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domingo, 18 de noviembre de 2018

De la División del Trabajo


SELECCION DE ESCRITOS DE ADAM SMITH
Tamara Avetikian Bosaans


De la División del Trabajo

1. El progreso más importante en las facultades productivas del trabajo, y gran parte de la aptitud, destreza y sensatez con que éste se aplica o dirige, por doquier, parecen ser consecuencia de la división del trabajo.

2. Generalmente se cree que tal división es mucho mayor en ciertas actividades económicas de poca importancia, no porque efectivamente esa división se extreme más que en otras actividades de importancia mayor, sino porque en aquellas manufacturas que se destina a ofrecer satisfactores para las pequeñas necesidades de un reducido grupo de personas, el número de operarios ha de ser pequeño, y los empleados en los diversos pasos o etapas de la producción se pueden reunir generalmente en el mismo talles y a la vista del espectador. Por el contrario, en aquellas manufacturas destinadas a satisfacer los pedidos de un gran número de personas, cada uno de los diferentes ramos de la obra emplea un número tan considerable de obreros, que es imposible juntarlos en el mismo taller.

3. La división del trabajo, en cuanto puede ser aplicada, ocasiona en todo arte un aumento proporcional en las facultades productivas del trabajo. Es de suponer que la diversificación de numerosos empleos y actividades económicas es consecuencia de esa ventaja. Esa separación se produce generalmente con más amplitud en aquellos países que han alcanzado un nivel más alto de laboriosidad y progreso, pues comúnmente es obra de muchos, en una sociedad culta, lo que hace uno solo, en estado de atraso. En todo país adelantado, el labrador no es más que labriego y el artesano no es sino menestral. Asimismo, el trabajo necesario para producir un producto acabado se reparte, por regla general, entre muchas manos.

4. Este aumento considerable en la cantidad de productos que un mismo número de personas puede confeccionar, como consecuencia de la división del trabajo, procede de tres circunstancias distintas: primera, de la mayor destreza de cada obrero en particular; segunda, de ahorro de tiempo que comúnmente se pierde al pasar de una ocupación a otra, y por último, de la invención de un gran número de máquinas, que facilitan y abrevian el trabajo, capacitando a un hombre para hacer la labor de muchos.

5. La gran multiplicación de producciones en todas las artes, originadas en la división del trabajo, da lugar, en una sociedad bien gobernada, a esa opulencia universal que se derrama hasta las clases inferiores del pueblo. Todo obrero dispone de una cantidad mayor de su propia obra, en exceso de sus necesidades, y como cualquier otro artesano, se halla en la misma situación, se encuentra en condiciones de cambiar una gran cantidad de sus propios bienes por una gran cantidad de los creados por otros; o lo que es lo mismo, por el precio de una gran cantidad de los suyos. El uno provee al otro de lo que necesita, y recíprocamente, con lo cual se difunde una general abundancia en todos los rangos de la sociedad. [Libro I, Capítulo I.]

Del Principio que Motiva la División del Trabajo

1. Esta división del trabajo, que tantas ventajas reporta, no es en su origen efecto de la sabiduría humana, que prevé y se propone alcanzar aquella general opulencia que de él se deriva. Es la consecuencia gradual, necesaria aunque lenta, de una cierta propensión de la naturaleza humana que no aspira a una utilidad tan grande: la propensión a permutar, cambiar y negociar una cosa por otra.

2. Quien propone a otro un trato le está haciendo una de esas proposiciones. Dame lo que necesito y tendrás lo que deseas, es el sentido de cualquier clase de oferta, y así obtenemos de los demás la mayor parte de los servicios que necesitamos. No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la considera ción de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo; ni les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas. Sólo el mendigo depende principalmente de la benevolencia de sus conciudadanos; pero no en absoluto. Es cierto que la caridad de gentes bien dispuestas le suministra la subsistencia completa; pero, aunque esta condición altruista le procure todo lo necesario, la caridad no satisface sus deseos en la medida en que la necesidad se presenta: la mayor parte de sus necesidades eventuales se remedian de la misma manera que las de otras personas, por tanto, cambio o compra. Con el dinero que recibe compra comida, cambia la ropa vieja que se le da por otros vestidos viejos también, pero que le vienen mejor, o los entrega a cambio de albergue, alimentos o moneda, cuando así lo necesita. De la misma manera que recibimos la mayor parte de los servicios mutuos que necesitamos, por convenio, trueque o compra, es esa misma inclinación a la permuta la causa originaria de la división del trabajo.

3. En los hombres, por el contrario, los talentos más dispersos se caracterizan por mutua utilidad, ya que los respectivos productos de sus aptitudes se aportan a un fondo común, en virtud de esa disposición general para el cambio, la permuta o el trueque, y tal circunstancia permite a cada uno de ellos comprar la parte que necesitan de la producción ajena. [Libro I, Capítulo II.]


Del Precio Real y Nominal de  las Mercancías, o de su Precio en Trabajo y de su Precio en Moneda


1. Todo hombre es rico o pobre según el grado en que pueda gozar de las cosas necesarias, convenientes y gratas de la vida. Pero una vez establecida la división del trabajo, es sólo una parte muy pequeña de las mismas la que se puede procurar con el esfuerzo personal. La mayor parte de ellas se conseguirán mediante el trabajo de otras personas, y será rico o pobre, de acuerdo con la cantidad de trabajo ajeno de que pueda disponer o se halle en condiciones de adquirir. En consecuencia, el valor de cualquier bien, para la persona que lo posee y que no piense usarlo o consumirlo, sino cambiarlo por otros, es igual a la cantidad de trabajo que pueda adquirir o de que pueda disponer por mediación suya. El trabajo, por consiguiente, es la medida real del valor en cambio de toda clase de bienes.

El precio real de cualquier cosa, lo que realmente le cuesta al hombre que quiere adquirirla, son las penas y fatigas que su adquisición supone. Lo que realmente vale para el que ya la ha adquirido y desea disponer de ella, o cambiarla por otros bienes, son las penas y fatigas de que lo librarán, y que podrá imponer a otros individuos. Lo que se compra con dinero o con otros bienes, se adquiere con el trabajo, lo mismo que lo que adquirimos con el esfuerzo de nuestro cuerpo. El dinero, o sea, otra clase de bienes, nos dispensa de esa fatiga. Contiene el valor de una cierta cantidad de trabajo, que nosotros cambiamos por las cosas que suponemos encierran, en un momento determinado, la misma cantidad de trabajo. El trabajo fue, pues, el precio primitivo, la moneda originaria que sirvió para pagar y comprar todas las cosas. No fue con el oro ni con la plata, sino con el trabajo como se compró originariamente en el mundo toda clase de riquezas; su valor para los que las poseen y desean cambiarlas por otras producciones es precisamente igual a la cantidad de trabajo que con ella pueden adquirir y disponer.

La riqueza, como dice Hobbes, es poder. Pero la persona que adquiere o hereda una gran fortuna, no por eso adquiere necesariamente ni hereda poderío político, civil o militar. Su riqueza podrá ofrecerle los medios para adquirir todo eso, pero la mera posesión de aquélla no le procura necesariamente esas ventajas. El poder que le atribuye directa e inmediatamente esa posesión es la facultad de comprar; una cierta facultad de disposición sobre todo el trabajo, o sobre todo el producto de éste, que se encuentra en el mercado. Su riqueza es mayor o menor precisamente en proporción a la amplitud de esa facultad, o a la cantidad de trabajo ajeno o de su producto, lo cual para el caso es lo mismo, que aquella riqueza le coloca en condiciones de adquirir. El valor en cambio de cualquier cosa es precisamente igual a la amplitud de esa facultad, conferida al propietario.
Pero aunque el trabajo es la medida real del valor en cambio de todos los bienes, generalmente no es la medida por la cual se estima ese valor. Con frecuencia es difícil averiguar la relación proporcional que existe entre cantidades diferentes de trabajo. El tiempo que se gasta en dos diferentes clases de tarea no siempre determina de una manera exclusiva esa proporción. Han de tomarse en cuenta los grados diversos de fatiga y de ingenio. Una hora de trabajo penoso contiene a veces más esfuerzo que dos horas de una labor fácil, y más trabajo, también, la aplicación de una hora de trabajo en una profesión cuyo aprendizaje requiere el trabajo de diez años, que un mes de actividad en una labor ordinaria y de fácil ejecución. Mas no es fácil hallar una medida idónea del ingenio y del esfuerzo. Es cierto, no obstante, que al cambiar las diferentes producciones de distintas clases de trabajo se suele admitir una cierta tolerancia en ambos conceptos. El ajuste, sin embargo, no responde a una medida exacta, sino al regateo y a la puja del mercado, de acuerdo con aquella grosera y elemental igualdad, que, aún no siendo exacta, es suficiente para llevar a cabo los negocios corrientes de la vida ordinaria.

Fuera de esto, es más frecuente que se cambie y, en consecuencia, se compare un artículo con otros y no con trabajo. Por consiguiente, parece más natural estimar su valor en cambio por la cantidad de cualquier otra suerte de mercancía, y no por la cantidad de trabajo que con él se puede adquirir. La mayor parte de las gentes entienden mejor qué quiere decir una cantidad de una mercancía determinada, que una cantidad de trabajo. Aquélla es un objeto tangible, y ésta, una noción abstracta, que aun siendo bastante inteligible, no es tan natural y obvia. Ahora bien, desde el momento que cesó la permuta y el dinero se convirtió en el instrumento común de comercio, es más frecuente cambiar cualquier mercancía por dinero, y no por otra cosa. 2. Aunque para el trabajador siempre tengan igual valor idénticas cantidades de trabajo, no ocurre así con la persona que lo emplea, pues para ella tiene unas veces más, y, otras, menos valor. Las compra, en unas ocasiones, con una mayor cantidad de bienes, y en otras, con menor cantidad de los mismos, por lo cual se hace la idea de que el precio del trabajo varía como el de todas las demás cosas, siendo unas veces caro y otro barato. En realidad, son los bienes los que son caros o baratos, en un caso o en otro. De acuerdo con esa acepción vulgar puede decirse que el trabajo, como los otros bienes, tiene un precio real y otro nominal. El precio real diríamos que consiste en la cantidad de cosas necesarias y convenientes que mediante él se consiguen, y el nominal, la cantidad de dinero. El trabajador es rico o pobre, se halla bien o mal remunerado, en proporción al precio real del trabajo que ejecuta, pero no al nominal. La distinción entre el precio real y el nominal del trabajo y de las mercancías no es materia de mera especulación, sino de mucha importancia y utilidad práctica. El mismo precio real representa siempre el mismo valor; pero el mismo precio nominal puede tener valores distintos, en atención a las variaciones en el valor del oro y de la plata. [Libro I, Capítulo V.]

Sobre los Elementos Componentes del Precio de las Mercancías

1. En el estado primitivo y rudo de la sociedad, que precede a la acumulación de capital y a la apropiación de la tierra, la única circunstancia que puede servir de norma para el cambio recíproco de diferentes objetos parece ser la proporción entre las distintas clases de trabajo que se necesitan para adquirirlos. Si en una nación de cazadores, por ejemplo, cuesta usualmente doble trabajo matar un castor que un ciervo, el castor, naturalmente, se cambiará por o valdrá dos ciervos.

2. En ese estado de cosas el producto íntegro del trabajo pertenece al trabajador, y la cantidad de trabajo comúnmente empleado en adquirir o producir una mercancía es la única circunstancia que puede regular la cantidad de trabajo ajeno que con ella se puede adquirir, permutar o disponer. Mas tan pronto como el capital se acumula en poder de personas determinadas, algunas de ellas procuran regularmente emplearlo en dar trabajo a gentes laboriosas, suministrándoles materiales y alimentos, para sacar un provecho de la venta de su producto o del valor que el trabajo incorpora a los materiales. Al cambiar un producto acabado, bien sea por dinero, bien por trabajo, o por otras mercaderías, además de lo que sea suficiente para pagar el valor de los materiales y los salarios de los obreros, es necesario que se dé algo por razón de las ganancias que corresponden al empresario, el cual compromete su capital en esa contingencia.

3. Habrá acaso quien se imagine que estos beneficios del capital son tan sólo un hombre distinto por los salarios de una particular especie de trabajo, como es el de inspección y dirección. Pero son cosa completamente distinta, regulándose por principios de una naturaleza especial, que no guardan proporción con la cantidad, el esfuerzo o la destreza de esta supuesta labor de inspección y de dirección. Los beneficios se regulan enteramente por el valor del capital empleado y son mayores o menores en proporción a su cuantía.

4. El beneficio del capital forma parte del precio de las mercancías, y es por completo diferente de los salarios del trabajo, los cuales se regulan por principios completamente diferentes.
En estas condiciones el producto íntegro del trabajo no siempre pertenece al trabajador; ha de compartirlo, en la mayor parte de los casos, con el propietario del capital que lo emplea. La cantidad de trabajo que se gasta comúnmente en adquirir o producir una mercancía no es la única circunstancia que regula la cantidad susceptible de adquirirse con ella, permutarse o cambiarse. Evidentemente, hay una cantidad adicional que corresponde a los beneficios del capital empleado en adelantar los salarios y suministrar los materiales de la empresa.

5. Desde el momento en que las tierras de un país se convierten en propiedad privada de los terratenientes, éstos, como los demás hombres, desean cosechar donde nunca sembraron, y exigen una renta hasta por el producto natural del suelo.

6. A medida que vaya siendo más elaborada cualquier mercancía especial, la parte del precio que componen los salarios y el beneficio es mayor que la correspondiente a la renta.

7. En las sociedades más adelantadas sólo existe un corto número de mercancías cuyo precio se descomponga en dos partes únicamente: los salarios del trabajo y los beneficios del capital, y son todavía más escasas aquellas en las cuales el precio esté totalmente absorbido por los salarios.

8. Salarios, beneficio y renta son las tres fuentes originarias de toda clase de renta y de todo valor de cambio. Cualquier otra clase de renta se deriva, en última instancia, de una de estas tres.
Quien percibe renta de un fundo que le pertenece, la deriva de su trabajo, de su capital o de su tierra. La renta que procede del trabajo se llama salario; la derivada del capital, por la persona que lo emplea y administra, se denomina beneficio, y la que obtiene la persona que no lo emplea por su cuenta, sino que se lo presta a otro, se califica de interés o usura. [Libro I, Capítulo VI.]

Del Precio Natural y del Precio de Mercado de los Bienes

1. En toda sociedad o comarca existe una tasa promedia o corriente de salarios y de beneficios en cada uno de los empleos distintos del trabajo y del capital. Como veremos más adelante, dicha tasa se regula naturalmente, en parte, por las circunstancias generales de la sociedad, su riqueza o pobreza, su condición estacionaria, adelantada o decadente; y en parte, por la naturaleza peculiar de cada empleo.
Existe también en toda sociedad o comunidad una tasa promedia o corriente de renta, que se regula asimismo, como tendremos ocasión de ver más adelante, en parte por las circunstancias generales que concurren en aquella sociedad o comunidad donde la tierra se halle situada, y en parte por la fertilidad natural o artificial del terreno.

Estos niveles corrientes o promedios se pueden llamar tasas naturales de los salarios, del beneficio y de la renta, en el tiempo y lugar en que generalmente prevalecen.
Cuando el precio de una cosa es ni más ni menos que el suficiente para pagar la renta de la tierra, los salarios del trabajo y los beneficios del capital empleado en obtenerla, prepararla y traerla al mercado, de acuerdo con sus precios corrientes, aquélla se vende por lo que se llama su precio natural.

2. El precio efectivo a que corrientemente se venden las mercancías es lo que se llama precio de mercado, y puede coincidir con el precio natural o ser superior o inferior a éste.
El precio de mercado de cada mercancía en particular se regula por la proporción entre la cantidad de ésta que realmente se lleva al mercado y la demanda de quienes están dispuestos a pagar el precio natural del artículo, o sea, el valor íntegro de la renta, el trabajo y el beneficio que es preciso cubrir para presentarlo en el mercado.

3. Cuando la cantidad de una mercancía que se lleva al mercado es insuficiente para cubrir la demanda efectiva, es imposible suministrar la cantidad requerida por todos cuantos se hallan dispuestos a pagar el valor íntegro de la renta, los salarios y el beneficio, que es preciso pagar para situar el artículo en el mercado. Algunos de ellos, con tal de no renunciar a la mercancía, estarán dispuestos a pagar más por ella. Por tal razón se suscitará entre ellos inmediatamente una competencia, y el precio de mercado subirá más o menos sobre el precio natural, según que la magnitud de la deficiencia, la riqueza o el afán de ostentación de los competidores, estimulen más o menos la fuerza de la competencia. Entre los competidores de la misma riqueza y disponibilidad de excedentes la misma deficiencia de la oferta dará lugar a una competencia más o menos extremada, según la importancia mayor o menor que concedan a la adquisición del artículo. Esto nos explica los precios exorbitantes de los artículos de primera necesidad durante el bloqueo de una población o en época de hambre.

4. Cuando la cantidad llevada al mercado excede a la demanda efectiva, no puede venderse entonces toda ella entre quienes estarían dispuestos a pagar el valor completo de la renta, salarios y beneficio que costó la mercancía hasta situarla en el mercado. Parte de ella tiene que venderse a los que están dispuestos a pagar menos, y este precio más bajo que ofrecen por ella, reducirá el de toda la mercancía. El precio de mercado bajará más o menos con respecto al natural, según que la abundancia o la escasez del género incremente más o menos la competencia entre los vendedores, o según que éstos se muestren más o menos propensos a desprenderse inmediatamente de la mercancía. El mismo exceso en la importación de artículos perecederos da ocasión a una competencia mayor que cuando se trata de mercancías que se pueden conservar, como ocurre, por ejemplo, con las naranjas en relación con la chatarra.

5. Cuando la cantidad llevada al mercado es justamente suficiente para cubrir la demanda efectiva, pero no más, el precio de mercado coincide exactamente, o se aproxima, en lo que cabe, al precio natural. Toda la cantidad se vende a este precio, sin que se pueda obtener otro más alto. La competencia obligará a los traficantes a aceptar este precio, pero no otro menor.
Como la cantidad de cualquier mercancía que se lleva al mercado se ajusta por sí misma a la demanda efectiva, interesa a cuantos emplean su tierra, su capital y su trabajo en traer esos productos al mercado que la cantidad de ellos no supere nunca la demanda efectiva, y es conveniente para todos los demás que tampoco quede por bajo de dicha demanda.

6. El precio natural viene a ser, por esto, el precio central, alrededor del cual gravitan continuamente los precios de todas las mercancías. Contingencias diversas pueden a veces mantenerlos suspendidos, durante cierto tiempo, por encima o por debajo de aquél; pero, cualesquiera que sean los obstáculos que les impiden alcanzar su centro de reposo y permanencia, continuamente gravitan hacia él.
De este modo, el conjunto de actividades desarrolladas anualmente para situar cualquier mercancía en el mercado, se ajusta en forma natural la demanda efectiva. Claro está, se procura llevar siempre al mercado la cantidad precisa y suficiente para cubrir con exactitud, sin exceso alguno, esa demanda efectiva.

7. Un monopolio otorgado a un individuo o a una compañía de comercio produce el mismo efecto que un secreto manufacturero o comercial. Los monopolistas, manteniendo siempre bajas las disponibilidades de sus productos en el mercado, y no satisfaciendo jamás la demanda efectiva, venden sus géneros a un precio mucho más alto que el natural, y elevan por encima de la tasa natural sus ganancias, bien consistan éstas en salarios o en beneficios.
El precio de monopolio es, en todo momento, el más alto que se puede obtener. Por el contrario, el precio natural o de libre competencia es el más bajo que se puede conseguir, no en todas las ocasiones, pero sí en un período considerable de tiempo. El primero es el mayor que se puede exprimir de los compradores o que se supon están dispuestos a pagar; el segundo, el más bajo con que se contentan generalmente los vendedores sin dejar de operar en el respectivo renglón.
Los privilegios exclusivos de las corporaciones, estatutos de aprendizaje y todas aquellas leyes que restringen la competencia, en determinadas ocupaciones, a un número de personas, inferior al que prevalecería en otras circunstancias, registra la misma tendencia, aunque en menor grado. Representan una especie de monopolio, en su sentido más lato y son capaces de mantener durante siglos el precio de algunos artículos sobre la tasa natural, en ciertas ocupaciones o actividades, sosteniendo los salarios del trabajo y los beneficios del capital invertido en ellos, por encima de su nivel natural.
Semejantes alzas del precio de mercado pueden durar tanto tiempo como perduren las regulaciones gubernamentales que las ocasionan.
Aunque el precio de mercado de una mercancía cualquiera puede situarse durante mucho tiempo por encima de su precio natural, raras veces puede mantenerse por debajo de éste durante largo tiempo. Cualquiera de las porciones o componentes del precio que se pague por bajo de su tasa natural hará que las personas cuyos intereses se ven afectados retire inmediatamente, de la inversión, tierra, capital o mano de obra, en tales proporciones que la cantidad aportada al mercado muy pronto ya no será suficiente para cubrir la demanda efectiva. En consecuencia, el precio del mercado pronto se elevará hasta alcanzar el precio natural, por lo menos, en el caso de que impere una libertad perfecta. [Libro I, Capítulo VII.]

TAMARA AVETIKIAN BOSAANS.
Profesora de Ciencia Política,
Universidad Católica de Chile.



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sábado, 17 de noviembre de 2018

Celebrando las "BODAS DE ORO" de la primera promoción de ingenieros economistas de la UNI

Celebrando las "BODAS DE ORO" de la primera promoción de ingenieros economistas de la UNI









Departiendo con los Ingenieros Economistas Adolfo Cueto, y el Ing.Eco. Alberto Quintanilla, Congresista de la República, con motivo de las Bodas de Oro de la Primera Promoción de la Escuela de Ingenieros Economistas de la Universidad Nacional de Ingeniería.

miércoles, 31 de octubre de 2018

“Economía en La Rebelión de Atlas”  por Richard Salsman



“Economía en La Rebelión de Atlas”  por Richard Salsman
[Nota del autor: Este ensayo asume que el lector ha leído La Rebelión de Atlas, pues revela parte de la trama.]
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[Nota del traductor: Publicamos la traducción al castellano en seis partes: 1) la fuente de la riqueza; 2) el papel del empresario; 3) la naturaleza del beneficio; 4) la esencia de la competencia; 5) el resultado de la producción; 6) el propósito del dinero.]
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La Economía es considerada hoy en día como algo seco, inanimado, aburrido; sin embargo, teniendo en cuenta lo que la Economía estudia, eso no debería ser así. La Economía estudia la producción y el intercambio de bienes materiales en una sociedad en la que existe la división del trabajo. Vivimos en un mundo material, producimos valores materiales para poder vivir y prosperar, e intercambiamos esos valores por valores producidos por otras personas,  con el fin de mejorar nuestras vidas.

En otras palabras, la Economía estudia uno de los principales medios por los cuales la gente vive y alcanza la felicidad.

¿Por qué, entonces, hay tanta gente que piensa que esta ciencia es aburrida? Y ¿Qué podría remediar la situación?

Las respuestas pueden ser vislumbradas comparando dos libros, cada uno de los cuales ha vendido millones de copias durante las últimas cinco décadas: “Atlas Shrugged” (La Rebelión de Atlas) de Ayn Rand (1957) y “Economics” (Economía) de Paul Samuelson (1948).
El primero es una historia sobre el papel de la razón en la vida del hombre, y sobre qué pasa en una economía cuando los hombres de la mente hacen huelga; el segundo es el libro de texto de economía “por excelencia” de los siglos XX y XXI, y generalmente es de lectura obligatoria para estudiantes que se inician en esa materia (1).

Aunque Atlas es una obra de ficción, y aunque Rand no era economista, su novela está repleta de verdades económicas. Por el contrario, aunque “Economics” es un libro de texto, y aunque Samuelson era economista (y además premio Nobel), su libro está lleno de falsedades económicas; y mientras que las verdades en Atlas están dramatizadas con pasión y con emoción, las falsedades en “Economics” son comunicadas con prosa inerte y aburrida (2).

Para que nadie piense que Atlas es más interesante que “Economics” simplemente porque los medios utilizados son diferentes – uno es ficción y el otro no – observemos que los trabajos de no ficción de Rand (y muchos otros ensayos de otros autores) son, con diferencia, mucho más interesantes que muchas obras de ficción.
Por otro lado, está claro que el aburrimiento de la gente con la economía tampoco se debe exclusivamente al libro de Samuelson; pero su texto y los textos que han sido influenciados por él – que constituyen el enfoque moderno a esta materia — han contribuido muchísimo a la forma en que la economía es enseñada, y a cómo es considerada hoy.

Para ver la diferencia entre el enfoque moderno a la economía y el enfoque dramatizado en Atlas, analizaremos la esencia de cada uno de ellos con relación a seis áreas clave: la fuente de la riqueza, el papel del empresario, la naturaleza del beneficio, la esencia de la competencia, el resultado de la producción, y el propósito del dinero.

La fuente de la riqueza

Samuelson y sus colegas sostienen que la riqueza resulta esencialmente de aplicar el trabajo (el trabajo físico, manual, no el trabajo mental) a ciertas materias primas (o “recursos naturales”). Es la noción de que el valor económico de un bien o un servicio refleja el trabajo físico que fue empleado al fabricarlo o producirlo. Es lo que se conoce como la “teoría del valor-trabajo”, y fue inicialmente expuesta por economistas clásicos como Adam Smith, David Ricardo y Karl Marx (3).

Esa es la teoría generalmente aceptada hoy día, sobre todo por los grupos izquierdistas. A finales del siglo XIX, sin embargo, tratando de contrarrestar la creciente acusación marxista de que los trabajadores estaban siendo robados por los capitalistas codiciosos, algunos economistas de libre mercado modificaron esa teoría para alegar que “los deseos del consumidor” también determinan el valor, junto con el trabajo. Ese enfoque – conocido como la “economía neoclásica” – es ahora ampliamente aceptado, y es la opinión que generalmente presentan los libros de texto actuales.
Ayn Rand, en cambio, sostiene que la mente – el pensamiento humano y la inteligencia derivada de él – es la principal fuente de la riqueza. La mente, dice ella, determina no sólo el trabajo físico, sino también la organización de la producción; los “recursos naturales” no son más que riqueza potencial, no riqueza real, y los deseos del consumidor no son la causa de la riqueza, sino su resultado.
Cada uno de los grandes productores en Atlas – Hank Rearden, Dagny Taggart, Francisco D’Anconia, Ellis Wyatt, Ken Danagger, Midas Mulligan o John Galt – se dedica sobre todo y ante todo a usar su propia mente. Cada uno piensa, hace planes a largo plazo, y produce bienes o servicios como resultado. Atlas dramatiza este principio de muchas formas, pero quizás más vívidamente a través del trabajo de Rearden. En una escena, él está en su fábrica de acero contemplando el primer vertido del primer pedido de su nuevo y revolucionario metal. Dedica unos momentos a recordar y a reflexionar sobre los diez largos años de pensamiento y esfuerzo que necesitó para llegar a ese punto. Había comprado una fábrica en quiebra a pesar de que los expertos habían descartado tanto a la empresa como a la industria por carecer de futuro. Rearden le había insuflado nueva vida a ambas.

Rand escribe que
“la suya era una vida vivida bajo el axioma de que el más constante, claro e implacable funcionamiento de su facultad racional era su principal deber” (p. 122).

Y esta es una indicación del proceso de producción en su fábrica de acero: “Doscientas toneladas de un metal destinado a tener una dureza mayor que la del acero, un líquido fluyendo a una temperatura de cuatro mil grados, tenían el poder de destruir a todas y cada una de las paredes de la estructura y a aniquilar a cada uno de los hombres que trabajaban cerca de ese río. Pero cada centímetro de su recorrido, cada kilo de su presión, y el contenido de cada molécula en su interior estaban controlados y realizados por una intención consciente que había trabajado en ello durante diez años” (p. 34).
Rand muestra que la mente de Rearden es la fuente de esta riqueza, y que el trabajo y los materiales había estado inactivos hasta que su mente entró en escena para trabajar.
Otros en Atlas expresan la misma opinión sobre el empresario.
La esposa de Rearden desdeña sus logros: “Las actividades intelectuales no se aprenden en el mercado”, le reprocha, “es más fácil verter una tonelada de acero que hacer amigos” (p. 138).
Un vagabundo en un restaurante acosa a Dagny Taggart con una actitud parecida:

“El hombre es sólo un animal de bajo nivel, sin intelecto”, gruñe, “su único talento es una astucia innoble para satisfacer las necesidades de su cuerpo. No se requiere inteligencia para eso. . . . Mira nuestras industrias – los únicos logros de nuestra supuesta civilización – construidas por vulgares materialistas con objetivos, intereses y sentido moral de cerdos” (p. 168).

¿Tal vez un economista sería capaz de reconocer la naturaleza de los logros de Rearden?

Mientras el metal está siendo vertido, en un tren que pasa cerca de la fábrica un profesor de economía le pregunta a su compañero:

“¿Qué importancia tiene un individuo comparado con los titánicos logros colectivos de nuestra era industrial?” (p. 33). Esa “importancia” está ocurriendo precisamente al otro lado de la ventana, pero él no la ve, conceptualmente hablando.

Y los demás tampoco:

“Los pasajeros no prestaron atención; una tanda más de acero que estaba siendo vertido no era un acontecimiento que les habían enseñado a apreciar” (p. 33).

Profesores como ese les habían enseñado a no darle importancia ni prestarle atención.
Estas escenas muestran cómo la inteligencia crea la riqueza, cómo el éxito en los negocios implica un proceso de pensamiento y de planificación a largo plazo, ejecutados por un individuo enfocado… y lo poco que eso se entiende.

Pero Dagny sí lo entiende, como muestra la escena de su primer recorrido en la Línea John Galt. Viajando a velocidades sin precedentes sobre unas vías y un puente hechos del todavía no probado Metal Rearden, en la cabina de la locomotora donde también están Rearden y el maquinista Pat Logan, Dagny piensa: “¿Quién ha hecho posible que cuatro diales y tres palancas delante de Pat Logan puedan trasladar el increíble poder de los dieciséis motores detrás de ellos y ponerlo bajo el control sin esfuerzo de la mano de un solo hombre?” (p. 226).

“Transmitir la violencia golpeadora de dieciséis motores, pensó, la potencia de siete mil toneladas de acero y de mercancías, soportarla, agarrarla y catapultarla alrededor de una curva, esa era la imposible hazaña realizada por dos tiras de metal no más anchas que su brazo.
¿Qué hacía eso posible?
¿Qué poder le había dado a una combinación de moléculas invisibles el poder del cual sus vidas y las vidas de todos los hombres que esperaban los ochenta vagones dependían?
Vio el rostro y las manos de un hombre en el resplandor de un horno de laboratorio, inclinado sobre el blanco líquido de una muestra de metal” (p. 230).

El hombre, por supuesto, es Rearden; su mente racional, no su trabajo manual, era el factor fundamental para formar y controlar la naturaleza, y para satisfacer las necesidades humanas.

A diferencia del profesor de economía, Dagny sí es consciente de ello y lo comprende. Ella se pregunta y responde a cuestiones que nunca se le habían ocurrido al académico.

“¿Por qué había tenido siempre ese alegre sentido de seguridad cuando miraba a las máquinas? . . . Están vivas, pensó, porque son la forma física de acción de un poder viviente: de la mente que había sido capaz de captar la totalidad de esa complejidad, de establecer su propósito, de darle forma. . . . Le parecía que los motores eran transparentes y que estaba viendo la red de su sistema nervioso. Era una red de conexiones más intrincadas y más cruciales que todos sus cables y circuitos: las conexiones racionales hechas por la mente humana que había creado cualquier parte de ellos por primera vez. Están vivos, pensó, pero su alma opera por control remoto” (pp. 230-31).
Las máquinas funcionan, en última instancia, por las mentes de sus creadores, no por los músculos de sus operadores.
La mente poderosa crea máquinas para extender y amplificar la potencia de músculos que sin ellas serían frágiles.

Como John Galt expresa este punto: las máquinas son “la forma congelada de una inteligencia viva” (p. 979) (4).
Atlas ilustra este principio en varias ocasiones, tanto en la trama como en el diálogo. “¿Habéis indagado alguna vez el origen de la producción?”, les pregunta Francisco a espectadores indiferentes en una fiesta.

“Mirad un generador eléctrico y atreveos a decir que fue creado por el esfuerzo muscular de brutos insensatos. Intentad hacer crecer una semilla de trigo sin el conocimiento que os dejaron los hombres que tuvieron que descubrirlo por primera vez. Tratad de obtener vuestro alimento sólo a base de movimientos físicos – y aprenderéis que la mente del hombre es la raíz de todos los bienes producidos y de toda la riqueza que haya existido jamás sobre la tierra.”(p. 383).

El filósofo Hugh Akston le dice a Dagny,

“Todo trabajo es un acto de filosofía. . . . ¿La raíz del trabajo? La mente del hombre, señorita Taggart, la mente razonadora del hombre” (p. 681).

El compositor Richard Halley le dice: “Se trate de una sinfonía o de una mina de carbón, todo trabajo es un acto de creación y proviene de la misma fuente: de una capacidad inviolable de ver a través de los propios ojos, lo que significa: la capacidad de realizar una identificación racional; lo que significa: la capacidad de ver, de conectar y de hacer lo que no había sido visto, conectado y hecho antes” (p. 722).

Cuando Dagny, en el valle, ve el edificio del generador de Galt, tenemos de nuevo la metáfora del cableado eléctrico y de las conexiones conceptuales: Dagny piensa en “la energía de una sola mente que había sabido cómo hacer que las conexiones eléctricas siguieran las conexiones de su pensamiento” (p. 674). Más tarde, Galt le da un significado más profundo a esa conexión:

“Así como no puedes tener efectos sin causas, tampoco puedes tener riqueza sin su fuente: sin inteligencia”. (p. 977).

El mito del libro de texto de que la riqueza puede obtenerse sin inteligencia queda dramatizado cuando el Estado se apodera del Metal Rearden para el supuesto “bien común”. El metal es rebautizado con el nombre de “Metal Milagro” y en lo sucesivo podrá ser legalmente fabricado por quien quiera hacerlo (p.519).

Rearden imagina a los parásitos esforzándose por manejar su creación. “Estaba viéndolos a través de los bruscos movimientos de un simio haciendo una rutina que había aprendido a copiar por hábito muscular, realizándola para fabricar el Metal Rearden, sin conocimiento y sin capacidad para saber qué había ocurrido en el laboratorio experimental a lo largo de diez años de dedicación apasionada a un penosísimo esfuerzo. Era apropiado que ahora lo llamaran “Metal Milagro” – “milagro” era el único nombre que podían darle a esos diez años y a la facultad de la cual el Metal Rearden había nacido – el producto de una causa desconocida, incomprensible. . .” (P. 519).

Recordemos al banquero en Atlas, nacido Michael Mulligan, que también es el hombre más rico del país. Un periódico dice que su sagacidad para invertir es comparable a la del mítico rey Midas, puesto que todo lo que toca se convierte en oro. “Es porque sé lo que tocar”, dice Mulligan. Al gustarle el nombre de Midas, lo adopta. Un economista lo ridiculiza llamándolo un mero apostador. Mulligan responde: “La razón por la que nunca te harás rico es que crees que lo que hago es apostar”. (p. 295).

Rand muestra que lo que Mulligan y los otros productores hacen no es apostar, sino observar la realidad, integrar y calcular; en una palabra: pensar.
Muchos manuales de economía insisten en que la riqueza puede ser obtenida por la fuerza, a través de un “poder de monopolio”, de mandatos, o de políticas públicas “de estímulo”.
Pero Atlas muestra que la fuerza, al negar la mente, niega la creación de riqueza.

Como recordáis, un arsenal de controles estatistas le es impuesto a la producción, de los cuales el control más invasivo es la Directiva 10-289, que tiene como objetivo congelar todas las opciones y actividades de mercado para que la economía pueda “recuperarse”. Francisco llama a la Directiva “una moratoria de cerebros”, y cuando es aprobada, Dagny abandona su trabajo, negándose a trabajar como esclava o como capataz de esclavos.

Del mismo modo, al enterarse que Ley de Igualdad de Oportunidades ha sido aprobada, Rearden introspecciona:

“El pensamiento – se dijo suavemente a sí mismo – es un arma que uno usa para poder actuar. Ninguna acción era posible. El pensamiento es la herramienta a través de la cual uno elige una opción. No le quedaban más opciones válidas. El pensamiento establece el objetivo de uno y la forma de alcanzarlo. En una cuestión en la que veía su vida siendo desgarrada pedazo a pedazo, él no tendría ninguna voz, ningún propósito, ninguna opción, ninguna defensa” (p. 202).
También él desaparece.

Más adelante, Galt explica: “No puedes forzar a la inteligencia a trabajar: los que son capaces de pensar no trabajarán bajo compulsión; los que lo hagan no producirán mucho más que el precio del látigo necesario para mantenerlos esclavizados” (p. 977). Poco después, unos matones capturan a Galt y tratan de reclutarlo para que se convierta en el dictador económico. Ellos lo consideran a él “el mejor organizador económico, el administrador de más talento, el planificador más brillante”, y tratan de forzarle a usar sus habilidades para salvar al país de la ruina (p. 1033). Cuando es finalmente obligado a hablar, Galt les pregunta cuáles son los planes que ellos creen que debería presentar. Ellos se quedan sin palabras.

La premisa de los libros de texto de que una economía sin hombres pensantes funcionaría normalmente queda expresada por Ben Nealy, un contratista de la construcción que grita:

“Músculos, señorita Taggart. . . músculos: eso es lo único que se necesita para construir cualquier cosa en el mundo” (p. 154).

Dagny mira hacia un cañón entre las montañas y un lecho de río seco, lleno de piedras y troncos de árboles: “Se preguntó si rocas, troncos de árboles y músculos podrían alguna vez hacer un puente sobre ese cañón. Se preguntó por qué de repente se había puesto a pensar que cavernícolas habían vivido desnudos en el fondo de ese barranco durante siglos” (p. 155). Más tarde, durante su viaje en la Línea John Galt, Dagny reflexiona que si la inteligencia desapareciera de la tierra, “los motores se detendrían, porque ese es el poder que los mantiene funcionando: no el petróleo bajo el suelo bajo sus pies, el petróleo que se volvería a convertir en lodo primigenio; no los cilindros de acero que se convertirían en manchas oxidadas en las paredes de las cuevas de salvajes temblorosos, sino el poder de una mente viviente: el poder de pensar y decidir y actuar” (p. 231).

¿Qué apariencia presenta el trabajo sin mente?

Más adelante en la historia, cuando fallan los interruptores de señales en la vía, Dagny visita la sala de mando y ve a trabajadores manuales en pie frente a estantes de cables complicados y de palancas que les rodean, “una enorme complejidad de pensamiento” que permitía que “el movimiento de una mano humana estableciera y garantizara el curso de un tren”. Pero ahora el sistema está inoperativo, y ningún tren puede entrar o salir de la terminal Taggart. “Los trabajadores pensaban que la contracción muscular de una mano era lo único necesario para mover el tráfico, y ahora los hombres de la torre estaban inactivos; y en los grandes paneles frente al director de la torre, luces rojas y verdes que se habían encendido y apagado anunciando el progreso de trenes a kilómetros de distancia eran ahora unas cuentas de vidrio, como las cuentas de vidrio por las que otro grupo de salvajes había vendido tiempo atrás la isla de Manhattan”. “Llame a todos sus trabajadores no cualificados”, dice Dagny. “Vamos a mover los trenes, y vamos a hacerlo manualmente”. ¿Manualmente?” dice el ingeniero de señales. “¡Sí, hermano! Y ¿por qué debería sorprenderte? . . . El hombre es sólo músculos, ¿no? Estamos volviendo al pasado, al pasado en el que no había sistemas de interconexión, ni semáforos, ni electricidad; volviendo a la época en que las señales del tren no estaban hechas de acero y cables, sino de hombres empuñando faroles. Hombres físicos, sirviendo como faroles. Lo habéis proclamado durante mucho tiempo… habéis conseguido lo que queríais” (pp. 875-76).
Este principio se dramatiza más aún cuando los saqueadores políticos usurpan los campos de petróleo de Ellis Wyatt, el ferrocarril de Dagny, las fábricas de acero de Rearden, las minas de cobre de Francisco y las minas de carbón de Ken Danagger. Los saqueadores no consiguen hacer que las propiedades produzcan como lo hacían antes.

Nos damos cuenta que el pensamiento es necesario tanto para mantener sistemas complejos de riqueza como para crearlos.
En su discurso, Galt se dirige a los escritores de libros de texto: “… que al caníbal que gruñe que la libertad de la mente del hombre fue necesaria para crear una civilización industrial pero no es necesaria para mantenerla, se le dé una lanza y una piel de oso, no una cátedra en la facultad de Economía” (pág. 957).

Cuando la maquinaria de los productores se separa de la inteligencia de éstos y es abandonada a la ignorancia y los caprichos de la gente irreflexiva, el resultado es decadencia y destrucción.
Cuando la empresa Taggart Transcontinental le es dejada al incompetente y evasivo James Taggart – quien, en medio de emergencias acostumbra a gritar que los hombres no pueden permitirse “el lujo de pensar”, y que no tiene tiempo para “teorizar sobre causas” o sobre el futuro – la compañía empieza a hundirse. Un relato altamente dramático de ese principio es el desastre del Túnel Winston, en el que una locomotora de carbón lanzando humo es enviada a través del túnel para satisfacer dictados burocráticos, y todos a bordo mueren. Cada uno de los implicados en esa estúpida decisión abdica de su responsabilidad. Cuando James Taggart oye la noticia, él evade su significado: “Era como si él estuviera sumergido en un mar de niebla, luchando para impedir que el desastre adquiriera forma final. Lo que existe posee identidad; él podía mantenerlo fuera de la existencia rehusándose a identificarlo. No examinó los eventos de Colorado; no intentó averiguar su causa, no consideró sus consecuencias. No pensó” (pág. 576-577).

Una de las víctimas perpetradora del desastre era “el hombre de la salita 2, coche número 9, un profesor de economía que abogaba por la abolición de la propiedad privada, explicando que la inteligencia no tiene ningún papel en la producción industrial, que la mente del hombre está condicionada por herramientas materiales, que cualquiera puede administrar una fábrica o un ferrocarril, y que es sólo cuestión de apoderarse de la maquinaria” (pág. 561).

Mientras los economistas modernos consideran que la causa de la riqueza es el trabajo manual o los deseos del consumidor o la coerción del gobierno, Ayn Rand dramatiza el hecho de que la riqueza es un producto de la mente, y que ésta no puede funcionar bajo coerción.

Notas
1. Por supuesto que no todos los economistas están de acuerdo con todo lo expuesto en el libro de Samuelson (ni siquiera el propio Samuelson, autor de diecinueve ediciones del mismo), pero su texto es tan representativo de la opinión general de los economistas modernos como cualquier otro.
2. No era el objetivo de Rand el dar lecciones de economía en Atlas; sin embargo, como veremos, ella ingeniosamente concreta y dramatiza los principios económicos correctos.
3. Una primera versión de la teoría del valor-trabajo parece surgir en el capítulo 5 (“Sobre la propiedad”) del Segundo Tratado del Gobierno (1690) de John Locke (1632-1704), pero lo que escribe no especifica el trabajo manual exclusivamente, ni tampoco excluye el trabajo de la mente al determinar el valor.
4. Para una explicación técnica de esta idea de un economista profesional, véase Howard Baetjer, “El capital como Conocimiento Incorporado: algunas implicaciones para la teoría del crecimiento económico”. Revista de la Economía Austriaca, vol. 13 (2000), pp 147-74.

Richard Salsman es presidente de InterMarket Forecasting, Inc. una firma de consultoría en inversiones, con sede en Durham, Carolina del Norte, USA. Es autor de dos libros, seis capítulos y numerosos artículos sobre diversos aspectos de banca, economía y políticas públicas.

Traducción: Objetivismo.org, con permiso del autor y de Craig Biddle, presidente de The Objective Standard
[Nota personal del traductor: Habiendo estudiado el libro “Economía” de Samuelson durante la carrera (y a pesar de haber sacado nota máxima en esa asignatura), confirmo que aprendí más economía en mi primera lectura de Atlas (en 1978) que en cinco años de facultad.]

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lunes, 29 de octubre de 2018

Ontología. Teoría de las Ideas.



LA ESTRUCTURA DE LA REALIDAD (ONTOLOGÍA): LA TEORÍA DE LAS IDEAS.

 La teoría de las Ideas representa el núcleo de la filosofía platónica, el eje a través del cual se articula todo su pensamiento. 
 Esta doctrina consiste en la afirmación de que existen entidades inmateriales, absolutas, inmutables y universales, independientes del mundo físico: por ejemplo, la justicia en sí, la belleza en sí, la bondad en sí, el hombre en sí; de ellas derivan su ser todo lo justo, lo bello, lo bueno, todos los seres humanos, que hay en el mundo físico.
 Las ideas son sustancias, tienen existencia por sí mismas, es decir, poseen una existencia real e independiente del pensamiento humano y de las cosas que representan, por lo que la Idea es la forma única de algo múltiple. Sería el modelo (modelos primeros y únicos) de todo lo que existe.
 Estas Ideas, que son independientes del mundo físico (mundo de las cosas y de los hombres), existen en el mundo de las Ideas o inteligible, mientras que las cosas y los hombres pertenecen al mundo físico o sensible (concepción dualista de la realidad).

Características:
Mundo de las Ideas. Las Ideas son:
- Eternas: ni se generan ni se destruyen.
- Inmutables: no cambian con el paso del tiempo.
-  Inteligibles: se pueden conocer mediante el conocimiento.
- Universales: incluyen todos los objetos que pertenecen a un mismo tipo de cosas.
- Perfectas: tienen todas las cualidades deseables, por lo que no poseen defectos.
Mundo sensible. Las cosas son:
- Finitas: tienen fin en el tiempo
- Mutables: cambian con el tiempo.
- Ininteligibles: no se pueden conocer con el conocimiento.
- Particulares: cada una es lo que es y no otra cosa.
- Imperfectas.

Pero estos dos mundos contrapuestos no se encuentran aislados, sino que el mundo sensible no puede existir ni entenderse sin el de las Ideas, y el mundo de las ideas aspira a su realización en el físico. Platón separó las Ideas de las realidades del mundo físico. Las Ideas no dependen en su ser, en su verdad y en su permanencia de las cosas sensibles, pero los seres físicos sí dependen de las ideas.

Ejemplo: una Idea es justa en la medida en que ella se da la Idea de justicia. ¿Cuál es, entonces, la relación de los seres sensibles con las Ideas? En sus escritos, Platón recurre a dos términos para caracterizar esta relación:

a) Participación: los seres sensibles particulares participan de las Ideas correspondientes.
b) Imitación: los seres sensibles particulares imitan las Idaes.

Por lo que las Ideas son modelos que las cosas pretenden imitar a las cuales quieren acercarse sin conseguir igualarlos plenamente jamás. Ejemplo: ninguna esfera física, de bronce o de madera, es plena y perfectamente esférica, sólo lo es la esfera ideal.

 Estas Ideas constituyen un sistema en que todas se ensamblan y coordinan, en una gradación jerarquizada, cuya cúspide ocupa la Idea de Bien. Por debajo del Bien, están las Ideas éticas, por debajo de éstas las ideas estéticas, en un nivel inferior las ideas matemáticas y de relaciones y finalmente las ideas de todas las cosas ridículas e insignificantes.

 La Idea de Bien: es expresión de orden, del sentido y de la inteligibilidad de lo real. De la misma manera que el Sol en el mundo sensible hace que veamos las cosas, la Idea de Bien hace que los seres inteligibles puedan ser conocidos y a la inteligencia le da la facultad de conocerlos. El Bien les da al ser y el fundamento a las cosas sensibles, pero permaneciendo separada de ellas. Por lo que se a considera como la causa ontológica del ser de las cosas y como el criterio gnoseológico que fundamenta nuestro conocimiento de las cosas sensibles.

  En la teoría de las Ideas de Platón influyeron entre otros:
a) Los pitagóricos: ellos insistieron en las estructuras y relaciones matemáticas como principio de inteligibilidad del universo, y los entes matemáticos son Ideas para Platón.
b) Parménides: él distinguió entre lo que verdaderamente existe (realidad inmutable) y el universo cambiante. Platón toma de él el hecho de que las Ideas son lo que existe de verdad y poseen las mismas características que la realidad propugnada por Parménides. VER
 https://apuntesymasapuntes.files.wordpress.com/2011/09/ontologc3ada.pdf
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Ontología. Teoría de las Ideas.

La ontología platónica se caracteriza por el dualismo de mundos, es decir, por diferenciar claramente dos ámbitos de la realidad. Seguimos aquí la primera división del símil de la línea: la doxa o la opinión se desarrolla en el ámbito de las apariencias, esto es, en el mundo sensible, mientras que el conocimiento o episteme sólo puede existir en el ámbito inteligible, es decir, un ámbito sólo accesible a través de la inteligencia. A esta región se la conoce como mundo de las Ideas. Hemos mostrado que para justificar la existencia de las Ideas es necesario que exista algún tipo de indicio en la sensibilidad de que tales esencias existen: este indicio aparece en las figuras geométricas, que hacen que volquemos nuestra mirada hacia lo más elevado y perfecto, puesto que a través todavía de imágenes – y en esto consiste la relativa imperfección de las Ideas. Cuando hablamos del dualismo platónico en la teoría del conocimiento, la ontología o la antropología estamos en realidad de un doble problema: por un lado tenemos que pensar el chorismós, la separación o el corte entre realidades cualitativamente distintas; por otra parte, hemos de pensar que ese chorismos no nos permite separar las Ideas de tal modo que se desconectan absolutamente del mundo sensible. Nuestro reto, por tanto, en el problema platónico del dualismo, es entender a la vez la separación y el entrelazamiento: a esto lo acabaremos llamando symploké.

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https://apetitionisapoem.wordpress.com/2016/11/17/ontologia-teoria-de-las-ideas/

Lo que se ve y lo que no se ve Frédéric Bastiat (1801 - 1850) 

Lo que se ve y lo que no se ve Frédéric Bastiat (1801 - 1850) 

En el ámbito económico, un acto, un hábito, una institución, una ley, no producen sólo un efecto, sino una serie de efectos. De éstos, únicamente el primero es inmediato, y dado que se manifiesta a la vez que su causa, lo vemos. Los demás, como se desencadenan sucesivamente, no los vemos; bastante habrá con preverlos.

La diferencia entre un mal economista y uno bueno se reduce a que, mientras el primero se fija en el efecto visible, el segundo tiene en cuenta el efecto que se ve, pero también aquellos que es preciso prever. 

Sin embargo, esta diferencia es enorme, pues casi siempre ocurre que, cuando la consecuencia inmediata es favorable, las consecuencias ulteriores resultan funestas, y viceversa. De donde se sigue que el mal economista procura un exiguo bien momentáneo al que seguirá un gran mal duradero, mientras que el verdadero economista procura un gran bien perdurable a cambio de un mal tan sólo pasajero.

Eso mismo acontece en higiene y en moral. Muchas veces, cuanto más grato es el primer resultado de una costumbre, tanto más amargas serán las imprevistas consecuencias ulteriores, como sucede con la incontinencia, la pereza y la prodigalidad, entendidas como rutina. Así pues, cuando alguien experimenta el efecto que se ve, sin haber aprendido a discernir los que no se ven, se abandona a hábitos funestos, no ya sólo por inclinación, sino por cálculo.

Esto explica la evolución fatalmente dolorosa de la humanidad, que, cercada en su nacimiento por la ignorancia, se ve obligada a determinar sus actos por las primeras consecuencias de los mismos, pues son las únicas que, en principio, puede captar. Sólo con el tiempo aprende a tomar en consideración las demás. Para ello, cuenta con dos maestros claramente diferenciados, a saber, la experiencia y la previsión. 

La experiencia enseña con eficacia, pero también con brutalidad: haciendo que los experimentemos, nos instruye acerca de todos los efectos de un acto, y así, a fuerza de quemarnos, necesariamente aprenderemos que el fuego quema. 

A mí me gustaría poder sustituir ese rudo método por otro más suave: el de la previsión. Con este fin pretendo indagar sobre las consecuencias de algunos fenómenos económicos, poniendo las que no se ven cara a cara con las que se ven.

 EL CRISTAL ROTO

Veamos el ejemplo del hombre cuyo atolondrado hijo rompe un cristal. Ante semejante espectáculo, seguro que hasta treinta hipotéticos espectadores sabrían ponerse de acuerdo para ofrecer al atribulado padre un consuelo unánime: «No hay mal que por bien no venga. Así se fomenta la industria. Todo el mundo tiene derecho a la vida. ¿Qué sería de los vidrieros si nadie rompiese cristales?»

Pues bien, en esta formulación subyace toda una teoría en la que conviene percibir un flagrante delito (si bien, en este caso, leve), pero que es exactamente la misma que, por desgracia, gobierna la mayoría de nuestras instituciones económicas.

Suponiendo que haya que gastar seis francos en la reparación del desperfecto, si se mantiene que, gracias a ello, ese dinero ingresa en la industria vidriera, la cual se ve favorecida en tal cantidad, estaré de acuerdo y sin nada que objetar, pues el razonamiento es válido. Vendrá el vidriero, hará su trabajo y cobrará los seis francos, frotándose las manos y bendiciendo en su fuero interno la torpeza del chico. Esto es lo que se ve.

Mas, si por vía de deducción se quiere significar, como sucede con demasiada frecuencia, que es útil romper los cristales porque de este modo circula el dinero fomentando la industria en general, habré de objetar que, siendo cierto que semejante teoría se ocupa de lo que se ve, pasa por alto lo que no se ve.

No se ve que, puesto que nuestro hombre se ha gastado seis francos en una cosa, ya no los podrá gastar en ninguna otra. No se ve que, de no haber tenido que reponer el cristal, habría repuesto, por ejemplo, su calzado, o tal vez habría adquirido un libro para su biblioteca. Es decir, que hubiera dispuesto de seis francos para emplearlos en cualquier cosa.

Hagamos las cuentas de la industria en general. 

Con la rotura del cristal, la industria vidriera recibe un estímulo a razón de seis francos: esto es lo que se ve. 

De no haberse roto el vidrio, la industria del calzado (o la de cualquier otro ramo) se habría beneficiado de ese dinero: esto es lo que no se ve. 

Y si se tomase en consideración lo que no se ve, por ser un hecho negativo, lo mismo que lo que se ve, por ser un hecho positivo, se comprendería que la industria en general, o el conjunto del trabajo nacional, no tiene el menor interés en que se rompan o dejen de romperse los cristales.

Vamos ahora con las cuentas de nuestro ciudadano. 

En la primera hipótesis, que es la del vidrio roto, el hombre gasta seis francos y obtiene de nuevo lo que ya poseía. 

En la segunda, si el incidente no se hubiera producido, habría invertido los seis francos en calzado y tendría en su poder, además del cristal, un par de zapatos. 

Y como el ciudadano forma parte de la sociedad, hay que concluir que, tomada en su conjunto, y calculando el trabajo y su producto, la sociedad ha perdido el valor del vidrio roto.

Consecuencia que, si generalizamos, nos lleva a la inesperada conclusión de que la sociedad pierde el valor de los objetos destruidos inútilmente; o al enunciado, para pasmo de los proteccionistas, de que romper y derrochar no estimulan el trabajo nacional; o a la sencilla afirmación de que la destrucción no conlleva beneficio.

Me gustaría conocer lo que al respecto puedan decir el Moniteur Industriel o los partidarios del buen señor de Saint-Chamans, quien con tanta exactitud calculó lo que ganaría la industria, si ardiese todo París, por las casas que habría que reedificar. 

Estoy consternado por desbaratar sus ingeniosas cuentas, cuyo espíritu ha introducido en nuestra legislación. Pero le suplicaría que las echara de nuevo, esta vez teniendo en cuenta lo que no se ve junto a lo que se ve.

Es necesario que el lector considere que en el breve drama que acabo de someter a su atención no hay solamente dos personajes, sino tres. El primero, el ciudadano, representa al consumidor, limitado a un solo goce en lugar de los dos de que disponía antes de la destrucción. El otro, personificado en el vidriero, representa al productor, a quien el accidente fomenta su industria. El último es el zapatero (u otro industrial cualquiera), cuyo trabajo pierde en estímulo otro tanto de lo que el anterior ha ganado y precisamente por la misma causa. Este tercer personaje, a quien se mantiene siempre en la oscuridad y que representa lo que no se ve, es un término necesario del problema. Es el que nos hace comprender el gran absurdo que hay en ver un beneficio en la destrucción. El que nos ha de demostrar en breve que no es menos absurdo esperar un beneficio de la restricción, que, al fin y al cabo, no es más que una destrucción parcial. De manera que, si se examina el fondo de todos los argumentos que en su favor se emplean, no encontraremos más que una paráfrasis del dicho vulgar: 

qué sería de los vidrieros si nunca se rompiesen los cristales?

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martes, 9 de octubre de 2018

Develar la realidad social

Develar la realidad social

Develar la realidad social es algo que en las ciencias del espíritu se ha emprendido desde distintos puntos de vista.
Uso la palabra “develar” simplemente porque una hipótesis estructural de todo estudio social es que la realidad social misma está ante los ojos cotidianos oculta, cubierta por un velo de prejuicios o simplemente de habituación.
De este modo la ciencia social desde distintos ámbitos del conocimiento, y usando métodos tan dispares como la interpretación psicoanalítica y la estadística han intentado develar una realidad social oculta, algo no imaginado para el ciudadano de todos los días sobre él mismo y sobre el delicado entramado social por el que se mueve diariamente.

Pero ocurrió que un fenómeno natural de aquellos que se ven una vez cada cincuenta años, desabastecimiento de los servicios básicos y días de aislamiento, mostraron de la ciudad de Concepción un panorama que pocos se hubieran imaginado. El terremoto removió el delicado velo de hipocresía que cubría la realidad social de Chile, mostrando una realidad macabra que ni los mejores discursos pudieron maquillar. El asombro ante la actitud de desesperados y oportunistas, la desvergüenza de muchos clamando por la intervención militar, la falta de liderazgo efectivo que demostraron los dirigentes políticos demostrando una vez más que se llega a los escaños del poder para engordar el culo.

¿Qué hubiera pasado si lo ocurrido en Concepción fuese hoy la realidad de más ciudades en Chile? Lo que se ha llamado hasta ahora “el terremoto social” sería entonces el fin de un país (el fin del país que hoy en día conocemos).
Disculpará el lector el atrevimiento, el distanciamiento del dolor de las personas para poner la atención en estos otros aspectos más macabros, incluso inmorales. Pero que útil que resulta ver la realidad social develada en Concepción por el terremoto como una radiografía de la sociedad chilena. Que repugnantes quedamos todos, como cubiertos por un alquitrán de oportunismo generalizado: El dueño de supermercado protegiendo a sangre y fuego su mercancía en circunstancias que nadie tiene alimento ni agua. Los oportunistas, saqueadores, acaparando aquello que en mejores circunstancias podrían llegar a vender a buen precio en el mercado negro.
El ciudadano heredero de la mentalidad de la dictadura pide la muerte de los atrevidos y la intervención militar.
Por supuesto que a mejor doctor mejor diagnóstico de esta macabra radiografía. Quede para otros la interpretación de la lucha de clases, el psicoanálisis de la colectividad y las estadísticas de robos según barrios y tipologías de todo orden. Sin embargo resulta no sólo curioso, sino que también paradójico, que lo que los enfoques más técnicos en ciencia social, incluso más aparatosos,  no puedan develar simple y llanamente, un descalabro natural lo muestre nada más que en unos días.

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lunes, 8 de octubre de 2018

ENTRADAS/SPOTS