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jueves, 14 de marzo de 2019

Si los ingenieros fueran economistas

Si los ingenieros fueran economistas

Es necesario repensar la ciencia económica y abandonar el complejo de querer emular a la física y a su aplicación práctica, la ingeniería

Seguramente han escuchado alguna vez historias sobre errores en la construcción de puentes cuyas mitades no coinciden al llegar al punto de unión. Tal es el caso del que une las orillas alemana y suiza de la antigua ciudad de Laufenburg, dividida en dos por el Rin. Durante su construcción en 2003, los ingenieros descubrieron que llegaban con un desnivel de algo más de medio metro por las diferentes referencias utilizadas para situar el nivel del mar —el Mar del Norte en el caso de los alemanes y el Mediterráneo en el de los suizos— y por un error de cálculo al corregir la diferencia. Afortunadamente, este tipo de fallos es poco frecuente, pero piensen qué ocurriría si los ingenieros acertaran tanto como los economistas. A tenor de los resultados cosechados, especialmente en el campo de la macroeconomía, estos errores serían la norma.
No en vano, en 1997 —10 años antes del estallido de la crisis que pocos supieron ver—, el prestigioso semanario 'The Economist' comenzaba un artículo titulado "The puzzling failure of economics" (el desconcertante fracaso de la economía) preguntándose si el mundo sería un lugar mejor de estar gobernado por economistas. Y en 2009, poco después de iniciarse el ciclo de depresión, que a duras penas estamos superando, afirmaba que “de todas las burbujas económicas que han pinchado, pocas han estallado más espectacularmente que la reputación de la propia ciencia económica” (16/07/2009, "What went wrong with economics", 'The Economist').
De todas las burbujas que han pinchado, pocas han estallado más espectacularmente que la reputación de la propia ciencia económica
Si piensan que exagera, recuerden que en marzo de 2007 Ben Bernanke —presidente en aquel momento de la Reserva Federal norteamericana— afirmaba que “el impacto en la economía en general, y en los mercados financieros en particular, de la crisis de las hipotecas 'subprime' parece estar contenido”. Y lo decía sin ruborizarse y apoyado por el entonces secretario del Tesoro, Henry Paulson. No estuvo más atinado el Fondo Monetario Internacional (FMI) en su informe de prospectiva de ese mismo año, al asegurar que “los riesgos generales parecen menos amenazantes que hace seis meses”. Sobre el sistema financiero islandés, mes y medio antes de su colapso, el FMI decía que “sus indicadores financieros están por encima de los requisitos regulatorios mínimos y los test de estrés sugieren que el sistema es resistente”.

Y eso a pesar de que todos ellos disponían —y disponen— en plantilla de un ejército de doctores egresados de las más prestigiosas facultades de económicas del mundo, con un dominio virtuoso de las más avanzadas técnicas matemáticas, estadísticas y computacionales solo al alcance de cerebros privilegiados. Además de acceso a un ingente volumen de datos económico-financieros y la capacidad informática para procesarlos y realizar los cálculos más complejos. Sin embargo, pese a todo ese despliegue, por cada predicción acertada, pueden encontrar cientos de predicciones erradas. Lo cual hace pensar que un eventual acierto, más que mérito del modelo utilizado, es el resultado puro de la providencia. A fin de cuentas, hasta un reloj estropeado da bien la hora dos veces al día.
De hecho, en 2001 el economista del FMI Prakash Loungani analizó el grado de acierto de las predicciones económicas a lo largo de los años noventa y llegó a dos conclusiones: (i) que las predicciones de los diferentes organismos eran prácticamente las mismas, y (ii) que la capacidad predictiva de todos ellos era terriblemente mala. El mismo autor, con la ayuda de otro colega, volvió sobre el mismo tema ya en plena crisis y, analizando las estimaciones sobre 77 países, se encontró con que, de los 49 países en recesión en el año 2009, ni un solo economista había sido capaz de anticipar la recesión en septiembre del año anterior. No ha sido el único en analizar la cuestión: por ejemplo, en 2012, los economistas Volker Wieland y Maik Wolters también ilustraron con datos el estrepitoso fracaso de los modelos macroeconómicos a la hora de acercarse siquiera a prever la Gran Recesión.

Finalizamos el repaso con otro 'paper' de 2014 del FMI en que el organismo internacional se compara con otras instituciones que también realizan proyecciones económicas. Seguro que no les sorprende el resultado: en efecto, no son ni mejores ni peores que otros gabinetes de análisis. Pero más interesante aún es el descubrimiento de que, pese a cierto sesgo optimista en época de recesiones, todos se equivocan por igual medida tanto al alza como a la baja. Si observan el gráfico a continuación, que representa en cuánto se han equivocado los economistas prediciendo el crecimiento mundial en cada año concreto, tomando como referencia la estimación hecha en primavera de ese mismo año, podrán notar que el error es prácticamente aleatorio, lo que convierte a mi hijo de nueve años tirando un dado en un predictor casi tan bueno como los doctores del FMI.






Teniendo en cuenta que el crecimiento real del PIB mundial en esos años ha sido en promedio del 3%, oscilando entre el 4,6% y el 1,3% (exceptuando 2009, cuando fue -1,7%), tener un error de un punto porcentual en la estimación del crecimiento no es cosa baladí. Predecir un 3% y que sea un 4% es un error del 25%. Imaginen que un ingeniero se equivoca calculando un puente en un 25%. Mejor no pensarlo, ¿verdad? Pues los economistas de los organismos internacionales lo hacen continuamente.

El problema es que los errores en las proyecciones económicas no son inocuos para los ciudadanos. El concepto de que la economía consiste en realizar predicciones suele asociarse al célebre economista defensor del 'laissez faire' —y tan errado en esta cuestión—, Milton Friedman, que sostenía que la tarea de la economía como ciencia positiva es proporcionar un sistema teórico que pueda utilizarse para hacer predicciones acertadas sobre las consecuencias de cualquier cambio en las circunstancias y que, por lo tanto, cualquier conclusión de política económica necesariamente se apoya en una predicción. De ahí que los aspirantes a ingenieros sociales se afanen en concebir motores de cálculo y diseñar modelos que les proporcionen una guía para manipular las variables económicas y lograr el pleno empleo. Como si la economía se comportara cual artefacto mecánico, cosa que no es.

De ahí que los aspirantes a ingenieros sociales se afanen en concebir motores de cálculo y diseñar modelos que les porporcionen una guía

Todos los estudios mencionados tratan de explicar las causas del desastroso acierto de la profesión económica haciendo predicciones, pero yerran estrepitosamente a la hora de determinar las raíces últimas de la incapacidad para hacer proyecciones mínimamente solventes. No se trata de un problema técnico ni de falta de sofisticación matemática, ni de insuficiente capacidad informática para manejar grandes cantidades de datos. No, el problema es la pertinaz insistencia de los economistas en construir modelos que, por diseño, pasan por alto los elementos clave de la acción humana, que en última instancia son de los que se derivan los resultados en la vida real. La economía no se puede manejar con ecuaciones diferenciales como quien diseña un puente o un túnel, pero los economistas se empeñan en hacerlo como si fueran ingenieros.

Los modelos empleados en hacer proyecciones —y tomar decisiones de política monetaria y fiscal que nos afectan a todos— están basados en una teoría, la llamada neoclásica, que descansa en hipótesis que no son consistentes en absoluto con la realidad. Los protagonistas de la economía no somos seres inanimados o autómatas programables que siempre reaccionan de igual forma a los mimos estímulos. Los protagonistas somos seres humanos, concebimos subjetivamente nuestros fines y los perseguimos, estimando los medios necesarios y descubriendo en este recorrido vital nuevos fines y nuevos medios. No hay fórmula matemática, ni supercomputador, ni PhD de Chicago o el MIT que pueda modelar el comportamiento individual, subjetivo y privativo de las personas.
De ahí que sea necesario repensar la ciencia económica y abandonar el complejo de querer emular a la física y a su aplicación práctica, la ingeniería. Hay que asumir el fracaso del modelo actual basado en caricaturas del ser humano y en la falsa sensación de precisión matemática, y apostar por métodos científicos más acordes a la realidad, basados en la acción humana. Los economistas no son, ni nunca serán, ingenieros.

miércoles, 13 de marzo de 2019

Preferencias sociales

A raíz de un flujo impresionante de investigación teórica y experimental, muchos economistas están ya acostumbrados a la idea de que la gente posee preferencias sociales (es decir, interdependientes). Esta opinión se apoya en una amplia literatura que muestra que los sujetos experimentales, usando protocolos experimentales clásicos, actúan como si trataran de maximizar una función objetivo en la que, además de su propio interés, tienen en cuenta el bienestar de los otros individuos que participan en el experimento.
Uno de los modelos más importantes para explicar estos resultados es el de Fehr y Schmidt (1999) sobre preferencias sociales (aversas a la desigualdad). Aunque estos autores dicen al principio de su artículo que “casi todos los modelos económicos suponen que toda la gente persigue exclusivamente su propio interés material y no les importan otros objetivos sociales per se”, el debate sobre la interdependencia de las preferencias ciertamente no comienza con ellos. La primera vez que se usa la expresión “preferencias sociales”, hasta donde nosotros sabemos, es en un artículo de John Harsanyi (1955), que la utiliza para argumentar que las funciones de bienestar social deben ser vistas como “preferencias sociales”, es decir, juicios de valor individualistas sobre la situación material de todos los miembros de una sociedad.
Tampoco es correcto que los economistas no hubieran pensado antes (de estos nuevos modelos) que la gente persigue algo más que su propio bienestar material. Jörgen Weibull (2004) argumenta que la afirmación de algunos economistas experimentales de que algún concepto de equilibrio ha sido violado en el laboratorio no es correcta en el contexto en el que suele hacerse, porque estos investigadores no observan las preferencias de los sujetos ni sus creencias y, típicamente, suponen que a los sujetos experimentales sólo les importan sus propias ganancias monetarias. Como decía Sen (1977), a los economistas sólo nos importa describir el dominio de las preferencias individuales en entornos de interés y si estas preferencias son estables con respecto al marco estratégico de referencia.
A continuación, para introducir las principales versiones de la teoría de las preferencias sociales propuestas en la literatura, presentamos los marcos experimentales que se han utilizado con más frecuencia para demostrar el contenido empírico de dichas preferencias. Nos referimos al juego del ultimátum y al juego del dictador. En el juego del ultimátum, dos jugadores, Ana y Blas tienen que decidir cómo repartir una suma de dinero, digamos 1 Euro. Ana (la proponente) hace una oferta a Blas (el respondedor). En caso de que el respondedor acepte, el reparto del dinero se realiza conforme a la decisión del proponente; sin embargo, si el respondedor rechaza la oferta, ninguno de los dos jugadores recibe nada.
Aunque hay muchos equilibrios de Nash en este juego, el único equilibrio perfecto en subjuegos consiste en que Ana ofrezca la mínima cantidad posible de dinero y que Blas acepte. Este sería el resultado en un marco “típico”, bajo la hipótesis de que a los dos jugadores sólo les preocupan sus propias ganancias. En contraste con esta predicción, en el laboratorio se observa que los proponentes suelen ofrecer el 30-40% de la suma que se debe repartir, ofertas que los respondedores suelen aceptar. Además, existe una proporción respetable de proponentes que ofrecen el 50% de la suma que hay que repartir. Ofertas menores del 30% suelen ser rechazadas con bastante frecuencia. Resultados parecidos han sido observados bajo una gran variedad de condiciones experimentales (véanse Kagel y Roth, 1995, y Camerer, 2003).
Una de las cuestiones clave que el protocolo experimental del juego del ultimátum no permite identificar es si: a) el comportamiento del proponente a favor de un reparto más igualitario es debido a una sincera aversión a la desigualdad (altruismo puro) o, más bien, b) al miedo “estratégico” del rechazo de una oferta demasiado baja por parte de un respondedor suficientemente “envidioso”.
Para distinguir entre estas dos alternativas, Forsythe et al. (1994) comparan resultados en el juego del ultimátum con el juego del dictador, en el que Ana (el dictador) propone dividir una cantidad fija de dinero con Blas. A diferencia del ultimátum, Blas ahora no puede rechazar la oferta y ambos reciben lo que propone el dictador. Esta modificación elimina consideraciones estratégicas en la oferta (Ana ya no tiene nada que temer), y da lugar a un cambio dramático a la baja en las ofertas se las comparamos con las del juego del ultimátum: la moda de las ofertas pasó del 50-50 en el juego del ultimátum a una oferta 100-0 en el juego del dictador. No obstante, las ofertas en promedio no caen a cero (como cabría esperar si Ana sólo intentara maximizar sus propias ganancias monetarias y no tuviera en cuenta las ganancias de Blas). Además, sigue habiendo una pequeña fracción de dictadores que proponen el reparto igualitario.
La comparación entre el juego del dictador y el juego del ultimátum muestra con claridad que las consideraciones estratégicas (previsión de un posible rechazo a las ofertas bajas) afectan sustancialmente el comportamiento de la gente. Consideraciones parecidas se revelan si se modifica el marco del juego del ultimátum introduciendo competencia, bien por el lado de los proponentes, bien por el lado de los respondedores. Roth et al. (1991) analizan un simple mercado en el que múltiples compradores (nueve en la mayoría de las sesiones) hacen una oferta por un objeto que tiene un mismo valor para todos, y que no vale nada para el vendedor. El protocolo de asignación es tal que el comprador puede aceptar o rechazar la oferta más alta. Si acepta la oferta, ése es el precio al que se vende el objeto; si la rechaza, no se vende. En este caso, la oferta de los compradores pronto converge a su valor. Fischbacher et al. (2009) modifican el marco de referencia introduciendo múltiples vendedores, cuyas ofertas convergen pronto a cero.
Concluimos discutiendo un concepto relacionado, la reciprocidad, que se ha propuesto para complementar el papel de las preferencias sociales en situaciones en las que los agentes toman decisiones de manera secuencial. Es decir, en entornos en los que los decisores de rondas posteriores pueden condicionar su comportamiento a las acciones realizadas por sus predecesores.
Volvamos al juego del ultimátum y consideremos la situación de Blas después de recibir una oferta muy “tacaña” de Ana. Blas mantiene sus preferencias sociales, pero esa acción “inaceptable” puede alterar su escala de valores, lo que lleva al rechazo de la oferta de Ana solo por “castigar” su mala conducta (incluso aun cuando ese reparto hubiera sido considerado aceptable en otro entorno). Es decir, no acepta la oferta para dar una lección a Ana. Para decirlo de otra manera, la reciprocidad amplía el ámbito de las preferencias sociales ya que los agentes añaden un juicio moral a las acciones, no solo a los resultados.
Hay muchos entornos económicos en los que los motivos de reciprocidad que acabamos de describir parecen bastantes realistas, lo que justifica la aplicación general del principio de reciprocidad para explicar, por ejemplo, el papel de los castigos para mejorar la contribución en juegos de bienes públicos (Fehr y Gachter, 2000), o la sostenibilidad de la cooperación en juegos de confianza (Berg et al. 1995).
Este texto fue tomado de:
Cabrales, A., & Ponti, G. (2011). Preferencias sociales. In P. Brañas (Ed.), Economía experimental y del comportamiento (pp. 109–124). Anthony Bosh Editor.
Bibliografía
Berg, J., Dickhaut, J., & McCabe, K. (1995). Trust, reciprocity, and social history. Games and economic behavior, 10, 122–142.
Camerer, C. (2003). Behavioral game theory (p. 544). Princeton University press.
Fehr, E., & Gächter, S. (2000). Fairness and retaliation: The economics of reciprocity. Journal of Economic Perspectives, 14(3), 159–182.
Fehr, E., & Schmidt, K. (1999). A theory of fairness, competition, and cooperation. Quarterly Journal of Economics, 114(3), 817–868.
Fischbacher, U., Fong, C., & Fehr, E. (2009). Fairness, errors and the power of competition. Journal of Economic Behavior & Organization, 72(1), 527–545.
Forsythe, R., Horowitz, J., Savin, N., & Sefton, M. (1994). Fairness in simple bargaining experiments. Games and Economic Behavior, 6, 347 – 396.
Harsanyi, J. (1955). Individualistic ethics and interpersonal comparisons of utility. Journal of Political Economy, 63(4), 309–321.
Kagel, J., & Roth, A. (1995). The handbook of experimental economics. Princeton: Princenton University Press.
Roth, A., Prasnikar, V., Okuno-Fujiwara, M., & Zamir, S. (1991). Bargaining and market behavior in Jerusalem, Ljubljana, Pittsburgh, and Tokyo: An experimental study. The American Economic Review, 81(5), 1068–1095.
Sen, A. (1977). Rational fools: A critique of the behavioral foundations of economic theory. Philosophy & Public Affairs, 6(4), 317–344.
Weibull, J. (2004). Testing game teory. In S. Huck (Ed.), Experiments and Bounded Rationality: Essays in Honour of Werner Güth. Palgrave Macmillan.
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