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miércoles, 28 de noviembre de 2018

LA METODOLOGÍA DE LA ECONOMÍA


La evolución metodológica de la economía, tiene una pre-historia y una historia. Comenzamos por la pre-historia:

La METODOLOGÍA DE LA ECONOMÍA se inicia formalmente con las manifestaciones escolásticas: siglos XI al XV (Santo Tomás de Aquino), continúa con el Mercantilismo: siglos XVI al XVIII (Colbert, Mun, Becher), que tradujo un enfoque proteccionista de comprensión de la economía. Luego está la Fisiocracia: siglo XVIII (Quesnay), que tradujo un esquema liberal de interpretación de la economía. Metodológicamente, se indica que se trató de un conjunto de aportes que no llegaron a conformar un cuerpo teórico de análisis.7

Se coloca el ejemplo de 1796, del libro “La riqueza de las naciones”, de la Escuela Clásica, cuyo autor es el liberal Adam Smith. Metodológicamente Smith empleó razonamientos diferentes en su obra:  Libros I. y II. método de estática comparativa, los Libros III. IV. y V. utilizó el método inductivo. Otro ejemplos se dan en 1798, en el libro “Ensayo sobre la población”de Thomas Malthus y en la obra de 1817, “Principios de Economía Política” de David Ricardo, que utilizaron el método hipotético-deductivo.

El método hipotético-deductivo, postula que las investigaciones científicas se inician a partir de una observación de los hechos, libre y carente de prejuicios; siguen con la formulación de leyes universales acerca de esos hechos por inferencia inductiva, y finalmente llegan, de nuevo por medio de la inducción, a afirmaciones de generalidad aún mayor, conocidas como teorías. La característica de este método es que emplea las reglas de inferencia lógica, al igual que la deducción.

De todos modos los trabajos realizados en el campo de la economía entre 1827-1890, no explicitaron principios metodológicos y centraron su atención sobre premisas que indicaban que la verificación de las predicciones económicas era una tarea librada al azar.

Muchos connotados economistas de la época, reflejaron en sus trabajos, una concepción análoga; concepciones que reflejaban el pensamiento filosófico de entonces: En 1836, John Stuart Mill, en su obra “Sobre la definición de la Economía Política”. Afirma, una discrepancia entre las anticipaciones y los hechos reales mostrará, no que la proposición original sea errónea y debe por lo tanto ser descartada, sino tan solo que aquella proposición es “insuficiente”. En 1831, Whately, corroborado por Mill: “Las proposiciones tendenciales en Economía deben ser consideradas como promesas que quedarán redimidas, cuando se haya tenido debidamente en cuenta la correspondiente cláusula CETERIS PARIBUS.

Por las causas perturbadoras que podían contradecir las conclusiones de las teorías económicas, los economistas apelaron a la cláusula ceteris paribus, que va invariablemente unida a la formulación de “leyes” económicas. Para Mill, la lógica de la inducción es el único camino que proporciona conocimientos nuevos

En 1875,  John Elliot Cairnes en su obra “Carácter y método lógico de la Economía Política”, señala “Las leyes económicas pueden ser refutadas únicamente si se demuestra, o bien que los principios y condiciones supuestas no existen, o bien si las tendencias que la ley deduce no se siguen como consecuencia necesaria de los supuestos de las mismas”.

Hasta acá, los clásicos sostienen que la “verificación” no es una contrastación adecuada de la validez de las teorías económicas, de su verdad o falsedad, sino que será un método que permita establecer fronteras de aplicabilidad de una teoría que es en sí, obviamente cierta.

En 1891,  John Neville Keynes en su libro “Contenido y método de la Economía Política”, afirma que el método a-priori de la economía política clásica empieza y termina con la observación. Puesto que los supuestos en Economía son ciertos normalmente, sus predicciones también serán normalmente, ciertas, y que siempre que no lo sean, una investigación diligente de los hechos nos revelará en cada caso las causas perturbadoras AD-HOC a las que podemos atribuir la discrepancia observada.

Se llega a la conclusión de que en el siglo XIX , no se llegaron a establecer las bases empíricas sobre las que hubiese sido posible rechazar una determinada teoría económica. Porque se consideraba las premisas como verdades “a priori”, de las premisas se deducía las implicaciones que serían ciertas “a posteriori” y en ausencia de causas perturbadoras. Además que el objetivo de la verificación de las implicaciones consistía en determinar el campo de la aplicación de las teorías económicas, y no en evaluar su validez.

En 1932, Lionel Robbins en su estudio “Ensayo sobre la naturaleza y significación de la Ciencia Económica”, subraya, la validez de una determinada teoría depende de la derivación lógica de los supuestos generales de los que parte. Pero su aplicabilidad a una situación dada dependerá de la medida en la cual sus conceptos reflejen de hecho las fuerzas que operan en dicha situación. En 1949, Von Mises enfatiza en su libro “Acción humana: un tratado sobre economía”, lo que concede a la Economía su posición peculiar y única en la órbita del conocimiento puro y de la utilización práctica de dicho conocimiento es el hecho de que sus teoremas concretos no son susceptibles de verificación o falsación alguna en el terreno de la experiencia...la medida última de la corrección o falta de ella de un teorema económico es únicamente la razón, sin ayuda alguna de la experiencia.

Como balance final, se tiene que en la etapa clásica, el método de la economía ha consistido en la manipulación de supuestos apriorísticos, derivados de la  introspección o de observaciones empíricas casuales. Los clásicos, minimizaron el problema de la elaboración de pruebas empíricas adecuadas para las teorías.

En el período clásico, las discusiones metodológicas asumieron la forma de un desacuerdo sobre el realismo y la pertinencia de los supuestos. Se consideraba tan simple la verificación empírica de la economía que no requería ninguna explicación: era simplemente una cuestión de “mirar y ver”.
No se hizo ningún esfuerzo verdadero para comprobar las doctrinas clásicas con el material estadístico que se había acumulado durante el siglo XIX. La defensa tradicional consistía en atribuir toda contradicción a la fuerza de “tendencias contrarias”.

Las “tendencias contrarias” se tomaban como variables casi siempre exógenas, y casi nunca como constantes o parámetros adicionales a las ecuaciones originales de su modelo. Decían “Las leyes económicas se refutan si sus supuestos están errados o son inconsistentes. La refutación de una predicción, no significa el abandono de una teoría”.

La METODOLOGÍA DE LA ECONOMÍA DEL SIGLO XX, va a impulsar un nuevo enfoque; así en 1938, Terence Hutchison en su obra“Significación y postulados básicos de la Teoría Económica” introdujo explícitamente el criterio metodológico de falsabilidad de Popper en los debates económicos y estableció el criterio fundamental de que las proposiciones económicas que aspirasen al estatus de “científicas”,deberían ser susceptibles, al menos en teoría, de contrastación empírica interpersonal. En el siglo XX, se destaca el importante rol de las escuelas estructuralistas del pensamiento económico8.

Su principal prescripción metodológica es que la investigación científica en economía debería dedicarse únicamente a las proposiciones empíricamente contrastables. Hutchison estaba convencido de que el trabajo empírico en economía puede ser tan útil en la contrastación de los supuestos como en la de las implicaciones de las teorías.9

En 1948, Paul Samuelson en su libro“Fundamentos de Análisis Económico”,se refiere al denominado OPERACIONALISMO. En economía es central obtener teoremas “operacionalmente significativos”. Por teorema significativo se entiende una hipótesis sobre cuestiones empíricas que puede concebiblemente ser refutada, aunque sea, sólo en condiciones ideales. Una proposición operacional se define como aquella que afirma o implica una operación que, en principio, podría realizarse, y cuyos resultados constituirán la contrastación de la proposición. Los supuestos deben ser realistas y las proposiciones deben ser verificables. En resumen, una teoría operacional será una teoría falsable.10

En 1953 Milton Friedman, en su obra “Ensayo sobre Metodología de la Economía Positiva”, afirma que los supuestos son “en gran medida” irrelevantes respecto de la validación de las teorías, las cuales habrán de ser juzgadas “casi” únicamente en términos de su valor como instrumento generador de predicciones fiables. Consideradas como un cuerpo de hipótesis sustantivas, las teorías han de ser juzgadas por su poder predictivo respecto del tipo de fenómenos que intentan “explicar”.Esta tesis toma como negativa la postura que insiste en la verificación directa de los supuestos fundamentales como prueba crítica de la validez de una teoría, considerando tal verificación como cuestión previa a, o independiente de la contrastación de las predicciones de la misma.11

En su visión de metodología económica aplicada a la política económica,  Friedman señala que la capacidad predictiva y la efectividad interventora de las autoridades económicas son siempre reducidas, y de ahí que los propios efectos de las políticas económicas sean forzosamente limitados. Por ello, Friedman propondrá una actuación económica basada esencialmente en unas cuantas normas de política fiscal que garanticen el equilibrio presupuestario, y en el establecimiento de impulsos monetarios basados en el crecimiento estable, y compatible con una inflación limitada de la cantidad de dinero.

La tesis de Lipsey, recogida en su obra: “Introducción a la Economía Positiva”,se basa en la imposibilidad de probar o rechazar una teoría con un grado total de certeza y ello porque, “cualquier ciencia en fase de desarrollo verá rechazarse continuamente algunas de sus teorías existente”. En definitiva, rechazar una teoría por una sola refutación resultaría excesivamente paralizante, pero aceptarla de forma definitiva, por muy grande que sea el número de pruebas favorables, resultaría excesivamente atrevido, si tenemos en cuenta que siempre puede existir una experiencia contraria para la cual la ley no se cumpla. “Todo lo más que podemos hacer es descubrir sobre la base de cantidades finitas de conocimiento imperfecto, cuál es el balance de probabilidades entre hipótesis competitivas” 12

Finalmente, la corriente principal, señala que la verificación directa de los postulados o supuestos de la Teoría Económica resulta tanto innecesaria como superficial; las teorías económicas (paradigmas económicos),deberán ser juzgados, en último término, por sus implicaciones respecto de los fenómenos que pretenden explicar. La Economía – se indica- no es sino una “caja de herramientas”, y la contrastación empírica mostrará, no tanto si ciertos modelos son verdaderos o falsos, sino más bien si aquellos son o no aplicables a una situación dada. Se quiere rebasar la idea popperiana de la refutación y se presenta un enfoque estadístico de la contrastación, que acepta que ni la refutación ni la confirmación  pueden ser nunca definitivas, y que únicamente se puede aspirar a descubrir, basándose en cantidades finitas de un conocimiento imperfecto, cuál es el balance de probabilidades entre las hipótesis alternativas.
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7. Se señala que los mercantilistas aplicaron el método empírico-realista. La economía política se reducía exclusivamente a un arte empírico, una lista de fórmulas prácticas para los gobernantes en defensa de los intereses nacionales contra otros intereses nacionales. No formularon leyes que expliquen el comportamiento económico y posteriormente lo controlen, sino sugerencias y normas de conducta. Se indica que el método de los fisiócratas oscila entre lo inductivo y lo deductivo, puesto que si bien no descuidan el planteamiento teórico basado en una concepción natural de la vida económica, su principal preocupación era de economía práctica. Se da entonces una unión de postulados filosóficos y de cuestiones prácticas. Lograron consolidar leyes, de manera muy limitada y concebían las mismas en base a abstracciones a partir de fenómenos de la vida cotidiana y utilizaban razonamientos deductivos en sus argumentaciones teóricas. De los clásicos, se dice que desde el punto de vista de la metodología aplicada, no se dio un método común, pero que en todos, se da la característica del predominio del método abstracto y deductivo heredado del racionalismo, donde formularon un cuerpo de leyes y principios, sin preocuparse de su contrastación con la realidad. Si bien entre los clásicos se cuentan a Smith, Ricardo, Malthus y Stuart Mill, desde el punto de vista metodológico, también es posible incluir la visión y los trabajos de Marx.
8. Se identifican cuatro tipologías: El estructuralismo antropológico: La metodología estructuralista bajo esta tipología, se apoya en modelos y aporta a las estructuras económicas, cuyo conocimiento resulta imprescindible en el proceder político económico, su formalismo es su rasgo más positivo El estructuralismo empírico: Se dirige al análisis de los rasgos más visibles. Se combina la dinámica temporal y espacial con la dialéctica generalizada, para lograr una representación tan correcta como sea posible de las asimetrías, distorsiones, retardos o aceleraciones, reducciones o amplificaciones, de la propagación de los fenómenos económicos. El estructuralismo fenomenológico: Basa su metodología en una visión fenomenológica del mundo.  Esta corriente se basa en un positivismo absoluto, en el sentido de pretender aprehender los “fenómenos” de la realidad directamente como tales, esto es desprovistos de toda conciencia intencional. El estructuralismo dialéctico: La estructura viene totalmente determinada por el devenir histórico. Se observa en esta tipología de estructuralismo, la articulación de un esquema analítico, que abarca la realidad macroeconómica como totalidad, en su dimensión social, y define sus reglas de transformación, las leyes de correspondencia de sus elementos, las relaciones significativas, las contradicciones, conteniendo en definitiva los elementos básicos de toda estructura: totalidad, interdependencia, transformaciones… 
9. Por ejemplo, desde el punto de vista metodológico, el pensamiento Keynesiano ha supuesto un avance decisivo del método empírico, en su versión moderna y científica, en perfecta conciliación con los métodos matemáticos y deductivos, todo ello en una concepción de la Economía como ciencia positiva. El enfoque Keynesiano también sirvió como base y sostén del método econométrico en su nivel macroeconómico. La econometría, por otra parte, ha tenido un rápido desarrollo en el campo de la microeconomía, en estrecha relación con el análisis de operaciones. La importancia de la obra de Keynes está en su impacto sobre la política económica. Lo innovador de Keynes es que ha facilitado una nueva visión teórica del funcionamiento del sistema económico y ofrece un cuerpo teórico explicativo de la realidad económica a corto plazo.
10. Los economistas de la segunda mitad del siglo XX, monetaristas o keynesianos, liberales o intervencionistas, disintieron o acordaron sobre la agenda de temas y conceptos de una ciencia que tuvo en Samuelson a uno de sus más importantes artífices. La teoría económica moderna es en gran medida aún hoy, la disciplina que modeló Samuelson.
11. En 1953, a sus 41 años, Milton Friedman dio a la imprenta, el libro “La metodología de la economía positiva”, defendía en él la tesis de que la cientificidad de la economía debía evaluarse por el acierto de sus predicciones y no por el realismo descriptivo  de sus hipótesis: aunque un consumidor no se reconozca en el agente económico de los teóricos de la demanda, éste les servirá para predecir acertadamente su decisión, y con eso bastará, según Friedman, para que consideremos su ciencia positiva. El éxito de sus argumentos, convertirá este escrito de circunstancias en el más influyente, en la metodología de la economía del siglo XX.
12. Camilo Dagum propone una nueva metodología para la investigación en la ciencia económica, que puede resultar altamente operativa y sugerente, dado el estado actual de crisis económica y la incapacidad del análisis económico tradicional (fase degenerativa en la terminología de Lakatos), para explicar las causas de dicha crisis y, en consecuencia, deducir los medios más idóneos para combatirla. Esta metodología combina las dos vertientes del análisis económico: la descriptivo-positiva y la teleológico-normativa, desarrollándose en las siguientes fases:
1. Especificación del dominio de investigación.
2. Especificación de un modelo representativo de la estructura observada, es decir, identificación del proceso estocástico que genera las informaciones muestrales.
3. Especificación de un modelo representativo de una estructura objetivo viable.
4. Hipótesis nula, es decir, análisis estadístico sobre la existencia o no de una diferencia significativa entre la estructura observada y la estructura objetivo.
5. Modelo de decisión o filosofía para la acción, concebida en función de la conclusión obtenida en la etapa anterior y en función también de la eficacia del conjunto de variables controlables por el sujeto de las decisiones.

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martes, 27 de noviembre de 2018

Los economistas como metodólogos: Friedman y Samuelson David Teira Serrano



Desde los mismos orígenes de la economía como disciplina científica, los economistas han escrito sobre su metodología, a veces como preámbulo o excurso en su investigación positiva, a veces mediante ensayos enteramente filosóficos. El valor de tales aportaciones es muy diverso, pero conviene advertir desde un principio que no suelen ser meros ejercicios de análisis conceptual, sino reflexiones derivadas de un modo u otro de sus resultados científicos. De hecho, cuanto mayor sea el éxito de estos, tanto más populares serán, en general, sus corolarios metodológicos (aunque se den excepciones: economistas no muy exitosos pero reputados como metodólogos: e.g., Terence Hutchinson; o a la inversa: e.g., Herbert Simon). Esta popularidad se debe principalmente a los propios economistas, que, con mayor o menor acierto, adoptarán tales argumentos metodológicos como prueba de la cientificidad de su disciplina.

Nos concentraremos aquí en la metodología de los economistas en las dos acepciones del término. Por una parte, las técnicas para la obtención de resultados científicos que algunos de ellos pretendieron promover. Y, por otro lado, la justificación de su cientificidad que ofrecieron contra sus detractores. Presentaremos aquí dos casos ejemplares, cuyas tesis –según observó alguna vez L. Boland– dividían a todos los economistas con inquietudes metodológicas en los años 1960.  Milton Friedman (1912-) recibió en 1977 el premio Nobel de economía «por sus trabajos sobre el consumo, historia monetaria y sus aportaciones al problema de las políticas de estabilización». No obstante, como él mismo indica (Friedman y Friedman, 1998, p. 215) su trabajo de más amplia repercusión fue el prefacio que redactó para su primer libro como catedrático de la Universidad de Chicago, una compilación de artículos titulada Ensayos de economía positiva (1953). Andando el tiempo, «La metodología de la economía positiva» se convertiría, en opinión de muchos en el ensayo de metodología económica más influyente del siglo XX. Paul Samuelson (1915-) obtuvo el premio Nobel en 1970 «por haber desarrollado la teoría económica estática y dinámica y contribuir a la elevación del nivel de análisis en la ciencia económica». Su principal contribución metodológica es su programa para dotar de contenido empírico a la teoría del comportamiento del consumidor a través de la noción de preferencia revelada. 

Trataremos de presentar aquí las ideas de Friedman y Samuelson como dos alternativas para lidiar con los dilemas metodológicos que planteó la justificación empírica de la teoría neoclásica de la demanda. Examinaremos, en primer lugar, los antecedentes del problema, y presentaremos después en sendos epígrafes sus respectivas propuestas sin pretensión alguna de exhaustividad

1. ANTECEDENTES 

Durante el siglo XIX, una convicción ampliamente extendida entre los economistas era la que de que la verdad de sus teorías podía discernirse introspectivamente, sin necesidad de un control empírico externo. Hay versiones muy distintas de esa posición (cf. Lagueaux, 1997), pero baste para ilustrarla los argumentos de Léon Walras (1834-1910) a propósito de su teoría de la demanda –cf. Teira, 2001 para un análisis pormenorizado. Walras defendió un análisis causal de las decisiones de los individuos: el deseo de maximizar la utilidad que les proporciona una mercancía escasa explica su elección en el mercado. Pero, a efectos prácticos, no era posible calcular ese máximo especificando las funciones de utilidad marginal para cada individuo, pues estas eran subjetivas e inobservables. Al economista, según Walras, no le quedaba más opción que operar con funciones de demanda empíricas, ligando precios y cantidades de un producto, sin pretender deducirlas de consideraciones utilitarias. ¿Pero cómo comprobar entonces la eficacia causal de la utilidad? Del mismo modo, Walras defendía en principio la existencia de un sistema de precios de equilibrio en los mercados a partir del análisis de las funciones de utilidad o demanda individual. Pero en estas no se toma en consideración el comportamiento de los demás agentes: cada cual trata de maximizar la suya con independencia de qué hagan los demás. ¿Cuál será entonces el mecanismo intencional que explique la consecución del equilibrio a partir de la interacción entre individuos maximizadores y los sucesivos precios resultantes? Nuestros dos interrogantes no pretenden sino plantear el dilema de cómo podía Walras justificar la cientificidad de sus resultados sin evidencia empírica respecto a sus fundamentos. No es de extrañar que adoptase a este respecto una posición típicamente kantiana: una vez descubiertas las categorías que explican a priori el comportamiento económico y articuladas matemáticamente en leyes, para Walras, sus resultados debían verificarse necesariamente en los datos, como en cualquier otra rama de la mecánica racional. 

Sólo con el desarrollo de la econometría, a principios del XX, comenzaría a explorarse cómo justificar empíricamente la presencia de entidades intencionales (inobservables) y cómo verificar su aportación causal en los datos (Teira 2006). No obstante, los dilemas metodológicos se multiplicaron: e.g., cómo ajustar a una teoría estática series temporales de datos o cómo identificar en ellas una curva de demanda  (Morgan, 1990, pp. 142-152).  Gradualmente se abrió paso la convicción de que para poder extraer de los datos el objeto de la teoría de la demanda eran necesarias hipótesis auxiliares que implícitamente presuponían su validez (e.g., Stigler, 1939). Su aceptación era a priori, pero debía intentarse, al menos, su contrastación. Friedman y Samuelson elaboraron conceptualmente esta intuición en dos distinto sentidos que a continuación examinaremos.

2. LA POSICIÓN DE FRIEDMAN

Tras estudiar economía en Rutgers y Chicago, donde siguió cursos con Jacob Viner, Frank Knight y Henry Schultz, Friedman trabajó en Washington y Nueva York en el análisis empírico de consumo y renta al servicio de distintas agencias gubernamentales y del ational Bureau of Economic Research (NBER). Allí, bajo la tutela de Wesley Clair Mitchell y Arthur Burns, elaboró buena parte de los trabajos con los que obtuvo su doctorado en Columbia (1946), sobre rentas profesionales. Durante la II Guerra Mundial, Friedman trabajó como estadístico militar en el Statistical Research Group, dirigido por Harold Hotelling, su mentor en las nuevas técnicas inferenciales. En 1946 vuelve como profesor a la Universidad de Chicago. Cuando publica «La metodología de la economía positiva», Friedman disfruta de un amplio prestigio profesional, refrendado en 1951 por la American Economic Association con la medalla John Bates Clark, que distingue las contribuciones científicas obtenidas por economistas menores de cuarenta años. 

«La metodología...» es la primera y única incursión de Friedman en la filosofía de la ciencia. Su contexto inmediato es el de algunos debates de la época –ampliamente examinados en Mäki (en prensa). Pero, más allá de estas polémicas, podemos distinguir tres motivos más generales en su análisis.

En primer lugar, el escepticismo adquirido en sus trabajos de economía aplicada respecto al contenido empírico del concepto de utilidad y al enfoque de equilibrio general (Hammond, 1996, 26-46). Friedman duda de que las categorías empleadas en el análisis puedan recibir una definición unívoca que pueda fijar su referencia en cualquier mercado: lo que en un conjunto de datos puede ser clasificado como factores de oportunidad, en otro pueden referirse a los gustos, imposibilitando la definición unívoca de curvas de indiferencia (Wallis y Friedman, 1942). Y es justamente ese tipo de definición la que proponen los teóricos walrasianos, con el consiguiente lastre para la verificación empírica de sus resultados (Friedman, 1940). Friedman aboga, por tanto, por un enfoque de equilibrio parcial, en el que las categorías se definan en función de los datos analizados y se haga un amplio uso de las cláusulas ceteris paribus para tratar los efectos renta o sustitución (Friedman, 1949). 

En segundo lugar, Friedman dominaba, como pocos economistas de su época, las técnicas de inferencia estadística desarrolladas por Ronald Fisher y Harold Hotelling (a las que aportó resultados originales). Buena parte de sus trabajos explotaron sus virtudes, buscando aplicaciones económicas en las que obtener resultados empíricos (Teira, 2007). Finalmente, Friedman, como tantos otros economistas de su generación, pretendía que la economía desempeñase un servicio público y evitase nuevas crisis como la de los años 1930 (Friedman y Friedman, 1998, pp. 33-34). Para ello, consideraba imprescindible el consenso entre los propios economistas sobre cuáles fuesen las mejores teorías para analizar el curso de la actividad económica (Despres et al., 1950). Conviene advertir aquí que Friedman no era todavía el activista político de las décadas siguientes. Su primer contacto con los nuevos liberales data de su viaje a la reunión inaugural de la Sociedad Mont Pelerin (1947), donde conoce entre otros a Karl Popper y no escribirá su primer alegato neoliberal hasta 1955.

En todo ello se inspira las tesis central de «La metodología...»: la cientificidad de la economía, como cualquier otra disciplina científica, debe evaluarse por el acierto de sus predicciones y no por el realismo descriptivo de sus hipótesis. Así, por ejemplo, aunque ninguno de nosotros se reconozca en el agente económico de los teóricos de la demanda, éste les servirá a los economistas para predecir acertadamente su decisión, y con eso bastará, según Friedman, para que consideremos su teoría como ciencia positiva. Debemos, por tanto, aceptar las hipótesis que ofrezcan mejores predicciones sin prejuicios normativos sobre sus fundamentos o consecuencias. Para defender sus tesis, Friedman construye diversos argumentos contra sus adversarios a base de ejemplos y contraejemplos: por un lado, los partidarios del realismo en economía (críticos, en su mayor parte, de la teoría de la utilidad) y contra quienes se preocupan más de la formalización de la teoría económica que de sus implicaciones empíricas (fundamentalmente, los teóricos walrasianos).

Desde un punto de vista epistemológico, no es difícil reconocer aquí una tesis instrumentalista. No obstante, son muchos los que han señalado las insuficiencias de su elaboración conceptual. Pensemos, por ejemplo (Mäki, 1992), en la coexistencia en el ensayo de Friedman de un instrumentalismo metodológico con un realismo ontológico (sobre entidades económicas como el consumidor, la empresa, etc.). O la posibilidad de interpretar sus tesis desde perspectivas tan distintas como la de Popper o el pragmatismo, con su asentimiento para ambas. Esta ambigüedad probablemente explique su amplísima aceptación. Pero debemos prestar atención también al éxito de la estrategia teórica justificada por sus prescripciones metodológicas: la minimización de las constricciones formales impuestas por el equilibrio general simplifica la adaptación estadística de la teoría económica, de modo que de ella se puedan obtener predicciones simples y políticamente relevantes, como las deseadas por tantos economistas entonces y ahora. Pese a todo, los resultados de Friedman no llegaron a producir el consenso deseado, entre los economistas o el público. 

Su teoría sobre la función del consumo, por ejemplo, proponía interpretar el consumo de un agente como función (intuitivamente simple) en función de los ingresos que esperase obtener, y no los realmente obtenidos.  Para darle un sentido empírico a esta expectativa, Friedman aplicaba el análisis de la varianza, como si los agentes pudieran efectuar tal descomposición estadística y discernir un componente permanente y otro temporal en sus ingresos, con arreglo a los cuales efectuar sus gastos. De aquí podían obtenerse numerosas predicciones sobre la hipótesis. A pesar del éxito profesional que le deparó, veinte años después no existía todavía evidencia clara a favor o en contra, pues dependía en buena parte de las definiciones que se dieran a las categorías aplicadas (según el tipo de datos analizado, etc.; cf. Mayer 1972, p. 348). Y esa equivocidad era precisamente la que la metodología de Friedman autorizaba.

En suma, Friedman acertó a captar una intuición ampliamente extendida entre muchos economistas: la justificación metodológica de sus teorías sólo requiere predicciones exitosas, y cabe sacrificar por ellas muchas otras virtudes. Pero dado el éxito inicial de su empresa, quienes hoy pretenden seguir esta estrategia son algo más cautelosos respecto a las condiciones en que una predicción resulta aceptable (e.g., Reiss, en prensa).

3. LA POSICIÓN DE SAMUELSON

Paul Samuelson estudió economía en Chicago y Harvard, donde se doctoró en 1941, para trasladarse de seguido al MIT, donde transcurre desde entonces toda su carrera académica. Aunque tuvo grandes maestros a quienes no dejó de rendir tributo (Samuelson, 1998), se suele presentar en gran medida como un genio autodidacta. Sus trabajos sobre teoría de la demanda que condujeron al alumbramiento de la teoría de la preferencia revelada los elaboró, en buena parte, como investigador independiente patrocinado por la Society of Fellows de Harvard antes de doctorarse (1937-1940). Y a ellos se debe, en buena parte, la concesión de la medalla John Bates Clark en 1947. 

La teoría de la preferencia revelada sólo es una de sus muchas contribuciones científicas, ni siquiera la principal, y tampoco agota todas sus ideas metodológicas (cf., e.g., Hahn 1983 sobre su principio de correspondencia en la contrastación de la teoría del equilibrio general). Pero es, sin duda, la de más éxito, quizá por incidir sobre algunos de los debates centrales de su época. Su tesis metodológica no fue expuesta en un ensayo separado, sino que se contiene en ejercicio en una serie de artículos sobre los fundamentos de la teoría de la demanda, así como en su obra, ya clásica, Foundations of Economic Analysis (1947). Se trata de obtener hipótesis empíricamente refutables sobre en economía, pero sin renunciar al rigor matemático. Su primera tentativa se encuentra en su artículo de 1938 sobre la teoría del comportamiento del consumidor, donde nos propone prescindir del concepto de utilidad en la construcción de funciones de demanda. Su empeño tenía su antecedente más inmediato en los trabajos de Hicks y Allen, donde se articulaba una concepción ordinal de la utilidad de inspiración paretiana (cf. Fernández Grela, 2007, para su análisis en el contexto de los debates sobre la demanda). Se trataba de una definición puramente formal, e independiente por tanto de cualquier interpretación psicológica, pero empíricamente contrastable. Samuelson (1938, pp. 64-65) estableció el siguiente principio. Supongamos que tenemos un vector de precios P y unos ingresos I, tal que con ellos el consumidor adquiera una cantidad ψ de bienes; y después una segunda serie de precios, ingresos y cantidades (P', I', ψ'). El coste de comprar la cesta de bienes ψ al precio P sería ψP. El coste de comprar la segunda cesta de bienes ψ al precio de la primera sería ψ'P. Si  PP ψψ ≤' , el consumidor pudo comprar con sus ingresos iniciales I, la segunda cesta de bienes, por lo que podemos concluir –según Samuelson– que la primera cesta es preferida a la segunda. O, como dirá a partir de 1948, la primera cesta constituye su preferencia revelada. A partir de este principio (luego conocido como axioma débil de la preferencia revelada), cuyos términos son perfectamente observables, puede probarse la existencia de una función de demanda con tres de las cuatro propiedades obtenidas en 1915 por otro paretiano, Eugen Slutksy, desde una concepción ordinal de la utilidad. De modo que esta se revela así prescindible (Samuelson, 1938, p. 71). 

No obstante, en un segundo artículo de 1948, el propio Samuelson mostró cómo, en el caso de dos bienes, este axioma débil permite construir curvas formalmente análogas a las curvas de indiferencia derivadas de la teoría de la utilidad. Dos años después, Houthakker generaliza esa equivalencia para cualquier número de bienes, mediante una ampliación iterativa del axioma de Samuelson: supongamos que exista una secuencia de cestas ψ1, ψ2 ... ψn tal que cada elemento de la sucesión sea preferido reveladamente al siguiente; el último no podrá ser reveladamente preferido al primero). Uzawa y otros autores precisarán la prueba en las décadas siguientes (cf. Mongin, 2000). De este modo, la teoría de la utilidad y la teoría de la preferencia revelada dejan de ser incompatibles. De hecho, tal como sugieren Hands (2007) a propósito de la cuestión de la integrabilidad, sus problemas se vuelven semejantes a los que discutimos en la sección anterior. Pero, dejando esto aparte, el proyecto original de Samuelson plantea varios dilemas metodológicos dignos de consideración.

El primero se refiere a las pretensiones del propio Samuelson: ¿de qué tipo de justificación pretendía dotar a la teoría de la demanda en 1938, y que queda de ella a partir de 1950? Se ha discutido ampliamente las proclamas operacionalistas de Samuelson y su conexión con las tesis de Bridgman, pero no parece que la teoría de la preferencia revelada cumpliese con este programa (cf. Cohen 1995 para una revisión). Según se desprende de sus proclamas descriptivistas, su propósito era más bien extraer el contenido empíricamente contrastable de la teoría de la demanda (e.g., Samuelson, 1998, p. 1380). Su concepción axiomática de las teorías científicas tiene, en efecto, un aire cercano al positivismo (e.g., Samuelson 1963) y de ahí su preocupación por conectar lógicamente términos teóricos con datos observables, a diferencia de Friedman –para quien la conexión sería principalmente estadística. Pero en el momento en que la teoría de la preferencia revelada se demuestra equivalente a la teoría de la utilidad, cuál sea su contenido empírico resulta menos evidente. Como observa Stanley Wong (2006, p. 57), el axioma débil contiene términos observables pero no puede verificarse inmediatamente sobre los datos de mercado, pues las posibles elecciones comprendidas por el axioma son infinitas –cosa ya sabida por los económetras de la demanda En realidad, da más bien cuenta de la consistencia temporal de la elecciones de un agente, pero la inconsistencia admitiría también explicaciones racionales. 

De hecho, las tentativas experimentales de contrastar la teoría, además de muy abundantes, no resultaron particularmente positivas (Sippel, 1997). Quizá por todo ello, la teoría de la preferencia revelada no aparece ya como alternativa a la teoría de la utilidad (cf. García-Bermejo, 1973 para un examen pionero entre nosotros).

Un segundo debate metodológico abierto por la propuesta de Samuelson se refiere a la cuestión de si las elecciones empíricas revelan efectivamente las preferencias subjetivas, y por tanto estas pueden reducirse, en algún sentido, a aquellas. El mayor exponente de este debate lo encontramos en Sen (1973), donde se negaba que esta reducción fuese posible: los agentes no siempre escogen lo que prefieren, se equivocan, actúan incluso si no pueden ordenar las alternativas y toman en consideración elementos no directamente relacionados con sus preferencias, como principios morales. Dejando a un lado la discusión de estas objeciones (e.g., Ross, 2005, pp. 126-140), la cuestión más general es si la economía puede, en principio, prescindir de la noción subjetiva de preferencia. El riesgo, tal como advierte Daniel Hausman (2000), es su desconexión de nuestra comprensión ordinaria de la elección, donde a partir de la atribución de creencias somos capaces de inferir preferencias: si alguien hace X es porque cree que es el mejor medio para satisfacer sus deseos. Algunos autores (e.g., Rosenberg, 1992, cap. 5) argumentan que tal desconexión es imposible y que, por tanto, la teoría del comportamiento del consumidor no será más que psicología folk racionalizada. Otros (señaladamente, Ross, 2005) sostienen que nuestra comprensión de la cientificidad de la economía a este respecto dependerá más bien de la posición que adoptemos en filosofía de la mente. En cualquier caso, el debate sigue hoy abierto más allá de Samuelson.

4. CONCLUSIÓN

Hemos visto cómo inicialmente la teoría neoclásica de la demanda se justificó sobre una confianza racionalista en las intuiciones sobre el comportamiento del agente económico que captaba y articulaba matemáticamente. La introducción de técnicas estadísticas y el escepticismo respecto a las entidades inobservables introducidas en el análisis propició sucesivos intentos de refinamiento conceptual y contraste empírico que abrieron grandes dilemas metodológicos (como la infradeterminación de teorías y datos). Friedman y Samuelson formularon propuestas teóricas para superarlos y trataron de justificarlas desde distintas posiciones epistemológicas. Aun cuando su éxito resulte hoy discutible, sus argumentos dominaron buena parte del debate metodológico del siglo XX y las cuestiones que abrieron distan de estar resueltas. No obstante, la consolidación académica de la economía minimiza hoy su urgencia y, de hecho, los grandes teóricos de nuestros días no son tan propensos como sus antecesores a las proclamas metodológicas. Como el lector podrá apreciar en este volumen, el debate metaeconómico debe seguir hoy también sendas muy distintas a las que abrieron Friedman y Samuelson.  

5. REFERENCIAS
Cohen, J. (1995), «Samuelson's Operationalist-Descriptivist Thesis», Journal of Economic Methodology: 2 53-78.
Despres, E., Friedman, M., Hart, A., Samuelson, P. y Wallace, D. (1950), «The Problem of Economic Instability», American Economic Review: 40 505-38.
Fernández Grela, M. (2007), «Disaggregating the Components of the Hicks-Allen Composite Commodity», en [*].
Friedman, M. (1949), «The Marshallian Demand Curve», Journal of Political Economy: 57 463-95.
Friedman, M. (1953), «The Methodology of Positive Economics», en Id., Essays in Positive Economics, Chicago University Press, Chicago, 3-43.
Friedman, M. (1940), Reseña de J. Tinbergen, Business Cycles in the United States of America, 1919-32, American Economic Review: 30 657-60.
Friedman, M. y Friedman, R. D. (1998), Two Lucky People. Memoirs, Chicago University Press, Chicago.
García-Bermejo, J. C. (1973), «La preferencia revelada y la explicación convencional de la conducta del consumidor», Boletín de documentación del fondo para la investigación económica y social: V 2 226-50.
Hahn, F. (1983), «On General Equilibrium and Stability», en E. C. Brown y R. M. Solow (eds.), Paul Samuelson and Modern Economic Theory, McGraw-Hill, N. York, 3155.
Hammond, J. D. (1996), Theory and Measurement: Causality Issues in Milton Friedman's Monetary Economics, Cambridge University Press, Cambridge-New York.
Hands, D. W. (2007), «Integrability, Rationalizability, and Path-Dependency in the History of Demand Theory», en [*]
 Hausman, D. (2000), «Revealed Preference, Belief, and Game Theory», Economics and Philosophy: 16 99-115.
Lagueaux, M. (1997), «Apriorism», en J. Davis, W. Hands y U. Mäki (eds.), Handbook of Economic Methodology, Edward Elgar, Londres, 17-22.
Maki, U. (1992), «Friedman and Realism», en W.-J. Samuels y J. Biddle (eds.), Research in the history of economic thought and methodology. Volume 10. Greenwich, Conn, JAI Press, and London, 171-95.
Maki, U., (ed.) (en prensa), The Methodology of Positive Economics. Milton Friedman’s Essay Fifty Years Later, Cambridge University Press, Cambridge.
Mayer, T. (1972), Permanent Income, Wealth and Consumption, University of California Press, Berkeley.
Mongin, P. (2000), «Les préférences révélées et la formation de la théorie du consommateur», Revue économique: 51.5 1125-52.
Morgan, M. (1990), The History of Econometric Ideas, Cambridge University Press, Cambridge.
Reiss, J. (en prensa), Taming Error: The Methodology of Evidence-Based Economics, Routledge, Londres. Rosenberg, A. (1992), Economics -Mathematical Politics or Science of Diminishing Returns?, Chicago University Press, Chicago.
Ross, D. (2005), Economic Theory and Cognitive Science, The MIT Press, Cambridge (Mass.).
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Sippel, R. (1997), «An Experiment on the Pure Theory of Consumer's Behavior», The Economic Journal: 107 1431-44.
Stigler, G. (1939), «The Limitations of Statistical Demand Curves», Journal of the American Statistical Association: 34 469-81.
Teira, D. (2001), «Lo uno y lo múltiple. La estructura de la explicación económica en Walras y Marshall», en A. Ávila, W. González, y G. Marques. (eds.), Ciencia económica y Economía de la Ciencia, FCE, Madrid, 240-267.
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Wallis, W. A. y Friedman, M. (1942), «The Empirical Derivation of Indifference Functions», en O. Lange, (ed.), Studies in Mathematical Economics and Econometrics, University of Chicago Press, Chicago, 175-89.
Wong, S. (2006), The Foundations of Paul Samuelson's Revealed Preference Theory, 2ª ed., Routledge, Londres.

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domingo, 18 de noviembre de 2018

De la División del Trabajo


SELECCION DE ESCRITOS DE ADAM SMITH
Tamara Avetikian Bosaans


De la División del Trabajo

1. El progreso más importante en las facultades productivas del trabajo, y gran parte de la aptitud, destreza y sensatez con que éste se aplica o dirige, por doquier, parecen ser consecuencia de la división del trabajo.

2. Generalmente se cree que tal división es mucho mayor en ciertas actividades económicas de poca importancia, no porque efectivamente esa división se extreme más que en otras actividades de importancia mayor, sino porque en aquellas manufacturas que se destina a ofrecer satisfactores para las pequeñas necesidades de un reducido grupo de personas, el número de operarios ha de ser pequeño, y los empleados en los diversos pasos o etapas de la producción se pueden reunir generalmente en el mismo talles y a la vista del espectador. Por el contrario, en aquellas manufacturas destinadas a satisfacer los pedidos de un gran número de personas, cada uno de los diferentes ramos de la obra emplea un número tan considerable de obreros, que es imposible juntarlos en el mismo taller.

3. La división del trabajo, en cuanto puede ser aplicada, ocasiona en todo arte un aumento proporcional en las facultades productivas del trabajo. Es de suponer que la diversificación de numerosos empleos y actividades económicas es consecuencia de esa ventaja. Esa separación se produce generalmente con más amplitud en aquellos países que han alcanzado un nivel más alto de laboriosidad y progreso, pues comúnmente es obra de muchos, en una sociedad culta, lo que hace uno solo, en estado de atraso. En todo país adelantado, el labrador no es más que labriego y el artesano no es sino menestral. Asimismo, el trabajo necesario para producir un producto acabado se reparte, por regla general, entre muchas manos.

4. Este aumento considerable en la cantidad de productos que un mismo número de personas puede confeccionar, como consecuencia de la división del trabajo, procede de tres circunstancias distintas: primera, de la mayor destreza de cada obrero en particular; segunda, de ahorro de tiempo que comúnmente se pierde al pasar de una ocupación a otra, y por último, de la invención de un gran número de máquinas, que facilitan y abrevian el trabajo, capacitando a un hombre para hacer la labor de muchos.

5. La gran multiplicación de producciones en todas las artes, originadas en la división del trabajo, da lugar, en una sociedad bien gobernada, a esa opulencia universal que se derrama hasta las clases inferiores del pueblo. Todo obrero dispone de una cantidad mayor de su propia obra, en exceso de sus necesidades, y como cualquier otro artesano, se halla en la misma situación, se encuentra en condiciones de cambiar una gran cantidad de sus propios bienes por una gran cantidad de los creados por otros; o lo que es lo mismo, por el precio de una gran cantidad de los suyos. El uno provee al otro de lo que necesita, y recíprocamente, con lo cual se difunde una general abundancia en todos los rangos de la sociedad. [Libro I, Capítulo I.]

Del Principio que Motiva la División del Trabajo

1. Esta división del trabajo, que tantas ventajas reporta, no es en su origen efecto de la sabiduría humana, que prevé y se propone alcanzar aquella general opulencia que de él se deriva. Es la consecuencia gradual, necesaria aunque lenta, de una cierta propensión de la naturaleza humana que no aspira a una utilidad tan grande: la propensión a permutar, cambiar y negociar una cosa por otra.

2. Quien propone a otro un trato le está haciendo una de esas proposiciones. Dame lo que necesito y tendrás lo que deseas, es el sentido de cualquier clase de oferta, y así obtenemos de los demás la mayor parte de los servicios que necesitamos. No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la considera ción de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo; ni les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas. Sólo el mendigo depende principalmente de la benevolencia de sus conciudadanos; pero no en absoluto. Es cierto que la caridad de gentes bien dispuestas le suministra la subsistencia completa; pero, aunque esta condición altruista le procure todo lo necesario, la caridad no satisface sus deseos en la medida en que la necesidad se presenta: la mayor parte de sus necesidades eventuales se remedian de la misma manera que las de otras personas, por tanto, cambio o compra. Con el dinero que recibe compra comida, cambia la ropa vieja que se le da por otros vestidos viejos también, pero que le vienen mejor, o los entrega a cambio de albergue, alimentos o moneda, cuando así lo necesita. De la misma manera que recibimos la mayor parte de los servicios mutuos que necesitamos, por convenio, trueque o compra, es esa misma inclinación a la permuta la causa originaria de la división del trabajo.

3. En los hombres, por el contrario, los talentos más dispersos se caracterizan por mutua utilidad, ya que los respectivos productos de sus aptitudes se aportan a un fondo común, en virtud de esa disposición general para el cambio, la permuta o el trueque, y tal circunstancia permite a cada uno de ellos comprar la parte que necesitan de la producción ajena. [Libro I, Capítulo II.]


Del Precio Real y Nominal de  las Mercancías, o de su Precio en Trabajo y de su Precio en Moneda


1. Todo hombre es rico o pobre según el grado en que pueda gozar de las cosas necesarias, convenientes y gratas de la vida. Pero una vez establecida la división del trabajo, es sólo una parte muy pequeña de las mismas la que se puede procurar con el esfuerzo personal. La mayor parte de ellas se conseguirán mediante el trabajo de otras personas, y será rico o pobre, de acuerdo con la cantidad de trabajo ajeno de que pueda disponer o se halle en condiciones de adquirir. En consecuencia, el valor de cualquier bien, para la persona que lo posee y que no piense usarlo o consumirlo, sino cambiarlo por otros, es igual a la cantidad de trabajo que pueda adquirir o de que pueda disponer por mediación suya. El trabajo, por consiguiente, es la medida real del valor en cambio de toda clase de bienes.

El precio real de cualquier cosa, lo que realmente le cuesta al hombre que quiere adquirirla, son las penas y fatigas que su adquisición supone. Lo que realmente vale para el que ya la ha adquirido y desea disponer de ella, o cambiarla por otros bienes, son las penas y fatigas de que lo librarán, y que podrá imponer a otros individuos. Lo que se compra con dinero o con otros bienes, se adquiere con el trabajo, lo mismo que lo que adquirimos con el esfuerzo de nuestro cuerpo. El dinero, o sea, otra clase de bienes, nos dispensa de esa fatiga. Contiene el valor de una cierta cantidad de trabajo, que nosotros cambiamos por las cosas que suponemos encierran, en un momento determinado, la misma cantidad de trabajo. El trabajo fue, pues, el precio primitivo, la moneda originaria que sirvió para pagar y comprar todas las cosas. No fue con el oro ni con la plata, sino con el trabajo como se compró originariamente en el mundo toda clase de riquezas; su valor para los que las poseen y desean cambiarlas por otras producciones es precisamente igual a la cantidad de trabajo que con ella pueden adquirir y disponer.

La riqueza, como dice Hobbes, es poder. Pero la persona que adquiere o hereda una gran fortuna, no por eso adquiere necesariamente ni hereda poderío político, civil o militar. Su riqueza podrá ofrecerle los medios para adquirir todo eso, pero la mera posesión de aquélla no le procura necesariamente esas ventajas. El poder que le atribuye directa e inmediatamente esa posesión es la facultad de comprar; una cierta facultad de disposición sobre todo el trabajo, o sobre todo el producto de éste, que se encuentra en el mercado. Su riqueza es mayor o menor precisamente en proporción a la amplitud de esa facultad, o a la cantidad de trabajo ajeno o de su producto, lo cual para el caso es lo mismo, que aquella riqueza le coloca en condiciones de adquirir. El valor en cambio de cualquier cosa es precisamente igual a la amplitud de esa facultad, conferida al propietario.
Pero aunque el trabajo es la medida real del valor en cambio de todos los bienes, generalmente no es la medida por la cual se estima ese valor. Con frecuencia es difícil averiguar la relación proporcional que existe entre cantidades diferentes de trabajo. El tiempo que se gasta en dos diferentes clases de tarea no siempre determina de una manera exclusiva esa proporción. Han de tomarse en cuenta los grados diversos de fatiga y de ingenio. Una hora de trabajo penoso contiene a veces más esfuerzo que dos horas de una labor fácil, y más trabajo, también, la aplicación de una hora de trabajo en una profesión cuyo aprendizaje requiere el trabajo de diez años, que un mes de actividad en una labor ordinaria y de fácil ejecución. Mas no es fácil hallar una medida idónea del ingenio y del esfuerzo. Es cierto, no obstante, que al cambiar las diferentes producciones de distintas clases de trabajo se suele admitir una cierta tolerancia en ambos conceptos. El ajuste, sin embargo, no responde a una medida exacta, sino al regateo y a la puja del mercado, de acuerdo con aquella grosera y elemental igualdad, que, aún no siendo exacta, es suficiente para llevar a cabo los negocios corrientes de la vida ordinaria.

Fuera de esto, es más frecuente que se cambie y, en consecuencia, se compare un artículo con otros y no con trabajo. Por consiguiente, parece más natural estimar su valor en cambio por la cantidad de cualquier otra suerte de mercancía, y no por la cantidad de trabajo que con él se puede adquirir. La mayor parte de las gentes entienden mejor qué quiere decir una cantidad de una mercancía determinada, que una cantidad de trabajo. Aquélla es un objeto tangible, y ésta, una noción abstracta, que aun siendo bastante inteligible, no es tan natural y obvia. Ahora bien, desde el momento que cesó la permuta y el dinero se convirtió en el instrumento común de comercio, es más frecuente cambiar cualquier mercancía por dinero, y no por otra cosa. 2. Aunque para el trabajador siempre tengan igual valor idénticas cantidades de trabajo, no ocurre así con la persona que lo emplea, pues para ella tiene unas veces más, y, otras, menos valor. Las compra, en unas ocasiones, con una mayor cantidad de bienes, y en otras, con menor cantidad de los mismos, por lo cual se hace la idea de que el precio del trabajo varía como el de todas las demás cosas, siendo unas veces caro y otro barato. En realidad, son los bienes los que son caros o baratos, en un caso o en otro. De acuerdo con esa acepción vulgar puede decirse que el trabajo, como los otros bienes, tiene un precio real y otro nominal. El precio real diríamos que consiste en la cantidad de cosas necesarias y convenientes que mediante él se consiguen, y el nominal, la cantidad de dinero. El trabajador es rico o pobre, se halla bien o mal remunerado, en proporción al precio real del trabajo que ejecuta, pero no al nominal. La distinción entre el precio real y el nominal del trabajo y de las mercancías no es materia de mera especulación, sino de mucha importancia y utilidad práctica. El mismo precio real representa siempre el mismo valor; pero el mismo precio nominal puede tener valores distintos, en atención a las variaciones en el valor del oro y de la plata. [Libro I, Capítulo V.]

Sobre los Elementos Componentes del Precio de las Mercancías

1. En el estado primitivo y rudo de la sociedad, que precede a la acumulación de capital y a la apropiación de la tierra, la única circunstancia que puede servir de norma para el cambio recíproco de diferentes objetos parece ser la proporción entre las distintas clases de trabajo que se necesitan para adquirirlos. Si en una nación de cazadores, por ejemplo, cuesta usualmente doble trabajo matar un castor que un ciervo, el castor, naturalmente, se cambiará por o valdrá dos ciervos.

2. En ese estado de cosas el producto íntegro del trabajo pertenece al trabajador, y la cantidad de trabajo comúnmente empleado en adquirir o producir una mercancía es la única circunstancia que puede regular la cantidad de trabajo ajeno que con ella se puede adquirir, permutar o disponer. Mas tan pronto como el capital se acumula en poder de personas determinadas, algunas de ellas procuran regularmente emplearlo en dar trabajo a gentes laboriosas, suministrándoles materiales y alimentos, para sacar un provecho de la venta de su producto o del valor que el trabajo incorpora a los materiales. Al cambiar un producto acabado, bien sea por dinero, bien por trabajo, o por otras mercaderías, además de lo que sea suficiente para pagar el valor de los materiales y los salarios de los obreros, es necesario que se dé algo por razón de las ganancias que corresponden al empresario, el cual compromete su capital en esa contingencia.

3. Habrá acaso quien se imagine que estos beneficios del capital son tan sólo un hombre distinto por los salarios de una particular especie de trabajo, como es el de inspección y dirección. Pero son cosa completamente distinta, regulándose por principios de una naturaleza especial, que no guardan proporción con la cantidad, el esfuerzo o la destreza de esta supuesta labor de inspección y de dirección. Los beneficios se regulan enteramente por el valor del capital empleado y son mayores o menores en proporción a su cuantía.

4. El beneficio del capital forma parte del precio de las mercancías, y es por completo diferente de los salarios del trabajo, los cuales se regulan por principios completamente diferentes.
En estas condiciones el producto íntegro del trabajo no siempre pertenece al trabajador; ha de compartirlo, en la mayor parte de los casos, con el propietario del capital que lo emplea. La cantidad de trabajo que se gasta comúnmente en adquirir o producir una mercancía no es la única circunstancia que regula la cantidad susceptible de adquirirse con ella, permutarse o cambiarse. Evidentemente, hay una cantidad adicional que corresponde a los beneficios del capital empleado en adelantar los salarios y suministrar los materiales de la empresa.

5. Desde el momento en que las tierras de un país se convierten en propiedad privada de los terratenientes, éstos, como los demás hombres, desean cosechar donde nunca sembraron, y exigen una renta hasta por el producto natural del suelo.

6. A medida que vaya siendo más elaborada cualquier mercancía especial, la parte del precio que componen los salarios y el beneficio es mayor que la correspondiente a la renta.

7. En las sociedades más adelantadas sólo existe un corto número de mercancías cuyo precio se descomponga en dos partes únicamente: los salarios del trabajo y los beneficios del capital, y son todavía más escasas aquellas en las cuales el precio esté totalmente absorbido por los salarios.

8. Salarios, beneficio y renta son las tres fuentes originarias de toda clase de renta y de todo valor de cambio. Cualquier otra clase de renta se deriva, en última instancia, de una de estas tres.
Quien percibe renta de un fundo que le pertenece, la deriva de su trabajo, de su capital o de su tierra. La renta que procede del trabajo se llama salario; la derivada del capital, por la persona que lo emplea y administra, se denomina beneficio, y la que obtiene la persona que no lo emplea por su cuenta, sino que se lo presta a otro, se califica de interés o usura. [Libro I, Capítulo VI.]

Del Precio Natural y del Precio de Mercado de los Bienes

1. En toda sociedad o comarca existe una tasa promedia o corriente de salarios y de beneficios en cada uno de los empleos distintos del trabajo y del capital. Como veremos más adelante, dicha tasa se regula naturalmente, en parte, por las circunstancias generales de la sociedad, su riqueza o pobreza, su condición estacionaria, adelantada o decadente; y en parte, por la naturaleza peculiar de cada empleo.
Existe también en toda sociedad o comunidad una tasa promedia o corriente de renta, que se regula asimismo, como tendremos ocasión de ver más adelante, en parte por las circunstancias generales que concurren en aquella sociedad o comunidad donde la tierra se halle situada, y en parte por la fertilidad natural o artificial del terreno.

Estos niveles corrientes o promedios se pueden llamar tasas naturales de los salarios, del beneficio y de la renta, en el tiempo y lugar en que generalmente prevalecen.
Cuando el precio de una cosa es ni más ni menos que el suficiente para pagar la renta de la tierra, los salarios del trabajo y los beneficios del capital empleado en obtenerla, prepararla y traerla al mercado, de acuerdo con sus precios corrientes, aquélla se vende por lo que se llama su precio natural.

2. El precio efectivo a que corrientemente se venden las mercancías es lo que se llama precio de mercado, y puede coincidir con el precio natural o ser superior o inferior a éste.
El precio de mercado de cada mercancía en particular se regula por la proporción entre la cantidad de ésta que realmente se lleva al mercado y la demanda de quienes están dispuestos a pagar el precio natural del artículo, o sea, el valor íntegro de la renta, el trabajo y el beneficio que es preciso cubrir para presentarlo en el mercado.

3. Cuando la cantidad de una mercancía que se lleva al mercado es insuficiente para cubrir la demanda efectiva, es imposible suministrar la cantidad requerida por todos cuantos se hallan dispuestos a pagar el valor íntegro de la renta, los salarios y el beneficio, que es preciso pagar para situar el artículo en el mercado. Algunos de ellos, con tal de no renunciar a la mercancía, estarán dispuestos a pagar más por ella. Por tal razón se suscitará entre ellos inmediatamente una competencia, y el precio de mercado subirá más o menos sobre el precio natural, según que la magnitud de la deficiencia, la riqueza o el afán de ostentación de los competidores, estimulen más o menos la fuerza de la competencia. Entre los competidores de la misma riqueza y disponibilidad de excedentes la misma deficiencia de la oferta dará lugar a una competencia más o menos extremada, según la importancia mayor o menor que concedan a la adquisición del artículo. Esto nos explica los precios exorbitantes de los artículos de primera necesidad durante el bloqueo de una población o en época de hambre.

4. Cuando la cantidad llevada al mercado excede a la demanda efectiva, no puede venderse entonces toda ella entre quienes estarían dispuestos a pagar el valor completo de la renta, salarios y beneficio que costó la mercancía hasta situarla en el mercado. Parte de ella tiene que venderse a los que están dispuestos a pagar menos, y este precio más bajo que ofrecen por ella, reducirá el de toda la mercancía. El precio de mercado bajará más o menos con respecto al natural, según que la abundancia o la escasez del género incremente más o menos la competencia entre los vendedores, o según que éstos se muestren más o menos propensos a desprenderse inmediatamente de la mercancía. El mismo exceso en la importación de artículos perecederos da ocasión a una competencia mayor que cuando se trata de mercancías que se pueden conservar, como ocurre, por ejemplo, con las naranjas en relación con la chatarra.

5. Cuando la cantidad llevada al mercado es justamente suficiente para cubrir la demanda efectiva, pero no más, el precio de mercado coincide exactamente, o se aproxima, en lo que cabe, al precio natural. Toda la cantidad se vende a este precio, sin que se pueda obtener otro más alto. La competencia obligará a los traficantes a aceptar este precio, pero no otro menor.
Como la cantidad de cualquier mercancía que se lleva al mercado se ajusta por sí misma a la demanda efectiva, interesa a cuantos emplean su tierra, su capital y su trabajo en traer esos productos al mercado que la cantidad de ellos no supere nunca la demanda efectiva, y es conveniente para todos los demás que tampoco quede por bajo de dicha demanda.

6. El precio natural viene a ser, por esto, el precio central, alrededor del cual gravitan continuamente los precios de todas las mercancías. Contingencias diversas pueden a veces mantenerlos suspendidos, durante cierto tiempo, por encima o por debajo de aquél; pero, cualesquiera que sean los obstáculos que les impiden alcanzar su centro de reposo y permanencia, continuamente gravitan hacia él.
De este modo, el conjunto de actividades desarrolladas anualmente para situar cualquier mercancía en el mercado, se ajusta en forma natural la demanda efectiva. Claro está, se procura llevar siempre al mercado la cantidad precisa y suficiente para cubrir con exactitud, sin exceso alguno, esa demanda efectiva.

7. Un monopolio otorgado a un individuo o a una compañía de comercio produce el mismo efecto que un secreto manufacturero o comercial. Los monopolistas, manteniendo siempre bajas las disponibilidades de sus productos en el mercado, y no satisfaciendo jamás la demanda efectiva, venden sus géneros a un precio mucho más alto que el natural, y elevan por encima de la tasa natural sus ganancias, bien consistan éstas en salarios o en beneficios.
El precio de monopolio es, en todo momento, el más alto que se puede obtener. Por el contrario, el precio natural o de libre competencia es el más bajo que se puede conseguir, no en todas las ocasiones, pero sí en un período considerable de tiempo. El primero es el mayor que se puede exprimir de los compradores o que se supon están dispuestos a pagar; el segundo, el más bajo con que se contentan generalmente los vendedores sin dejar de operar en el respectivo renglón.
Los privilegios exclusivos de las corporaciones, estatutos de aprendizaje y todas aquellas leyes que restringen la competencia, en determinadas ocupaciones, a un número de personas, inferior al que prevalecería en otras circunstancias, registra la misma tendencia, aunque en menor grado. Representan una especie de monopolio, en su sentido más lato y son capaces de mantener durante siglos el precio de algunos artículos sobre la tasa natural, en ciertas ocupaciones o actividades, sosteniendo los salarios del trabajo y los beneficios del capital invertido en ellos, por encima de su nivel natural.
Semejantes alzas del precio de mercado pueden durar tanto tiempo como perduren las regulaciones gubernamentales que las ocasionan.
Aunque el precio de mercado de una mercancía cualquiera puede situarse durante mucho tiempo por encima de su precio natural, raras veces puede mantenerse por debajo de éste durante largo tiempo. Cualquiera de las porciones o componentes del precio que se pague por bajo de su tasa natural hará que las personas cuyos intereses se ven afectados retire inmediatamente, de la inversión, tierra, capital o mano de obra, en tales proporciones que la cantidad aportada al mercado muy pronto ya no será suficiente para cubrir la demanda efectiva. En consecuencia, el precio del mercado pronto se elevará hasta alcanzar el precio natural, por lo menos, en el caso de que impere una libertad perfecta. [Libro I, Capítulo VII.]

TAMARA AVETIKIAN BOSAANS.
Profesora de Ciencia Política,
Universidad Católica de Chile.



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sábado, 17 de noviembre de 2018

Celebrando las "BODAS DE ORO" de la primera promoción de ingenieros economistas de la UNI

Celebrando las "BODAS DE ORO" de la primera promoción de ingenieros economistas de la UNI









Departiendo con los Ingenieros Economistas Adolfo Cueto, y el Ing.Eco. Alberto Quintanilla, Congresista de la República, con motivo de las Bodas de Oro de la Primera Promoción de la Escuela de Ingenieros Economistas de la Universidad Nacional de Ingeniería.

miércoles, 31 de octubre de 2018

“Economía en La Rebelión de Atlas”  por Richard Salsman



“Economía en La Rebelión de Atlas”  por Richard Salsman
[Nota del autor: Este ensayo asume que el lector ha leído La Rebelión de Atlas, pues revela parte de la trama.]
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[Nota del traductor: Publicamos la traducción al castellano en seis partes: 1) la fuente de la riqueza; 2) el papel del empresario; 3) la naturaleza del beneficio; 4) la esencia de la competencia; 5) el resultado de la producción; 6) el propósito del dinero.]
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La Economía es considerada hoy en día como algo seco, inanimado, aburrido; sin embargo, teniendo en cuenta lo que la Economía estudia, eso no debería ser así. La Economía estudia la producción y el intercambio de bienes materiales en una sociedad en la que existe la división del trabajo. Vivimos en un mundo material, producimos valores materiales para poder vivir y prosperar, e intercambiamos esos valores por valores producidos por otras personas,  con el fin de mejorar nuestras vidas.

En otras palabras, la Economía estudia uno de los principales medios por los cuales la gente vive y alcanza la felicidad.

¿Por qué, entonces, hay tanta gente que piensa que esta ciencia es aburrida? Y ¿Qué podría remediar la situación?

Las respuestas pueden ser vislumbradas comparando dos libros, cada uno de los cuales ha vendido millones de copias durante las últimas cinco décadas: “Atlas Shrugged” (La Rebelión de Atlas) de Ayn Rand (1957) y “Economics” (Economía) de Paul Samuelson (1948).
El primero es una historia sobre el papel de la razón en la vida del hombre, y sobre qué pasa en una economía cuando los hombres de la mente hacen huelga; el segundo es el libro de texto de economía “por excelencia” de los siglos XX y XXI, y generalmente es de lectura obligatoria para estudiantes que se inician en esa materia (1).

Aunque Atlas es una obra de ficción, y aunque Rand no era economista, su novela está repleta de verdades económicas. Por el contrario, aunque “Economics” es un libro de texto, y aunque Samuelson era economista (y además premio Nobel), su libro está lleno de falsedades económicas; y mientras que las verdades en Atlas están dramatizadas con pasión y con emoción, las falsedades en “Economics” son comunicadas con prosa inerte y aburrida (2).

Para que nadie piense que Atlas es más interesante que “Economics” simplemente porque los medios utilizados son diferentes – uno es ficción y el otro no – observemos que los trabajos de no ficción de Rand (y muchos otros ensayos de otros autores) son, con diferencia, mucho más interesantes que muchas obras de ficción.
Por otro lado, está claro que el aburrimiento de la gente con la economía tampoco se debe exclusivamente al libro de Samuelson; pero su texto y los textos que han sido influenciados por él – que constituyen el enfoque moderno a esta materia — han contribuido muchísimo a la forma en que la economía es enseñada, y a cómo es considerada hoy.

Para ver la diferencia entre el enfoque moderno a la economía y el enfoque dramatizado en Atlas, analizaremos la esencia de cada uno de ellos con relación a seis áreas clave: la fuente de la riqueza, el papel del empresario, la naturaleza del beneficio, la esencia de la competencia, el resultado de la producción, y el propósito del dinero.

La fuente de la riqueza

Samuelson y sus colegas sostienen que la riqueza resulta esencialmente de aplicar el trabajo (el trabajo físico, manual, no el trabajo mental) a ciertas materias primas (o “recursos naturales”). Es la noción de que el valor económico de un bien o un servicio refleja el trabajo físico que fue empleado al fabricarlo o producirlo. Es lo que se conoce como la “teoría del valor-trabajo”, y fue inicialmente expuesta por economistas clásicos como Adam Smith, David Ricardo y Karl Marx (3).

Esa es la teoría generalmente aceptada hoy día, sobre todo por los grupos izquierdistas. A finales del siglo XIX, sin embargo, tratando de contrarrestar la creciente acusación marxista de que los trabajadores estaban siendo robados por los capitalistas codiciosos, algunos economistas de libre mercado modificaron esa teoría para alegar que “los deseos del consumidor” también determinan el valor, junto con el trabajo. Ese enfoque – conocido como la “economía neoclásica” – es ahora ampliamente aceptado, y es la opinión que generalmente presentan los libros de texto actuales.
Ayn Rand, en cambio, sostiene que la mente – el pensamiento humano y la inteligencia derivada de él – es la principal fuente de la riqueza. La mente, dice ella, determina no sólo el trabajo físico, sino también la organización de la producción; los “recursos naturales” no son más que riqueza potencial, no riqueza real, y los deseos del consumidor no son la causa de la riqueza, sino su resultado.
Cada uno de los grandes productores en Atlas – Hank Rearden, Dagny Taggart, Francisco D’Anconia, Ellis Wyatt, Ken Danagger, Midas Mulligan o John Galt – se dedica sobre todo y ante todo a usar su propia mente. Cada uno piensa, hace planes a largo plazo, y produce bienes o servicios como resultado. Atlas dramatiza este principio de muchas formas, pero quizás más vívidamente a través del trabajo de Rearden. En una escena, él está en su fábrica de acero contemplando el primer vertido del primer pedido de su nuevo y revolucionario metal. Dedica unos momentos a recordar y a reflexionar sobre los diez largos años de pensamiento y esfuerzo que necesitó para llegar a ese punto. Había comprado una fábrica en quiebra a pesar de que los expertos habían descartado tanto a la empresa como a la industria por carecer de futuro. Rearden le había insuflado nueva vida a ambas.

Rand escribe que
“la suya era una vida vivida bajo el axioma de que el más constante, claro e implacable funcionamiento de su facultad racional era su principal deber” (p. 122).

Y esta es una indicación del proceso de producción en su fábrica de acero: “Doscientas toneladas de un metal destinado a tener una dureza mayor que la del acero, un líquido fluyendo a una temperatura de cuatro mil grados, tenían el poder de destruir a todas y cada una de las paredes de la estructura y a aniquilar a cada uno de los hombres que trabajaban cerca de ese río. Pero cada centímetro de su recorrido, cada kilo de su presión, y el contenido de cada molécula en su interior estaban controlados y realizados por una intención consciente que había trabajado en ello durante diez años” (p. 34).
Rand muestra que la mente de Rearden es la fuente de esta riqueza, y que el trabajo y los materiales había estado inactivos hasta que su mente entró en escena para trabajar.
Otros en Atlas expresan la misma opinión sobre el empresario.
La esposa de Rearden desdeña sus logros: “Las actividades intelectuales no se aprenden en el mercado”, le reprocha, “es más fácil verter una tonelada de acero que hacer amigos” (p. 138).
Un vagabundo en un restaurante acosa a Dagny Taggart con una actitud parecida:

“El hombre es sólo un animal de bajo nivel, sin intelecto”, gruñe, “su único talento es una astucia innoble para satisfacer las necesidades de su cuerpo. No se requiere inteligencia para eso. . . . Mira nuestras industrias – los únicos logros de nuestra supuesta civilización – construidas por vulgares materialistas con objetivos, intereses y sentido moral de cerdos” (p. 168).

¿Tal vez un economista sería capaz de reconocer la naturaleza de los logros de Rearden?

Mientras el metal está siendo vertido, en un tren que pasa cerca de la fábrica un profesor de economía le pregunta a su compañero:

“¿Qué importancia tiene un individuo comparado con los titánicos logros colectivos de nuestra era industrial?” (p. 33). Esa “importancia” está ocurriendo precisamente al otro lado de la ventana, pero él no la ve, conceptualmente hablando.

Y los demás tampoco:

“Los pasajeros no prestaron atención; una tanda más de acero que estaba siendo vertido no era un acontecimiento que les habían enseñado a apreciar” (p. 33).

Profesores como ese les habían enseñado a no darle importancia ni prestarle atención.
Estas escenas muestran cómo la inteligencia crea la riqueza, cómo el éxito en los negocios implica un proceso de pensamiento y de planificación a largo plazo, ejecutados por un individuo enfocado… y lo poco que eso se entiende.

Pero Dagny sí lo entiende, como muestra la escena de su primer recorrido en la Línea John Galt. Viajando a velocidades sin precedentes sobre unas vías y un puente hechos del todavía no probado Metal Rearden, en la cabina de la locomotora donde también están Rearden y el maquinista Pat Logan, Dagny piensa: “¿Quién ha hecho posible que cuatro diales y tres palancas delante de Pat Logan puedan trasladar el increíble poder de los dieciséis motores detrás de ellos y ponerlo bajo el control sin esfuerzo de la mano de un solo hombre?” (p. 226).

“Transmitir la violencia golpeadora de dieciséis motores, pensó, la potencia de siete mil toneladas de acero y de mercancías, soportarla, agarrarla y catapultarla alrededor de una curva, esa era la imposible hazaña realizada por dos tiras de metal no más anchas que su brazo.
¿Qué hacía eso posible?
¿Qué poder le había dado a una combinación de moléculas invisibles el poder del cual sus vidas y las vidas de todos los hombres que esperaban los ochenta vagones dependían?
Vio el rostro y las manos de un hombre en el resplandor de un horno de laboratorio, inclinado sobre el blanco líquido de una muestra de metal” (p. 230).

El hombre, por supuesto, es Rearden; su mente racional, no su trabajo manual, era el factor fundamental para formar y controlar la naturaleza, y para satisfacer las necesidades humanas.

A diferencia del profesor de economía, Dagny sí es consciente de ello y lo comprende. Ella se pregunta y responde a cuestiones que nunca se le habían ocurrido al académico.

“¿Por qué había tenido siempre ese alegre sentido de seguridad cuando miraba a las máquinas? . . . Están vivas, pensó, porque son la forma física de acción de un poder viviente: de la mente que había sido capaz de captar la totalidad de esa complejidad, de establecer su propósito, de darle forma. . . . Le parecía que los motores eran transparentes y que estaba viendo la red de su sistema nervioso. Era una red de conexiones más intrincadas y más cruciales que todos sus cables y circuitos: las conexiones racionales hechas por la mente humana que había creado cualquier parte de ellos por primera vez. Están vivos, pensó, pero su alma opera por control remoto” (pp. 230-31).
Las máquinas funcionan, en última instancia, por las mentes de sus creadores, no por los músculos de sus operadores.
La mente poderosa crea máquinas para extender y amplificar la potencia de músculos que sin ellas serían frágiles.

Como John Galt expresa este punto: las máquinas son “la forma congelada de una inteligencia viva” (p. 979) (4).
Atlas ilustra este principio en varias ocasiones, tanto en la trama como en el diálogo. “¿Habéis indagado alguna vez el origen de la producción?”, les pregunta Francisco a espectadores indiferentes en una fiesta.

“Mirad un generador eléctrico y atreveos a decir que fue creado por el esfuerzo muscular de brutos insensatos. Intentad hacer crecer una semilla de trigo sin el conocimiento que os dejaron los hombres que tuvieron que descubrirlo por primera vez. Tratad de obtener vuestro alimento sólo a base de movimientos físicos – y aprenderéis que la mente del hombre es la raíz de todos los bienes producidos y de toda la riqueza que haya existido jamás sobre la tierra.”(p. 383).

El filósofo Hugh Akston le dice a Dagny,

“Todo trabajo es un acto de filosofía. . . . ¿La raíz del trabajo? La mente del hombre, señorita Taggart, la mente razonadora del hombre” (p. 681).

El compositor Richard Halley le dice: “Se trate de una sinfonía o de una mina de carbón, todo trabajo es un acto de creación y proviene de la misma fuente: de una capacidad inviolable de ver a través de los propios ojos, lo que significa: la capacidad de realizar una identificación racional; lo que significa: la capacidad de ver, de conectar y de hacer lo que no había sido visto, conectado y hecho antes” (p. 722).

Cuando Dagny, en el valle, ve el edificio del generador de Galt, tenemos de nuevo la metáfora del cableado eléctrico y de las conexiones conceptuales: Dagny piensa en “la energía de una sola mente que había sabido cómo hacer que las conexiones eléctricas siguieran las conexiones de su pensamiento” (p. 674). Más tarde, Galt le da un significado más profundo a esa conexión:

“Así como no puedes tener efectos sin causas, tampoco puedes tener riqueza sin su fuente: sin inteligencia”. (p. 977).

El mito del libro de texto de que la riqueza puede obtenerse sin inteligencia queda dramatizado cuando el Estado se apodera del Metal Rearden para el supuesto “bien común”. El metal es rebautizado con el nombre de “Metal Milagro” y en lo sucesivo podrá ser legalmente fabricado por quien quiera hacerlo (p.519).

Rearden imagina a los parásitos esforzándose por manejar su creación. “Estaba viéndolos a través de los bruscos movimientos de un simio haciendo una rutina que había aprendido a copiar por hábito muscular, realizándola para fabricar el Metal Rearden, sin conocimiento y sin capacidad para saber qué había ocurrido en el laboratorio experimental a lo largo de diez años de dedicación apasionada a un penosísimo esfuerzo. Era apropiado que ahora lo llamaran “Metal Milagro” – “milagro” era el único nombre que podían darle a esos diez años y a la facultad de la cual el Metal Rearden había nacido – el producto de una causa desconocida, incomprensible. . .” (P. 519).

Recordemos al banquero en Atlas, nacido Michael Mulligan, que también es el hombre más rico del país. Un periódico dice que su sagacidad para invertir es comparable a la del mítico rey Midas, puesto que todo lo que toca se convierte en oro. “Es porque sé lo que tocar”, dice Mulligan. Al gustarle el nombre de Midas, lo adopta. Un economista lo ridiculiza llamándolo un mero apostador. Mulligan responde: “La razón por la que nunca te harás rico es que crees que lo que hago es apostar”. (p. 295).

Rand muestra que lo que Mulligan y los otros productores hacen no es apostar, sino observar la realidad, integrar y calcular; en una palabra: pensar.
Muchos manuales de economía insisten en que la riqueza puede ser obtenida por la fuerza, a través de un “poder de monopolio”, de mandatos, o de políticas públicas “de estímulo”.
Pero Atlas muestra que la fuerza, al negar la mente, niega la creación de riqueza.

Como recordáis, un arsenal de controles estatistas le es impuesto a la producción, de los cuales el control más invasivo es la Directiva 10-289, que tiene como objetivo congelar todas las opciones y actividades de mercado para que la economía pueda “recuperarse”. Francisco llama a la Directiva “una moratoria de cerebros”, y cuando es aprobada, Dagny abandona su trabajo, negándose a trabajar como esclava o como capataz de esclavos.

Del mismo modo, al enterarse que Ley de Igualdad de Oportunidades ha sido aprobada, Rearden introspecciona:

“El pensamiento – se dijo suavemente a sí mismo – es un arma que uno usa para poder actuar. Ninguna acción era posible. El pensamiento es la herramienta a través de la cual uno elige una opción. No le quedaban más opciones válidas. El pensamiento establece el objetivo de uno y la forma de alcanzarlo. En una cuestión en la que veía su vida siendo desgarrada pedazo a pedazo, él no tendría ninguna voz, ningún propósito, ninguna opción, ninguna defensa” (p. 202).
También él desaparece.

Más adelante, Galt explica: “No puedes forzar a la inteligencia a trabajar: los que son capaces de pensar no trabajarán bajo compulsión; los que lo hagan no producirán mucho más que el precio del látigo necesario para mantenerlos esclavizados” (p. 977). Poco después, unos matones capturan a Galt y tratan de reclutarlo para que se convierta en el dictador económico. Ellos lo consideran a él “el mejor organizador económico, el administrador de más talento, el planificador más brillante”, y tratan de forzarle a usar sus habilidades para salvar al país de la ruina (p. 1033). Cuando es finalmente obligado a hablar, Galt les pregunta cuáles son los planes que ellos creen que debería presentar. Ellos se quedan sin palabras.

La premisa de los libros de texto de que una economía sin hombres pensantes funcionaría normalmente queda expresada por Ben Nealy, un contratista de la construcción que grita:

“Músculos, señorita Taggart. . . músculos: eso es lo único que se necesita para construir cualquier cosa en el mundo” (p. 154).

Dagny mira hacia un cañón entre las montañas y un lecho de río seco, lleno de piedras y troncos de árboles: “Se preguntó si rocas, troncos de árboles y músculos podrían alguna vez hacer un puente sobre ese cañón. Se preguntó por qué de repente se había puesto a pensar que cavernícolas habían vivido desnudos en el fondo de ese barranco durante siglos” (p. 155). Más tarde, durante su viaje en la Línea John Galt, Dagny reflexiona que si la inteligencia desapareciera de la tierra, “los motores se detendrían, porque ese es el poder que los mantiene funcionando: no el petróleo bajo el suelo bajo sus pies, el petróleo que se volvería a convertir en lodo primigenio; no los cilindros de acero que se convertirían en manchas oxidadas en las paredes de las cuevas de salvajes temblorosos, sino el poder de una mente viviente: el poder de pensar y decidir y actuar” (p. 231).

¿Qué apariencia presenta el trabajo sin mente?

Más adelante en la historia, cuando fallan los interruptores de señales en la vía, Dagny visita la sala de mando y ve a trabajadores manuales en pie frente a estantes de cables complicados y de palancas que les rodean, “una enorme complejidad de pensamiento” que permitía que “el movimiento de una mano humana estableciera y garantizara el curso de un tren”. Pero ahora el sistema está inoperativo, y ningún tren puede entrar o salir de la terminal Taggart. “Los trabajadores pensaban que la contracción muscular de una mano era lo único necesario para mover el tráfico, y ahora los hombres de la torre estaban inactivos; y en los grandes paneles frente al director de la torre, luces rojas y verdes que se habían encendido y apagado anunciando el progreso de trenes a kilómetros de distancia eran ahora unas cuentas de vidrio, como las cuentas de vidrio por las que otro grupo de salvajes había vendido tiempo atrás la isla de Manhattan”. “Llame a todos sus trabajadores no cualificados”, dice Dagny. “Vamos a mover los trenes, y vamos a hacerlo manualmente”. ¿Manualmente?” dice el ingeniero de señales. “¡Sí, hermano! Y ¿por qué debería sorprenderte? . . . El hombre es sólo músculos, ¿no? Estamos volviendo al pasado, al pasado en el que no había sistemas de interconexión, ni semáforos, ni electricidad; volviendo a la época en que las señales del tren no estaban hechas de acero y cables, sino de hombres empuñando faroles. Hombres físicos, sirviendo como faroles. Lo habéis proclamado durante mucho tiempo… habéis conseguido lo que queríais” (pp. 875-76).
Este principio se dramatiza más aún cuando los saqueadores políticos usurpan los campos de petróleo de Ellis Wyatt, el ferrocarril de Dagny, las fábricas de acero de Rearden, las minas de cobre de Francisco y las minas de carbón de Ken Danagger. Los saqueadores no consiguen hacer que las propiedades produzcan como lo hacían antes.

Nos damos cuenta que el pensamiento es necesario tanto para mantener sistemas complejos de riqueza como para crearlos.
En su discurso, Galt se dirige a los escritores de libros de texto: “… que al caníbal que gruñe que la libertad de la mente del hombre fue necesaria para crear una civilización industrial pero no es necesaria para mantenerla, se le dé una lanza y una piel de oso, no una cátedra en la facultad de Economía” (pág. 957).

Cuando la maquinaria de los productores se separa de la inteligencia de éstos y es abandonada a la ignorancia y los caprichos de la gente irreflexiva, el resultado es decadencia y destrucción.
Cuando la empresa Taggart Transcontinental le es dejada al incompetente y evasivo James Taggart – quien, en medio de emergencias acostumbra a gritar que los hombres no pueden permitirse “el lujo de pensar”, y que no tiene tiempo para “teorizar sobre causas” o sobre el futuro – la compañía empieza a hundirse. Un relato altamente dramático de ese principio es el desastre del Túnel Winston, en el que una locomotora de carbón lanzando humo es enviada a través del túnel para satisfacer dictados burocráticos, y todos a bordo mueren. Cada uno de los implicados en esa estúpida decisión abdica de su responsabilidad. Cuando James Taggart oye la noticia, él evade su significado: “Era como si él estuviera sumergido en un mar de niebla, luchando para impedir que el desastre adquiriera forma final. Lo que existe posee identidad; él podía mantenerlo fuera de la existencia rehusándose a identificarlo. No examinó los eventos de Colorado; no intentó averiguar su causa, no consideró sus consecuencias. No pensó” (pág. 576-577).

Una de las víctimas perpetradora del desastre era “el hombre de la salita 2, coche número 9, un profesor de economía que abogaba por la abolición de la propiedad privada, explicando que la inteligencia no tiene ningún papel en la producción industrial, que la mente del hombre está condicionada por herramientas materiales, que cualquiera puede administrar una fábrica o un ferrocarril, y que es sólo cuestión de apoderarse de la maquinaria” (pág. 561).

Mientras los economistas modernos consideran que la causa de la riqueza es el trabajo manual o los deseos del consumidor o la coerción del gobierno, Ayn Rand dramatiza el hecho de que la riqueza es un producto de la mente, y que ésta no puede funcionar bajo coerción.

Notas
1. Por supuesto que no todos los economistas están de acuerdo con todo lo expuesto en el libro de Samuelson (ni siquiera el propio Samuelson, autor de diecinueve ediciones del mismo), pero su texto es tan representativo de la opinión general de los economistas modernos como cualquier otro.
2. No era el objetivo de Rand el dar lecciones de economía en Atlas; sin embargo, como veremos, ella ingeniosamente concreta y dramatiza los principios económicos correctos.
3. Una primera versión de la teoría del valor-trabajo parece surgir en el capítulo 5 (“Sobre la propiedad”) del Segundo Tratado del Gobierno (1690) de John Locke (1632-1704), pero lo que escribe no especifica el trabajo manual exclusivamente, ni tampoco excluye el trabajo de la mente al determinar el valor.
4. Para una explicación técnica de esta idea de un economista profesional, véase Howard Baetjer, “El capital como Conocimiento Incorporado: algunas implicaciones para la teoría del crecimiento económico”. Revista de la Economía Austriaca, vol. 13 (2000), pp 147-74.

Richard Salsman es presidente de InterMarket Forecasting, Inc. una firma de consultoría en inversiones, con sede en Durham, Carolina del Norte, USA. Es autor de dos libros, seis capítulos y numerosos artículos sobre diversos aspectos de banca, economía y políticas públicas.

Traducción: Objetivismo.org, con permiso del autor y de Craig Biddle, presidente de The Objective Standard
[Nota personal del traductor: Habiendo estudiado el libro “Economía” de Samuelson durante la carrera (y a pesar de haber sacado nota máxima en esa asignatura), confirmo que aprendí más economía en mi primera lectura de Atlas (en 1978) que en cinco años de facultad.]

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