “brillantes”, además de situar a su autor entre los más profundos pensadores de Alemania e Inglaterra”.

Este texto fue tomado de:
Nasar, S. (2012). La gran búsqueda. Una historia de la economía (p. 607). Debate.

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Irving Fisher


Fue un economista estadounidense que contribuyó a difundir las ideas económicas neoclásicas en Estados Unidos.

Su primera contribución teórica a la economía se encuentra en su tesis doctoral de 1892, "Mathematical Investigations in the Theory for Value and Prices", que contiene una completa exposición de la teoría del equilibrio económico general de Léon Walras, aunque, y esto es lo sorpredente, en el prefacio declaró que no conocía la obra de Walras. Sus principales puntos de referencia hay que buscarlos en Jevons, Auspitz y Lieben.

Debido a su extraordinario conocimiento matemático (el gran físico de la termodinámica Gibbs fue su mentor), Fisher dio formulaciones muy modernas para su época: fue el inventor de los índices económicos y un pionero de la econometría.

Sus intereses en economía fueron muy similares al de otro gran economista estadounidense de la misma época John Bates Clark (1847-1938). Sin embargo, sus planteamientos fueron distintos, Fisher estaba menos preocupado por la búsqueda de un fundamento ético del mercado y más por la validez de las hipótesis y la corrección de los razonamientos.

La historia del pensamiento económico es la historia de sus controversias.


Durante las décadas de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado se desarrolló una gran polémica, hoy totalmente olvidada, entre economistas de uno y otro lado del océano. Se la denominó la controversia entre los dos Cambridges, pues enfrentó a científicos sociales del Cambridge británico con los del Cambridge de Massachusetts (EE UU). Unos y otros (gente tan importante como Joan Robinson, Paul Samuelson, Robert Solow, Franco Modigliani, Michal Kalecki, Nicholas Kaldor,…) eran keynesianos en una u otra medida, pero pasaron años enfrascados en una teoría sobre el capital.
Así cambió la economía el mundo


John Maynard Keynes, uno de los grandes protagonistas del libro 'La gran búsqueda', en 1940.

La escritora Sylvia Nasar narra en ‘La gran búsqueda’ las controversias entre los grandes ideólogos financieros de la Historia y su impacto real en la vida de la gente.

La historia del pensamiento económico es la historia de sus controversias. A través de ellas se ha avanzado en los dos últimos siglos y medio, desde que se considera la Economía como una ciencia social. Un periodo en el que la teoría ha pasado de ocuparse básicamente de lo que no podía hacerse a lo que debe hacerse para mejorar, para llegar a la buena vida de los ciudadanos.

John Maynard Keynes, uno de los grandes protagonistas  el libro 'La gran búsqueda', en 1940
La gran búsqueda, de la escritora y periodista estadounidense de origen alemán Sylvia Nasar (editorial Debate) es un fantástico relato de cómo la Economía ha cambiado el modo de vida de los habitantes del planeta, a través de las ideas. Marshall o Keynes, dos de las cimas de ese pensamiento durante el siglo XX, destacaron el papel de la Economía moderna como organón, lo que significa herramienta; más que un conjunto de verdades es un motor de análisis diseñado para alcanzar la verdad, un instrumento que nunca será perfecto sino que requiere continuas mejoras, adaptaciones e innovaciones para ejercer su función.Keynes, que fue discípulo de Marshall, entendía la economía como “un aparato de la mente” cuyo cometido, como cualquier otra ciencia social, es analizar el mundo y aprovechar al máximo sus posibilidades; un instrumento del conocimiento que permite resolver lo que el genial economista de Cambridge denominó “el problema político de la humanidad”, la combinación de tres principios: la eficiencia económica, la justicia social y la libertad individual.





La escritora y periodista estadounidense Sylvia Nasar es la autora de 'La gran búsqueda'.
La escritora y periodista estadounidense Sylvia Nasar es la autora de 'La gran búsqueda'.


Liberales frente a intervencionistas, hayekianos frente a keynesianos, malthusianos frente a quienes no lo eran, marxistas contra liberales e intervencionistas, keynesianos bastardos (de derechas) frente a keynesianos de izquierdas, postkeynesianos frente a partidarios de una síntesis neoclásica y keynesiana, friedmanitas, neoconservadores, partidarios de la regulación, fabianos, socialistas, schumpeterianos… de todos estos debates se salió avanzando. Hay multitud de ejemplos en La gran búsqueda. Por ejemplo, en los años treinta, marcados por la Gran Depresión, a falta de una teoría satisfactoria sobre la crisis, los economistas ingleses se dividieron en dos bandos y preanunciaron la madre de todas las batallas: un grupo partidario de la intervención, liderado por Keynes, y por el llamado Cambridge Circus, en el que estaban algunos de sus discípulos más dilectos que coquetearon con el marxismo como doctrina y con el comunismo como sistema político: Piero Sraffa, Joan Robinson, Richard Kahn (que ha vuelto a la actualidad por una polémica muy actual, que ha emergido del Fondo Monetario Internacional: el papel del multiplicador keynesiano). Es muy curioso cómo Keynes, que era un liberal a la antigua usanza, más cercano a la aristocracia que a la burguesía, que despreciaba al Partido Laborista y ponía a la URSS en el mismo saco que a la Alemania fascista y que odiaba a Stalin, fue tan condescendiente con el izquierdismo marxista de algunos de sus colaboradores. Tendía a ver el fanatismo de los jóvenes economistas simpatizantes con la URSS como una excentricidad inofensiva en fase pasajera. No pensaba que la ideología debiera ser un obstáculo para la amistad o la investigación y, en todo caso, admiraba el idealismo y el valor de estas personas. En 1939 escribió: “En la política de hoy no hay nadie que valga la pena fuera de las filas de los liberales, salvo la generación de comunistas intelectuales de menos de 35 años”. Aunque estuvieran engañados, eran “un material magnífico”, demasiado bueno para no ser aprovechado.
El otro grupo de economistas ingleses, el de los liberales partidarios de la no intervención en la economía (las recesiones se curan solas), estaban relacionados con la London School of Economics, encabezados por Lionel Robbins, molestos por la hegemonía de Cambridge en el pensamiento económico. Robbins, que fichó a Von Hayek para sus filas, quería convertir la London School (fundada y subvencionada por los fabianos, una especie de socialistas utópicos) en “la contrapartida liberal del colectivismo de Cambridge”. La presencia de economistas en uno u otro grupo fue bastante móvil, dependiendo de las circunstancias, aunque los dos jefes de filas fueron Keynes y Hayek.
El primero, alrededor de cuya obra gira casi siempre la toma de posición de los demás, es el astro transversal de La gran búsqueda. Cuando muere su maestro, Alfred Marshall, escribe una necrológica de lo que Keynes considera un buen economista, que sigue vigente hoy. “El gran economista”, escribe Keynes, “debe poseer una rara combinación de dotes (…) Debe ser matemático, historiador, estadista y filósofo (en cierto grado). Debe comprender los símbolos y hablar con palabras corrientes. Debe contemplar lo particular en términos de lo general y tocar lo abstracto y lo concreto con el mismo vuelo de pensamiento. Debe estudiar el presente a la luz del pasado y con vistas al futuro. Ninguna parte de la naturaleza del hombre debe quedar por completo fuera de su consideración. Debe ser simultáneamente desinteresado y utilitario: tan fuera de la realidad y tan incorruptible como un artista, y sin embargo, en algunas ocasiones, tan cerca de la tierra como el político”.

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