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sábado, 29 de noviembre de 2014

Darwin, eugenesia y el siglo chino

Darwin, eugenesia y el siglo chino

por Arturo G. Dorado
Cabeza ADN
Recientemente se ha publicado uno de esos libros que pueden marcar hitos históricos. “Una herencia incómoda: genes, raza e historia humana”, de Nicholas Wade, el respetado corresponsal de ciencias del New York Times.
En palabras de Wade “el libro es un intento de entender el mundo como es, no cómo debería ser”. Y puede ciertamente marcar un antes y un después. La tesis básica de Wade es que la evolución humana ha sido “reciente, copiosa y regional”.
Wade no dice nada nuevo, se limita a recoger magistralmente el estado actual de los descubrimientos genéticos. Y los descubrimientos de los últimos años confirman ya, de manera irrebatible, que sí, sigue ocurriendo la evolución humana, que no se ha detenido hace miles de años.
Wade también afirma en su libro, consecuencia de la tesis anterior, que no sólo las razas humanas existen, sino que las diferencias entre ellas no son sólo superficiales (color de piel y demás), sino más profundas, que características como la inteligencia, o la violencia, varían en promedio de un grupo humano a otro, y que estas variaciones, perfectamente naturales desde un punto de vista evolutivo, tienen una base genética y explican gran parte de la historia humana.
La ortodoxia actual en occidente afirma que las razas no existen, son un constructo social, y que las diferencias entre los grupos humanos son insignificantes. Luego de las aberraciones cometidas el pasado siglo es comprensible que este punto de vista se haya impuesto. Aunque también hay mala fe en el asunto. No obstante, lo que la genética parece estar develando a pasos acelerados es que no son tan insignificantes las diferencias, sino por el contrario, que hasta un 15 por ciento de genes pueden diferir, y esto sí define mucho.
Las críticas al libro de Wade, y a la existencia de las razas humanas en general, se basan, además de motivos ideológicos fuera de toda discusión racional, en que la gradaciones son fluidas entre una y otra, y que no es posible determinar límites exactos. Esto no se sostiene mucho. Si los límites, como replica Wade, fueran precisos ya no serían razas sino especies diferentes que no se cruzarían. Y, de mantener grupos humanos aislados unos de otros por un tiempo razonablemente largo, es de esperar que suceda lo que pasa con el resto de los seres vivos: surgen dos especies diferenciadas de un tronco común.
Wade usa la imagen de los colores para ilustrar su idea. No hay límites precisos entre un color y otro, no obstante, nadie niega que el azul es un color y el verde otro.
También se alega que la similitud del genoma humano es mucho mayor que las diferencias, que estás son mínimas. Pero tampoco se sostiene esto ante un análisis más desapasionado, la similitud del genoma de los humanos y los chimpancés es de 98 por ciento, y es evidente que somos especies diferentes a pesar de compartir la inmensa mayoría de los genes. O se alega también que la mayoría de las variaciones ocurren dentro de la misma raza o grupo, lo cual tampoco invalidad nada. Lo mismo ocurre entre las razas de perros, el 70 por ciento de las variaciones genéticas son dentro de la misma raza, pero, pese a esto, un gran danés no es un chihuahua. El caso no está en los genes similares, sino en las diferencias, que en realidad no son tan pequeñas desde un punto de vista evolutivo.
La base más profunda para negar las diferencias humanas, es decir, diferencias hereditarias, y entre grupos o razas, más allá de prejuicios ideológicos, o temores fundados o no a aceptar que existen las razas humanas como categorías biológicas, es de carácter metafísico, o sea, la concepción de Descartes de que existe una res cogitan, la mente, que es independiente de la biología.
Pero la neurociencia y la genética actuales refutan esa idea, y cada vez son más y más los descubrimientos que indican que hacer una separación entre mente y cuerpo es insostenible, que sí se trasmiten rasgos como la inteligencia, y que entre los grupos humanos existen diferencias de inteligencia y otras características, que no pueden reducirse sólo a cultura.
Sin dudas, afirmar que la inteligencia tiene una base genética, y más, que en promedio varia de un grupo o raza a otro, es polémico, y provoca temores fundados, e infundados. Wade se encarga en un capítulo de su libro de mostrar las aberraciones a que un mal uso de la ciencia puede llevar. Pero la realidad es independiente de cómo se quiera que sea (la tierra gira en efecto alrededor del sol, independientemente de que muchos pensaran que aceptar esta idea tendría consecuencias fatales para la teología, o para la moral, y los seres humanos tienen más de 6000 años, pese a que algunos fundamentalistas sigan diciendo que porque la Biblia no lo dice es mentira). Aunque aún no hay una confirmación de cuál gen, o genes (sabemos que son varios), influye en la inteligencia, sí hay una abrumadora evidencia de que más del 60 por ciento de la inteligencia depende de los genes, y el resto de factores ambientales y otras causas. A la velocidad de la investigación actual, es de prever que en corto plazo no sólo se tenga la confirmación de esto, sino de otras características humanas, como el altruismo, la tendencia a la violencia, y demás.
Un implicación directa, y chocante para muchos, es que los seres humanos no son tabulas rasas, en los cuales se puede escribir a voluntad, que la cultura decide todo, como decía el antropólogo Frank Boas, sino que sí, tenemos una programación, unas tendencias que han venido desarrollándose por las presiones evolutivas. Y que, esto es aún más importante para mí, aunque no parece ser muy notado en las reseñas del libro, que la evolución no sólo ha sido reciente, sino que no se ha detenido, que de hecho sigue y puede estarse acelerando.
Aquí se impone una nota, en realidad la creencia de que los seres humanos son tabula rasa en los cuales la cultura, la ideología y la educación es todo, ha sido la base de cuanta ingeniería social se le ha ocurrido a los iluminados de turno, desde Robespierre, bajo la guía de Rousseau y sus tonterías del estado natural inocente y el buen salvaje corrompido por la civilización, pasando por Lenin y el tío Stalin, hasta los científicos sociales de los años 60, y sus descendientes postmodernos, empeñados en negar las diferencias entre los sexos y convertir a una niña en niño por educación. O, más recientemente, a los “benefactores” del FMI y compañía globalizadora, abanderados por los neocon en los EUA, decididos a imponer el capitalismo y las ideas occidentales en sociedades donde simplemente no funcionan. De más está decir que semejantes experimentos han traído una cantidad de sufrimiento inefable.
Retomando la evolución acelerada, Greg Cochran y Henry Harpending, en su libro “Los 10000 años de explosión”, arguyen que la evolución humana se ha acelerado desde el advenimiento de las primera ciudades. Cambios drásticos en el entorno de nuestros ancestros han creado nuevas presiones evolutivas que son beneficiosas a la vida en largas comunidades, entre ellas menores niveles de agresión, gratificación diferida (esto es vital para sociedades campesinas), una mayor disposición a confiar en extraños, fuera del propio grupo, y cualidades mentales requeridas para la artesanía, las finanzas y otras habilidades complejas. La civilización ha incrementado la velocidad de la evolución, y lo sigue haciendo.
Esto es relativamente fácil de entender si se tiene alguna idea de cómo funciona la evolución. Pero lo más interesante es la interacción entre cultura y biología. Según Wade pequeñas variaciones en un grupo, por ejemplo la disminución de los niveles de violencia, permiten el surgimiento de determinadas instituciones, y luego estas instituciones, la civilización en otras palabras, aumentan la presión evolutiva para la trasmisión de dichas características particulares. Un ejemplo concreto ayuda a entender mejor lo anterior. En las sociedades actuales los individuos muy violentos tienen pocas posibilidades de tener una descendencia abundante, suelen quedar aislados, resultar poco atractivos para el resto del grupo, tienen dificultades, en otras palabras, para que su dotación genética se trasmita. Pero en una sociedad primitiva guerrera, los más violentos reciben los mayores premios, la sobrevivencia del grupo depende de la agresividad de algunos de sus miembros.
De hecho, pensar que la evolución se ha detenido luego de que los humanos dejaron África es contra intuitivo. Los humanos que emigraron de África fueron a ambientes radicalmente diferentes a la sabana africana, en los cuales las presiones de selección natural actuaban al momento y muy fuertemente. Uno puede suponer que importantes adaptaciones ocurrieron, por ejemplo, al frío, o a las alturas, y los métodos modernos de investigación han confirmado que sí, ocurrieron. Y, en esto Wade es enfático, ocurren mucho más rápido de lo que creíamos.
Charles Murray, en su elogiosa reseña del libro en el Wall Street Journal, cita un estudio en el cual se ha establecido que el 14 por ciento del genoma ha estado bajo presión durante los últimos 30000 años, mucho después de que grupos humanos dejaron África.
Estos genes incluyen una variedad de aspectos, la tolerancia a la lactosa por ejemplo, o el color de la piel, o del cabello, pero también aspectos del cerebro y el sistema nervioso que afectan la cognición y la percepción sensorial.
La cuestión es si estas variaciones en los genes bajo la presión de la selección natural ha sucedido dentro de las razas humanas, y la respuesta es sí.
Wade alerta que conocemos aún muy poco de cómo estos genes afectan el cerebro, pero obviamente, sigue Wade, los genes que determinan el cerebro, la cognición y demás, no caen dentro de una categoría especial exenta de la selección natural. Están bajo la misma presión evolucionaria que el resto de los genes humanos, y de cualquier especie viviente. (Recientemente un estudio señala que las personas de ojos azules, y verdes, ambos colores provienen de la misma mutación, son mejores en el pensamiento estratégico a largo plazo que los de ojos oscuros. Aquí ya empieza a confirmarse que un cambió como el color de los ojos sí está relacionado con otras características mentales y emotivas.)
En la primera parte de su libro Wade traza un fascinante bosquejo del estado actual de la genética; en la segunda, que alerta es más especulativa, trata de iluminar la historia humana a la luz de la evolución; sus ideas, aunque no confirmadas aún, resultan muy plausibles. Su análisis de la Revolución Industrial resulta altamente probable. Cita Wade a Norber Elias en su monumental “El proceso de la civilización”, y cuando uno complementa la descripción que hace Elias, desde un punto de vista sociológico, con la base genética, el cuadro parece encajar perfectamente.
El caso de los judíos, los askenazíes, es revelador. Es difícil aceptar en la actualidad que la abrumadora cantidad de premios nobeles de los judíos pueda ser solamente por su cultura o educación, y que no haya una predisposición genética a altos niveles de inteligencia en ellos. Un grupo que es menos del 2 por ciento de la población humana, acumula más de 25 por ciento de los premios nobeles en el siglo XX, y va cerca del 30 en el XXI. Aunque la explicación que Wade propone a esta notable inteligencia es más especulativa, es muy plausible, y es de prever que una vez que se logre determinar qué genes influyen en la inteligencia, se pueda confirmar que en efecto, los judíos tienen una base genética de su notable desempeño intelectual.
Wade es crítico de los biólogos, economistas, antropólogos y sicólogos que simplemente descartan la posibilidad de explicaciones no culturales a las diferencias humanas como racistas, o quienes las reducen a determinismo geográfico, o le huyen a la evolución por sus implicaciones políticas. Esto no tiene nada que ver con la validez de las teorías, sino con los costos políticos que adentrarse en territorios riesgosos conllevan. De hecho, los peligros no son raros, varios académicos han perdido sus trabajos por afirmar que las diferencias entre los cocientes de inteligencia son en parte hereditarios, a pesar de que la evidencia a favor de que la inteligencia sí es hereditaria es ya abrumadora.
Sin embargo, es de esperar que, a no ser que se instaure una mayor censura, dentro de poco tiempo la evidencia será irrebatible, y de igual modo que se aceptó la teoría de la evolución en el siglo XIX, entre a formar parte de lo legítimo el que sí, existen las diferencias entre los grupos y razas humanas, y que esto, aunque puede ser usado de maneras perversas, no tiene en modo alguno por qué serlo.
El punto más interesante para mí, e inquietante, es la consecuencia que se desprende inmediatamente que se admite el hecho de que sí, la evolución continúa, que hay diferencias entre los grupos humanos, que características como la inteligencia son hereditarias, y que estas características juegan un papel muy importante en la civilización y la cultura humanas. Y esta consecuencia es “ayudar la evolución”, es decir, eugenesia.
Wade no expone esta conclusión, ni siquiera la insinúa, habla de que la evolución puede perder determinadas características, o tomar rumbos inesperados, el proceso de civilización no está dado por sentado, es uno de los resultados a determinadas presiones evolutivas, que puede revertirse, o autodestruirse. Y asume también la creencia más común entre los biólogos: la evolución es un proceso ciego, en el cual hablar de progreso no tiene sentido. No es posible decir desde un punto de vista evolutivo que un ser humano es superior a una bacteria, es más complejo el humano, pero las bacterias están perfectamente adaptadas al medio, y logran reproducirse con inaudita tozudez en las más diversas circunstancias.
No todos los biólogos, sin embargo, admiten esto, algunos asumen que esa sensación oscura que todos los humanos de un modo u otro llevamos dentro, de que sí, hay un propósito, una teleología, no es una mera ilusión, sino que en efecto, la evolución tiene un fin.
Sea como sea, cada especie tiende a mantenerse independientemente de que pueda estar destinada a desaparecer en poco o largo tiempo. Nosotros no somos la excepción  
Es posible ver toda la evolución como una eugenesia, sobreviven, es decir, tienen más probabilidades de trasmitir su dotación genética a sus descendientes, las especies más adaptadas al ambiente donde vivan; y al cambiar el ambiente las que logren adaptarse a las nuevas condiciones con mayor facilidad. De hecho, la falta de especialización de los humanos es una ventaja enorme. Otras especies perfectamente adaptadas a su medio no logran sobrevivir si el medio se altera.
La eugenesia está pues de cierto modo ocurriendo constantemente. Las mutaciones que resultan más favorables permiten la proliferación de quienes las portan, y los que no trasmitan sus genes, simplemente se extinguen. En otras palabras, la sobrevivencia de los más aptos.
Pero, si aceptar que las razas humanas existen y que entre ellas hay diferencias de inteligencia y temperamentos, no sólo fenotípicas, es una bomba darwiniana, políticamente muy incorrecto, hablar de eugenesia suele producir profundo rechazo luego de los horrores que se cometieron en su nombre. Imágenes de pesadilla nos vienen a la mente: esterilizaciones forzosas, infanticidios, experimentos monstruosos, asesinatos de “débiles” y otras cosas horribles. Es de prever que cualquier intento de defender la eugenesia produzca un violento rechazo en las poblaciones de occidente.
Pero, ¿qué pasa si algún país no tiene estos escrúpulos y asume una política de eugenesia, de manipulación genética con vistas a lograr una determinada característica que le interese, por ejemplo la inteligencia?
La respuesta es simple, este país lograría en un plazo relativamente corto una ventaja enorme sobre los que no lo hiciesen.
Dicho país existe en la actualidad. China ha estado llevando a cabo el programa más largo y eficaz de eugenesia humana en el mundo por más de 30 años.
Wade en su libro propone algunas explicaciones al caso chino y japonés, no a estas política actuales, aclaro, sino a su evolución histórica.
Los chinos y japoneses y coreanos quedan invariablemente en el primero lugar de inteligencia (su promedio es de 105, los europeos 100, los hispanos 95, los afroamericanos 85, y los africanos 65), no obstante, si bien es cierto que China fue la civilización más desarrollada del mundo por siglos, su capacidad inventiva es limitada. China y Japón siguen inventando menos que occidente. Aunque la inteligencia está directamente ligada al desarrollo de un país, no es el único factor. Wade, apoyándose en ejemplos históricos junto con la biología, analiza posibles causas de esta situación en la evolución e historias de los chinos. Debo decir que el libro de Wade no es sólo intelectualmente retador, sino que es una muestra de buena escritura, un placer de leer.
Los chinos, según especula Wade, tienden a asumir con mucha más facilidad sociedades de colaboración y jerarquías por peculiaridades no sólo culturales, sino biológicas en ellos, que hacen que el promedio tienda más a ese tipo de sociedades que a otras más abiertas.
De hecho, una de las conclusiones que más y más están haciéndose difíciles de evitar en la actualidad, es que la democracia occidental no es trasplantable a otras culturas y grupos humanos, y a la inversa con instituciones desarrolladas en otros grupos. Contra la mayoría de los analistas que preveían que el desarrollo económico llevara a China hacia una mayor democracia, la realidad se empecina en demostrar lo contrario. China sigue creciendo a gran velocidad pero continúa siendo un estado autoritario, y no hay señales de que vaya a dejar de serlo, ni que a los chinos les interese mucho la idea.
En realidad las democracias asiáticas, Corea o Taiwán o incluso el propio Japón, son mucho más jerárquicas que las occidentales. Esto puede ser una desventaja, por lo que dije anteriormente que Wade analiza en su libro, aun cuando el  promedio de inteligencia sea más alto que en occidente, su capacidad de aventurarse a lo desconocido es en promedio menor. Pero también puede convertirse en una ventaja. La colaboración entre el estado y los ciudadanos es más fluida que en occidente, y asimismo la cohesión social y el sacrificio por el grupo.
Y aquí entra la eugenesia. Los chinos están decididos a convertirse en la mayor potencia del siglo XXI, y a recuperar el papel de primera civilización del mundo que tuvieron por tantos siglos. En China la idea de la raza Han como digna de mejorar no sólo no es algo que choque, sino tiene el apoyo del gobierno, de la academia, de los ciudadanos y de todo el mundo. China no oculta sus ambiciones eugenésicas. Por generaciones los intelectuales chinos han enfatizado los lazos entre el estado (guojia), la nación (minzu), la población (renkou) y la raza Han (zhongzu) y recientemente le han añadido algo nuevo: la dotación genética de la raza Han (jiyinku). La medicina china tradicional se enfoca en prevenir defectos de nacimiento, en la nutrición del semen de los padres y de la sangre de las madres, y en engendrar niños saludables y brillantes. Semejantes ideas existieron en occidente en el paganismo, pero el cristianismo con la proclamación de lo sagrado del alma y la persona humana, hecha a imagen y semejanza del Creador, convirtió el infanticidio de cualquier tipo, y el eugenésico especialmente, en un pecado. Renacieron a finales del siglo XIX, y en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, pero luego de las barbaridades del nazismo y otros experimentos más bien dantescos han quedado muy mal paradas.
Pero no es este el caso de los chinos. En los años de la Republica China del 1912 hasta el comunismo en el 49, estas ideas gozaron de gran popularidad (como en Europa y los USA y Latinoamérica es verdad). Pero con ciertas peculiaridades. Los intelectuales chinos de la época se preocupaban mucho de la extinción racial, y veían la eugenesia como un modo de restaurar el lugar que le correspondía a China en el concierto de las naciones, luego de las humillaciones que sufrió en manos europeas.
Mao y compañía comunista no tenían ideas de perfección racial, sus matanzas (Mao fue pródigo en chinos muertos) eran producto de ideología clasista. No obstante, Mao temía a las sublevaciones campesinas, no influía en muchas cosas, y las prácticas eugenésicas de la sociedad tradicional china siguieron vivas subterráneamente.
Luego de la llegada de Deng Xiaoping al poder, las ideas de engrandecer a China mejorando su raza volvieron a tomar actualidad. Deng se dio cuenta de que no sólo era la economía, sino también la población lo decisivo para el futuro de China y lanzó la política del hijo único, llamó a tener menos hijos, más tarde y mejores.
En el 1995 los chinos emitieron una ley conocida como ley eugenésica (hasta que por la presión de occidente le cambiaron el nombre), mediante la cual se prohíbe a las personas con desordenes heredables, físicos y mentales, casarse, y se promueve masivos ultrasonidos para detectar posibles defectos en los fetos.
Deng legó a los chinos otras cosas además de sus aperturas económicas, y su política del hijo único, especialmente la estrategia de maximizar el poder nacional, la cual incluye el poder económico (energía, recursos y demás), el militar, el financiero (controlar la deuda de los EUA, no sólo tener bancos y moneda poderosa), el poder suave (arte, prestigio cultural, valores confucianos y cosas por el estilo; China ahora está en una verdadera furia de construcción de museos); pero, y aquí lo notable, lo único de China entre las grandes potencias del mundo, esta estrategia incluye el bio poder. En otras palabras, crear el capital humano de la más alta calidad del mundo en términos de educación, salud, y lo más interesante, genes de los chinos Han.
La China tradicional ya tenía un concepto para esto de bio poder, “yousheng”, que literalmente se traduciría por eugenesia.
El sistema de exámenes de la china tradicional, el mandarinato, perseguía algo así. Una meritocracia del conocimiento regía el país, y tenía muchas más ventajas reproductivas que el resto de la población, de manera que sus genes se trasmitían más y mejor.
Esto también lo analiza Wade en su libro, y aborda lo que decía anteriormente, de su lado “negativo” para la invención, pero a diferencia de los análisis tradicionales, desde la institución, Wade pasa a la genética. El sistema promovía la inteligencia repetitiva, no creadora.
Sea como sea, el caso es que los más brillantes eran quienes regían el país, tenían más dinero, más esposas, riquezas e hijos.
El sistema actual de acceso a la universidad (goakao), no es más que la actualización de los exámenes imperiales. Es el camino al éxito material, social y reproductivo.
Por otro lado el gobierno chino ha flexibilizado la política del hijo único a cambio de pagar un impuesto, que sólo pueden pagar los más ricos, los miembros de la élite educada generalmente, lo cual es también un tipo de eugenesia: promueve la transmisión de los genes de los más inteligentes.
Todo esto no obstante es más bien burdo, y no se aleja mucho de lo que ha sucedido hasta ahora en otras civilizaciones y en la propia China. Los chinos están decididos en hacer el proceso mucho más efectivo. Han invertido masivamente en investigación genética pero no cualquiera, sino de las características físicas y mentales que les interesan. Especialmente la inteligencia.
El Instituto de Genética de Beijin tiene la mayor cantidad de secuenciadores de AND de última generación del mundo, y ninguna de las trabas de sus homólogos en occidente. Ya está secuenciando más de 50000 genomas al año. Y tiene un proyecto muy interesante, el Proyecto Cognitivo Genético, el cual está secuenciando el genoma de 1000 individuos con las más altos coeficientes intelectuales del mundo, buscando encontrar los alelos que predigan la inteligencia.
Es muy probable que los encuentren pronto. Y también que inmediatamente los empiecen a usar en su propia población. Es decir, los resultados permitirán a los chinos maximizar la inteligencia de sus descendientes al seleccionar los que tengan las mayor probabilidad de los genes deseados.
Las metas son aumentar el promedio de inteligencia en un 20 por ciento.
De lograr los chinos su proyecto, en unas pocas generaciones la superioridad intelectual de un número considerable de sus descendientes será ya aplastante.
Si pensamos en la notable inteligencia de los judíos, que son menos del 2 por ciento de la población mundial, y el poder que han logrado con ella, es fácil de prever lo que pasaría si millones de chinos logran un coeficiente intelectual de 120.
Occidente se queda fuera del juego definitivamente.
¿Será esto beneficioso para todos? Es difícil de decir. Lo que sí es un hecho es que pese a que no sea políticamente correcto, las diferencias entre las razas humanas no sólo existen, sino pueden ampliarse o acercarse, y negarse a ver la realidad por anteojeras ideológicas, aun con las mejores intenciones, puede conducir simplemente a la propia extinción genética.
Libros como el de Wade deberían ser una iluminación para entender mejor esta aventura en la que todos estamos unidos; somos hijos, con la última bacteria, del mismo polvo estelar, pero también diferentes, unos prosperando, otros desapareciendo. Quizás, como dijo Carl Sagan, somos el modo que el universo tiene de conocerse a sí mismo, pero este modo pasa por la genética, y en la civilización actual la inteligencia es decisiva. Tal vez la decadencia de occidente no sea sólo económica o espiritual sino también genética, y dentro de pocas generaciones Europa e incluso los USA se encuentren a una distancia de China en inteligencia ya muy difícil de alcanzar. Tal vez no. Los genes decidirán, y también eso misterioso que al fin puede que confiera sentido a la evolución; algunos lo llamarían Dios, otros Tao, otros azar, o la conciencia buscando expresarse y conocerse a sí misma. Es muy posible que su próxima gran etapa de expresión en nuestro planeta azul vuelva a ser a través de los chinos.

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