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lunes, 13 de agosto de 2018

Milton Friedman-Karl Polanyi


Milton Friedman-Karl Polanyi


Indice1. Introducción
2. Análisis Diferencias Entre Milton Friedman Y Karl Polanyi
3. Milton Friedman ? Karl Polanyi
4. Fuentes de Consulta
1. Introducción
La perspectiva desde la cual elaboran el análisis, el método utilizado, y en lo conceptual, Milton Friedman y Karl Polanyi, difieren marcadamente en el papel y naturaleza que le atribuyen al mercado.
Sus pensamientos son de gran actualidad.
En el caso de Milton Friedman, dado que sus postulados representan la base fundamental de la práctica económica contemporánea, tan así que el Fondo Monetario Internacional y demás organismos económicos internacionales basan estudios y proyectos en el fundamento teórico desarrollado por Friedman. Pues en el mundo globalizado, donde el capitalismo es el modelo predominante, éste autor es uno de sus mayores defensores bajo sus postulados de libertad económica y libertad política.
La obra de Karl Polanyi permaneció oculta por más de cuarenta años, a finales de la década de 1980 su obra despertó interés, debido a que su inquietud por las consecuencias de la "sociedad de mercado" sigue teniendo actualidad porque con la caída del muro de Berlín y la casi total desaparición de las economías comunistas, el capitalismo que pareció triunfar como único sistema válido para organizar la economía, ante los hechos empíricos de estos años levanta dudas sobre su eficiencia. Algunos investigadores creen que en el mundo que hoy vivimos el simple hecho de tener que sobrevivir en una sociedad donde la opinión del mercado se ha convertido en la máxima autoridad, es necesario superar la dicotomía Estado/Mercado, redescubrir la relación economía-sociedad: cuestión muy compleja por las distintas aristas que presenta la sociedad. Esto los lleva a profundizar el pensamiento de Karl Polanyi, dada la metodología multidiciplinaria, abordada por éste para el análisis de la sociedad de mercado.
2. Análisis diferencias entre milton friedman y karl polanyi
El capitalismo competitivo, es para Milton Friedman la organización económica que en forma directa produce libertad económica. Esta libertad es un fin en sí misma y a su vez un medio indispensable para la obtención de la libertad política, debido a razón que separa al poder económico del político y de esa forma permite que uno y otro se contrarrestren.
Para Karl Polanyi, el capitalismo o economía de mercado conlleva un sistema de mercado autorregualdo; una economía
dirigida por los precio del mercados y nada más. El mecanismo que lo controla, es ajeno a toda voluntad humana. El mercado se regula a sí mismo por imperio de las leyes de la oferta y de la demanda, y para que funcione todos los factores de producción deben formar parte del mercado. Tierra y trabajo se consideraron mercancías para aplicarles las leyes de la oferta y la demanda. Esta subordinación del trabajo que es la subordinación de la actividad de los hombres; esencia de la sociedad, lleva a la subordinación de la sociedad a la economía de mercado.-
Así, mientras para Friedman el capitalismo competitivo evita la concentración del poder económico con el político, mediante la libertad económica como medio que segura la libertad política; para Polanyi, el problema del capitalismo es la subordinación de todas las dimensiones humanas al aspecto económico. Esta subordinación es fruto de organizar las actividades productivas y distributivas mediante un sistema de mercados; pues al confiar el control de la economía a este mecanismo, se renuncia a la posibilidad de dirigir las actividades económicas, y, por tanto, de subordinarlas.
Polanyi explica que para que el mecanismo funcione no debe interferirse: las decisiones de los ámbitos no?económicos de la
sociedad no debe afectar al mercado. Más aún, la sociedad no sólo debía permanecer al margen del mercado, sin entorpecerlo, sino favorecerlo, adaptándose a sus exigencias. Aquí se ve la contundente crítica que Polanyi, respecto a un postulado del cual Friedman es defensor a ultranza, la "no intervención" por parte del Estado y ni de nadie que entorpezca el libre juego de la oferta y la demanda como determinante de los precios que son los que regulan y/o fijan el mercado, a tal punto que le atribuye al Estado el "deber" de arbitrar las medidas para el funcionamiento de las leyes que sirven para cumplir con los incentivos creados por los precio; para la protección del mercado libre; y lo hace responsable de su seguridad, por lo que debe evitar todo aquello que puda generar una deformación del mercado, (vg.: monopolio).
Mirada histórica como fundamento
Milton Friedman, hace un breve retrospectiva histórica en sustento su postura, analizándola desde la libertad política que gozaban o no, las sociedades, para demostrar su vinculación con el mercado libre.
Karl Polanyi por el contrario, efectúa un extenso análisis interdiciplinario de las sociedades, desde las primitivas, hasta las del siglo xix para demostrar que antes del liberalismo, no existió ninguna sociedad cuya economía estuviese controlada por el mercado y por ende ninguna sociedad subordinada o regulada por la economía de mercado.
Para Friedman la historia corrobora la relación entre libertad política y mercado libre, sin encontrar alguna sociedad que en momento o lugar alguno, mantuviera libertad política sin que usara para la organización económica un algún sistema parecido al mercado libre. Da como ejemplo de sociedades con libertades políticas, Grecia en la edad de oro y los primeros tiempos de la era romana sin decir algo siquiera respecto a que ambas derivaron hacia un sistema de corrupción que las llevo a su decadencia, declinación.
Tiranía, servidumbre y miseria fueron el estado típico de la humanidad, y ve que el siglo xix y primera parte del siglo xx, son excepciones que se destacan en el mundo occidental, clara muestra para él, de que la libertad política llegó como consecuencia del mercado libre y el desarrollo de las instituciones capitalistas.
De ello infiere que la historia sugiere que el capitalismo es una condición necesaria para la libertad política, aunque no suficiente, pues reconoce (casi al pasar) que se pueden tener organizaciones económicas fundamentalmente capitalistas que no sean libres en una misma sociedad (tal como la Italia fascista, la Rusia de los zares) y continúa diciendo que "Aún en esas sociedades, los ciudadanos tenían bastantes más libertad que los ciudadanos de un estado totalitario moderno ... porque el capitalismo y la existencia de la propiedad privada, representaba cierto control sobre el poder central del Estado". Dice entonces que, la relación entre la libertad política y la económica, es compleja y no unilateral.
Una gran parte de la reforma política surge con las reformas económicas en la dirección del laissez-faire, cambios en la organización económica que fue seguido de un aumento en el bienestar general de las masas.
En tanto Polanyi trata de demostrar que la economía de mercado no es una consecuencia natural, que la mentalidad de mercado liberal que pretende ver el mercado autorregulado como una consecuencia de la propensión natural del hombre al trueque, al comercio, es absolutamente falaz.
Sitúa en 1830 el momento en que el liberalismo económico deja de ser una cuestión académica, para dar origen a un intenso activismo. En contra de lo que sostenía el liberalismo, dice, "El laissez?faire no tenía nada de natural; ... el propio laissez?faire fue por impuesto el Estado... el laiseez-faire no era un cometido para el logro de algo, sino lo logrado" "A esta paradoja se sumó otra, Mientras que la economía del Laissez-faire era el producto de una acción estatal deliberada, las restricciones subsecuentes al laissez-faire se iniciaron en forma espontánea. el laissez-faire se planeó; la planificación no".
Hace notar que fue el comportamiento de los mismos liberales el que demostró que el mercado autorregulado, lejos de excluir la intervención del Estado, exigía y regularmente los propios liberales pedían imperiosamente intervención, tal el caso de las leyes sindicales y anitmonopólicas
Utilizando el estudio histórico y antropológico, desde las sociedades trivales, intenta demostrar que contra la postura liberal, las motivaciones económicas no son las que movilizan al hombre a producir. Que las motivaciones económicas interactuan con otras. Que las pasiones humanas no se guían por ellas, sino por otras motivaciones.
Respecto a los numerosos e importantes mercados del siglo XVI, señala que éstos se regían por el sistema mercantil, y por tanto aunque de interés para el gobierno, la idea de la autoregulación seguía ausente tratándose todos ellos de mercados locales individuales.
Tal análisis intenta probar que antes de nuestra época los mercados eran solo accesorios de la vida económica, y el sistema económico estaba absorbido por el sistema social.
El nuevo tipo de sociedad, en el que hoy vivimos, surgió para Polanyi, del lassaiz-faire, una reacción del hombre a la máquina. Y los principios del liberalismos fueron impuestos, no una derivación natural como pretendían los liberales.
Distribución según producción ? "mercaderías ficticias"/ motivación económica
Friedman indica que el principio central de la economía de mercado es la cooperación mediante el intercambio voluntario. Los individuos cooperan unos con otros de manera que satisfacen sus necesidades con mayor eficacia. Por ello, la principal función instrumental de la distribución según lo producido, es el conseguir la asignación de recursos sin la fuerza. Esto permite a) que la distribución tenga lugar en forma impersonal, sin necesidad de una autoridad, y b) la cooperación y coordinación sin coacción.
Para Friedman, atribuir por ello, al libre mercado mayores desigualdades, es un interpretación errónea, pues en su convicción cuanto más capitalista es un país menor es la parte de renta que se paga por lo que se considera capital, y mayor la que se paga por servicios, y ello conduce a una menor desigualdad que otros sistemas de organización.
El capitalismo, dice, por una parte ha disminuido el grado de desigualdad, siendo menor en los países capitalistas que en los comunistas, y por otra, el desarrollo y progreso liberó a "las masas" del trabajo agotador, y puso a su disposición productos y servicios que antes eran monopolio de las clases altas, sin aumentar correspondientemente los productos y servicios a disposición de los ricos.
En este tema (como en los otros) las diferencias conceptuales con Friedman respecto al papel del mercado, nacen de constante crítica de Karl Polanyi a la sociedad de mercado autorregulado. Cuestiona el "intercambio" y la "cooperación sin coacción" (supra marqué como Friedman lo enseña como ventajas del capitalismo), puesto que según Polanyi, para que se realice esa distribución "por el mercado" se necesita que el trabajo, la tierra y el dinero sean tratados como mercancías, y a su vez ello está íntimamente vinculado con las motivaciones que llevan a los hombres a producir, en tanto que en una sociedad con mercado autorregulado es imperante intervenir en la producción-ingreso para que funcione el mecanismo de mercado, quien no se avenga a él está fuera no solo del mercado sino de la sociedad.
Por una cuestión metodológica, voy a tratar como dos puntos, lo que Polanyi llamó las "mercancías ficticias", y como otro, su postura respecto a la motivación económica del hombre para producir.
1. Al estar controlada la economía por un sistema de mercados es necesario un mercados para cada elemento de la industria, porque sólo de este modo todas las decisiones referidas a la producción y distribución de bienes puedan responder a las leyes de la oferta y la demanda. ¿qué ocurría entonces con el trabajo y la tierra? Se crea una ficción, los asimilan a las mercancías y los tratan como a éstas. Estas "mercancías ficticias" tienen desde allí su propio precio de mercado y su propio mercado. El uso del trabajo ® precio: salario. El uso de la tierra ® precio: renta. El uso del dinero ® precio: interés.
Veía en el mercado del trabajo y la tierra un gran peligro ya que al incluir a los seres humanos y los recursos naturales en el mecanismo de mercado significa subordinar la sustancia misma de la sociedad a las leyes del mercado, ergo la sociedad se subordina a esa economía de mercado con un mecanismo ajeno a la decisión humana controló a partir de allí al hombre y la naturaleza.
Para Polanyi el uso del trabajo en la economía de mercado fue una de sus mayores preocupación, veía en la instauración del mercado laboral la cosificación del hombre, el sometimiento de sus aspectos sociales y espirituales a su capacidad productiva, se basa en que como no es la "mercancía" quien decide donde va a ser vendida o como se la usará, en un mercado autorregulado por la oferta y demanda, si la oferta de mano de obra era excesiva, lleva a aceptar las condiciones que la demanda imponga para obtener el sustento (vg.: la movilidad laboral).
En forma opuesta Friedman asevera que "contrario a lo que piensa mucha gente, se refiere a las fuentes de la renta. Cuanto más capitalista es un país menor es la parte de la renta como capital, y mayor la que paga por los servicios humanos"
Entiendo que si bien es cierto que al ser manejado por la oferta y demanda el trabajo, esto produjo en muchos momentos la explotación de muchos hombres por otros, ante ello se dictaron leyes de protección al trabajador ® esto es por la intervención del estado, pero esta intervención es porque ante una deformación por abuso de algunos hombres es que debe estar el Estado para tomar las medidas que eviten tales males. Al Estado corresponde salvaguardar a su nación. No quito mérito al análisis de Polanyi y tambien acepto, que tal vez esas mismas medidas que dentro del capitalismo llevaron a la protección de los trabajadores no sean más que el resultado de lo que Karl Polanyi llama la autoprotección de la sociedad.
Me convence Friedman cuando dice que en el capitalismo los seres humanos tienen mayores oportunidades de desarrollar sus aptitudes, pues me parece que la competencia no es un espantoso monstruo. Creo que como en casi todas las acciones, actitudes del ser humano, en sí misma la competencia no es ni buena ni mala. Puede ser destructiva si es desmedida, sin límites éticos, pero tal vez ingenuamente pienso que sin perjuicio que se tomen las medidas que no permitan los excesos, somos los mismos seres humanos los que determinamos su condición como valor positivo o negativo, puesto que el mercado regido por las leyes de la oferta y demanda implica una continua competencia, se alimenta de ella, pero los limites estan dados por la ética de los propios seres humanos, me resisto a aceptar que se considere al ser humano como incapaz de elegir, en él esta hacer de la competencia un valor que lo lleve a su perfeccionamiento, o un defecto que lo lleve a infringir cualquier regla-normal legal o ética para el "supuesto" éxito, en tal caso (salvo que se trate de una sociedad corrupta lo cual también lo determinan los hombres puesto que las sociedades son los hombres que la componen), existen dentro del mecanismo tanto económico como político las medidas que sancionen dicha actitud, no porque va en contra de la "moral" impuesta por el Estado, sino porque y en la medida que afecta la libertad de los otros hombres, ya sea la libertad a competir en condiciones de equidad (y digo equidad, no igualdad), a no ser estafados, a gozar de iguales oportunidades dadas condiciones similares.
En cuanto a la tierra, Polanyi señala que la aparición del mercado de tierra fue la respuesta al desafío planteado por el crecimiento de formas de capitalismo distintas de la comercial. En primer lugar, el capitalismo agrícola trajo consigo los cerramientos y las conversiones de tierras cultivadas en pastos, para responder a la mayor rentabilidad de la lana. En segundo lugar, el capitalismo industrial requería tierras para instalar las fábricas y las viviendas para obreros. Y, por último, el crecimiento de las ciudades industriales con la necesidad casi ilimitada de alimentos y materias primas.
2. El motor del mercado laboral estaba, para Karl Polanyi, en el hambre y la ganancia, que movía a las personas: a) a unas ofrecer su trabajo para poder comprar con el salario lo indispensable para la vida, b) a otras, los empresarios, el afán desmedido de ganancia.
La ficción creada por el laissez-faire de que el uso del trabajo, la tierra, el dinero fueran considerados mercancías, dio origen a la efera económica que se impuso sobre las demás de la sociedad, y llevo a determinarla en función del mercado.
"El mecanismo de mercado se volvió determinante para la vida del cuerpo social", nos dice Polanyi. "Este nuevo mundo de ?motivaciones económicas? se basó en un engaño. En sí mismos, el hambre y la ganancia no son más "económicos" que el amor y el odio, que el orgullo o el prejuicio. Ninguna motivación económica es económica en sí misma."
Para Polanyi, las motivaciones económicas, son relativas, dado que las razones por las que los hombres trabajaron y trabajan, produjeron y producen distintos bienes, son muy variadas a lo largo de la historia. Los incentivos surgen de varias fuentes: costumbre, tradición, motivaciones religiosa, lealtad.
Polanyi no negaba la presencia de los motivos económicos, sino que resaltaba con insistencia su carácter de accesorio, y con ello pretendió demostrar que solo en una sociedad capitalista, tales motivaciones rigen al hombre, puesto que la única forma de obtener ingresos es a través del mercado.
Ve el "afán de ganancia" como si fuera el único motivo, o, al menos, el principal en el funcionamiento del mercado. Mientras que la "necesidad de sustento" sería simplemente la forma de introducir en el mercado a todos aquéllos que no lo hicieran voluntariamente, coligiendo que así las motivaciones de la economía de mercado serian el "beneficio". Para quienes acuden al mercado en busca de ganancias, dando forma al mecanismo (su beneficio ® la ganancia); y para los que, impulsados por la necesidad de ciertos bienes, que sólo se obtienen en el mercado, deben someterse mecanismo (su beneficio ® el ingreso que le permite adquirir lo necesario para saciar su necesidad). Es por esto, según Polanyi, que los miembros de una sociedad de mercado autorregulado creen estar dirigidos por estas dos motivaciones.
Asegura que ello es una falacia, que sin perjuicio que la economía de mercado trajera dependencia de bienes materiales, en el hombre los móviles económicos no son los únicos incentivos para trabajar. Pues él actua por diversos motivos que interactuan, como el honor, el respeto a sí mismo, y que al reconocer las motivaciones recién mencionadas, se pensó que el hombre se componía de dos componentes, uno afín al hambre/ganancia y el otro al honor/poder, que erróneamente los utilitaristas llamaban al primero "material, económico, racional" y al segundo "ideal, no-económico, no-racional", y daban a la parte
económica de la naturaleza humana el sello de la racionalidad, lo cual Polanyi lo tacha de falso.
Explicaba entonces Polanyi, que no hay nada específicamente "material" en el hambre y en la ganancia, y que el honor, el poder no son "mas elevados" que el hambre o ganancia, que no existe diferencia entre la ganacia, el amor o el odio. Que tal dicotomía que llevaba al determinismo económico era la más absurda de las mentiras. Y que había que romper con esa idea que fue "creada" e "impuesta" por el liberalismo, el cual NO es una condición humana natural, y que por tanto puede y debe ser reemplazado por una organización que subordine la esfera económica a su lugar en la sociedad, para que ésta no sea regulada por instituciones autómatas, sino por las propias decisiones humanas.
Libertad y papel del estado en relación al mercado
Al inicio de este trabajo se dejo sentado que para Milton Friedman la libertad económica es un requisito para la libertad política, en atención a que la dispersión del poder político del económico que de esa forma evita tiranías. En tal sentido el mercado proporciona esa "mano invisible" de la que hablaba Smith, agregando Friedman a la concepción de Smith, que a su vez el mercado hace las veces de medio de información que se expresa a través de los precios. Siendo el Estado el que debe proporcionar el marco legal para permitir el libre desenvolvimiento del mercado, servir de apoyo para cumplir los incentivos
creados por los precios, y evitar toda deformación, exceso que pueda producirse en el mercado.
Así uno de los objetivos del liberal, para Milton Friedman, es dejar que los problemas éticos sean resueltos por el propio individuo. Que los dilemas éticos de relevancia se dan en una sociedad libre donde el individuo debe decidir ?qué? hacer con su libertad.
La libertad se da en el plano de las relaciones entre la gente, y del propio individuo en el ejercicio de su libertad.
Ahora, como el hombre es un ser imperfecto, el problema de la organización social es el de impedir que aquellos que son "malos" hagan el mal, y permitir que los "buenos" puedan hacer el bien. Entonces el problema básico es como coordinar las actividades económicas de un gran numero de gente.
La tarea es saber conciliar la interdependencia de las personas entre sí con la libertad individual. Y ello se puede lograr 1) con el uso de la fuerza (estados totalitarios); 2) por la cooperación voluntaria de los individuos, y ésta es la técnica del mercado.
Por ello, para Friedman, el intercambio (mecanismo de mercado) genera la coordinación sin el uso de la fuerza.
Claro está, es básico mantener el cumplimiento de ley, del orden para que otros no abusen ni física ni por otros medios de un individuo, así como mantener el cumplimiento de la palabra, esto implica la instrumentación de contratos que puedan como la ley requerir el cumplimiento.
El gobierno es imprescindible en su concepción, para determinar "las reglas del juego", como árbitro para dirimir los conflictos y para impedir los excesos e incumplimientos de tales reglas de juego.
El mercado con su mecanismo, por su parte, reduce las cuestiones a decidir por medios políticos, y por tanto el gobierno ya no necesita participar directamente.
Por todo ello, enseña Friedman, el mercado al traer la libertad económica, y a través de ésta la libertad política, que es la que impide que un hombre ejerza fuerza sobre otros hombres, los coaccione, garantiza la libertad de los hombres. Y dado que la amenaza a la libertad política es el uso de la fuerza por quienes gobiernan, por tanto, al reducir la intervención del estado en las actividades humanas, manteniendo separados el poder económico y político, estos se contrarrestran y así aseguran la libertad de los individuos.
Las funciones, en definitiva que le cabe al Estado en la sociedad libre son:
- ofrecer el medio por el que se puedan modificar las reglas,
- mediar en las diferencias que surjan entre los individuos; e
- imponer el cumplimiento de las reglas a aquellos que las vulneraran.
Reconoce Friedman la deformación del mercado que implica la existencia monopolio, el que inhibe la libertad efectiva de intercambio, puesto que el intercambio a que refiere la sociedad libre, es el intercambio voluntario y ello es posible cuando existen alternativas. Esto debe ser impedido, y en caso el Estado debe arbitrar los medios, de ello resultan las leyes antimonopólicas.
Karl Polanyi, en estos puntos, difiere, desde el momento que su obra es una crítica a la sociedad de mercados autorregulados pero no deja de reconocer que ella trajo consigo el reconocimiento de libertades valiosas para el hombre, es más en "La Gran Transformación" así lo dice: "El descubrimiento de la sociedad es así el final o el renacimiento de la libertad", lo demuestra además cuando muestra su temor al decir en su artículo "Nuestra obsoleta mentalidad de mercado", "El colapso de la economía de mercado pone en peligro dos tipos de libertades: unas que son convenientes y otras que son dañinas".
Este autor, hace un análisis moral-religioso en lo que hace a las libertades del hombre y el papel del Estado, puesto que su critica de la economía de mercado se basa en que la sociedad queda subordinada a un mecanismo (regido por las leyes de la oferta y la demanda) que se autorregula donde las decisiones son tomadas en base a los precios a través de los cuales se comunica el mercado, ateniéndose al juego de oferta-demanda, y el hombre termina siendo gobernado por el mercado. En esta organización económica donde "su" trabajo y por tanto él hombre mismo es tratado como una mercancía pues debe someterse a las reglas de la oferta y demanda en el mercado laboral.
Polanyi no está en contra del mercado, solo considera que debe encontrarse una mejor organización que no subordine la sociedad a la organización económica, sino que la organización económica esté subordinada a la sociedad, pues sociedad son los hombres que la componen.
Esto resulta claro cuando el escribía "Sería todo un logro que, junto con el mercado, desaparecieran la libertad de explotar a los semejantes, la libertad de realizar ganancias exorbitantes sin ofrecer servicios equivalentes a la comunidad, la libertad de impedir que las invenciones tecnológicas se usen en favor del público o la libertad de beneficiarse de las calamidades públicas manipulándolas secretamente para lucro privado. Pero la economía de mercado en que estas libertades han prosperado también ha producido libertades a las que atribuimos un valor elevado. En sí y por sí mismas apreciamos la libertad de conciencia, la libertad de palabra, la libertad de reunión, de asociación, de elegir el empleo. No obstante, en gran medida éstas son un subproducto de la misma economía que produjo aquellas libertades nocivas".
Mientras, Friedman manifiesta que es el capitalismo que a través de la libertad económica viabiliza la libertad política, ya que reduciendo la intervención estatal queda en la esfera del individuo la libertad de elegir y el uso de su propia libertad, y que a su vez el mantener separados el poder político y económico es otra garantía para la libertad del hombre, puesto que dispersa los poderes y hace que éstos se contrarresten entre sí.
Polanyi cree firmemente que el hombre, la sociedad, tendrá toda la libertad que desee crear y proteger; que en la sociedad humana no hay un determinante único. Las garantías institucionales de la libertad personal son compatibles con cualquier sistema económico. Solo en la sociedad de mercado el mecanismo económico configuró leyes. Polanyi, da una vuelta de tuerca sobre el tema de la problemática económica de la sociedad y su visión es que lo que se ve como el problema del capitalismo es en realidad el problema más amplio de una civilización industrial, e identificaba dos tendencias entres los que se percataban de este problema, los que creían en las elites y aristocracias, en los directorios y la gran empresa que opinan que la sociedad debe adaptarse estrictamente al sistema económico para así conservarlo sin alteraciones; y los que piensan que en una sociedad verdaderamente democrática el problema de la industria debería resolverse mediante la intervención organizada de los mismos productores y consumidores.
3. Milton Friedman ? Karl Polanyi
Debe considerarse que Friedman y Polanyi están colocados en puntos de análisis diferentes. Friedman hace un estudio ecónomico con derivaciones políticas respondiendo a su postura neoliberal, en tanto que Karl Polanyi escribe como severo crítico al capitalismo, no aboga por una postura ni económica ni politica determinada, aunque se ve en él una influencia socialista, su obra es un mix de diferentes ópticas: económica, antropológica, política, sociológica, algunos dirán que es hace antropología económica, sin embargo ello sería limitar la visión de su obra. Ambos responden al diferente contexto en que nacieron y vivieron, a sus propias historias personales de vida, todo muy diferente, resultando de lo anterior que los 28 años más joven que es Friedman resulte ser un factor de menor importancia.
Milton Friedman
La economía contemporánea, se caracterizada por el dominio de cierta racionalidad, donde predomina el pensamiento neoliberal, neoclásico o monetarista, sin perjuicio de que ello no garantiza la aplicación completa de los modelos que sustentan dichos pensamientos. Y éste economista es uno de sus mayores defensores y exponentes.
Desarrolla su teoría dentro de su postura capitalista-competitiva, defendiendo valores como la competitividad, la maximización, el individualismo?
Pero no debemos creer que está errado o que tiene la verdad en sus libros, los modelos económicos parten de un cierto tipo
de racionalidad, de conceptos tomados como verdaderos del conocimiento científico, que pueden ser o no correctos. Pero hoy por doy es habitual dar por verdaderos los fundamentos económicos cuando lo que debemos entender es tal vez ellos simplemente sean los más aceptados en el lugar y en el tiempo actual, quizás porque en un momento y lugar determinado han dado buenos resultados, esto no conlleva la certeza de que siempre y en todo lugar será así.
Friedman liga a la libertad con el libre mercado. Ahora si la libertad que implica que el el hombre deba cumplir las leyesdel mercado, tales leyes de mercado adquieren un valor ético, y aquí viene la pregunta que aún no tiene respuesta ¿qué ocurre con los perdedores, con los no aptos para la competencia, con los no productivos? Estos quedan librados a la suerte, de que los algunos ganadores los tomen a su cargo, lo que es posible suceda para que el mercado con sus reglas permanezcan puesto que estas reglas hicieron ganadores a los ganadores.
En la actualidad, donde el escenario es cambiante y los mecanismos ya no dan resultados y resultan obsoletos, la frustración crece, sin embargo, ante una falta de respuesta, el individuo que no encuentra alternativas válidas adecua sus actitudes y pensamientos a lo conocido y se sigue con más de lo mismo sin lograr romper el circulo, como si se paseara en el laberinto como si ello fuera lo deseando cuando en realidad se permanece en él porque no se encuentra la vía que lleve a la salida.
Karl Polanyi
Realiza un análisis de la sociedad capitalista, en él se limita a mostrar que el mercado produjo unos efectos perversos y que la sociedad se defendió haciéndolo retroceder y continuará retrocediendo, a menos que se vuelva a caer en el error de la mentalidad de mercado. Propone reemplazar la organización económica de mercado por algún tipo de socialismo, donde las decisiones relativas al trabajo se tomen democráticamente y no por un mecanismo que se rige por las leyes de la oferta y la demanda y por tanto por empresarios con un afán desmedido de ganancia.
Es consciente que el nacimiento del mercado trajo consigo un auge de libertades para el hombre, pero su rechazo es al mercado como un mecanismo autorregulado que termina por "cosificar" al hombre y los recursos naturales. No se oponía al mercado como tal, sino de aquellos mercados que regulan la economía porque esto implicaba que hubiera mercados de trabajo y de tierra, que, al no estar regulados externamente, traían consecuencias "nefastas sobre el tejido social".
En los mercados aislados veía un instrumento útil para poder actuar sobre la economía, siempre y cuando la regulación no dependiera del propio sistema sino de las decisiones humanas porque ve necesaria la regulación pero democrática, y ante ella se perderán libertades, pero lo que importa es en el resultado de operación de libertades perdidas y ganadas, que las ganadas sean mayores y sean las que dignifican al hombre como ser humano y no como seres que explotan a otros, es decir, si las pérdidas de libertad son compensadas por las ganancias.
No fue claro sobre el modo en que debería realizarse en la práctica esa especie de socialismo que propugna. Su labor académica la dirigió a estudiar la historia para: criticar el capitalismo, por sus terribles consecuencias, y a partir del estudio de las economías pre y capitalistas, encontrar la forma de superar la mentalidad de mercado y con ello al capitalismo.
Miró el pasado para descubrir modos de organizar la sociedad, sin hacer una propuesta concreta de solución y como implementarlo en la práctica, tal vez porque no encontró esa solución o la forma viable de llevarla a los hechos. De lo contrario, por lógica, hubiera dedicado sus esfuerzos más que a criticar el capitalismo, a difundir esa solución. En La Gran Transformación, critica al capitalismo y propone subordinar el mercado a la sociedad democrática, pero no dice como ni su contenido.
4. Fuentes de Consulta
Milton Friedman "Capitalismo y Libertad", p. 24
Karl Polanyi "La Gran Transformación" p. 144/145
Karl Polanyi "Nuestra Obsoleta Mentalidad De Mercado" Artículo publicado originalmente en Commentary 13, 1947, 109-117. Esta versión proviene de Polanyi, Karl. Economie primitive, arcaiche e moderne, Giulio Einaudi editore, Turín 1980. Tradución tomada de www.red-vertice.com/fep/texto09.html
Economía y Sociedad en el Pensamiento de Karl Polanyi - Tesis Doctoral Javier A. García Sánchez - Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales - Universidad de Navarra - Pamplona, 1998
Historia del Pensamiento Económico: Milton Friedman - Publicación Roberto Mosquera, Eugenio Paladines, Andres Tomaselli, Luis A Vaca, en www.gestiopolis.com
Susan George ? Breve historia del neoliberalismo: veinte años de economía de élite y de oportunidades emergentes para el cambio estructural ? Conferencia sobre Soberanía Económica- Bangkok, marzo 1999 ? Millennium Round.org ? www.attac.org/fra/toil/doc/georgees.htm
Las alternativas creibles del capitalismo mundializado - FranV ois Houtart ? home.planet.nl/alca.htm
Karl Polanyi: Crítica del mercado, Crítica de la economía ? Carlos Prieto ? UCM ? Política y Sociedad N° 21, 1996 www.ucm.es/info/socio1/prietokp.html
Disyuntiva: Democracia o Crecimiento, R. Perez Ayala, Excelsior Editorial - www.excelsior.com.mx/9607/960710/art08.html

Nilda Gladys Fretesgladysfretes[arroba]arnet.com.ar
"Entorno Económico de los Negocios"
1er año - MBA -Administración Estratégica
Escuela de Economía y Negocios Internacionales
Universidad de Belgrano

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jueves, 9 de agosto de 2018

Nicolás Copérnico (1473-1543)

Nicolás Copérnico (1473-1543)

Niklas Koppernigk es, sobre todo, conocido como astrónomo y autor de una nueva definición del sistema planetario que no fue definitivamente admitida hasta el s. XVII.
Pero también fue matemático, ejerció ocasionalmente como médico y cumplió diversas misiones oficiales, políticas y financieras por encargo de la Corte.
Una de esas misiones fue poner orden en el sistema monetario de Lituania, Prusia, Ucrania y otras tierras del reino de Polonia. A tal fin escribió el "Tratado de la Moneda", donde estudia la moneda polaca y sus relaciones con la economía del país y sus efectos sobre las tasas de cambio y tráfico comercial con el extranjero.
Su análisis, aunque escrito en 1519, es presentado ante la asamblea polaca en 1523. Y es de destacar su rotunda afirmación de que "la moneda se deprecia, sobre todo, cuando se acuña en exceso".
Actualmente es considerado el primer pensador que pone claramente de relieve que el dinero no era ni un instrumento autónomo ni un fenómeno accidental. Afirma que el dinero llegó a existir porque la vida misma obliga a los seres humanos a buscar soluciones a sus problemas.
Desde el siglo XV, los valores de la plata fluctuaban fuertemente en Polonia, debido a diversos conflictos con países y reinos vecinos.
Los pensadores de su época exigían que bajo ningún concepto se llevara a cabo una depreciación de las divisas polacas; so pena de ver detenidas las importaciones desde el extranjero y destruida cualquier clase de comercio. Y arremetían contra todo aquel que se aprovechara de la depreciación del numerario polaco (comerciantes, orfebres, corporaciones, etc).
La estructura económica de Polonia se basaba en la exportación de cereales y madera, y la importación de productos manofacturados y especias.
1.- Dinero: su creación a través de un largo proceso histórico.
Copérnico al contrario que Aristóteles no pensaba que el dinero fuera el resultado de una especie de convenio social, ni creía que se trataba de un invento accidental como Oresmes.
En su tratado deja claro que el dinero es producto de un largo proceso histórico. Donde poco a poco se otorga confianza a la moneda.
2.- Necesaria reducción de las cecas.
Abogó incansablemente por la reducción de las cecas (casas de moneda) autorizadas por la corona para la acuñación de monedas. Y creyó necesario exigir alguna garantía de que las piezas emitidas tuvieran el peso y ley correctos.
3.- Su objetivo es la estabilidad de precios.
Tuvo siempre como objetivo importante la estabilidad de los precios a fin de favorecer la confianza en la moneda por parte del público.
4.- Que el valor intrínseco de la moneda jamás haga notar su presencia.
Si para Oresme la moneda tenía un valor intrínseco; Copérnico combina el valor intrínseco con el valor nominal impuesto por la ley. Y considera que es muy importante que el valor intrínseco jamás haga notar su presencia. Es decir, que el valor del metal nunca supere al valor facial.
Rescribe con su estilo la ley de Gresham según la cual la mala moneda desplaza (expulsa de la circulación) a la buena.
6.- La pérdida de valor de una moneda supone un incremento del coste de la vida.
Se dio perfecta cuenta de que una moneda desvalorizada comportaba un alza en el coste de la vida, que beneficia a quien paga rentas fijas.
En definitiva, piensa que el dinero es una medida de precios, al pensar que la salud económica en su conjunto requería una moneda estable.             

La economía: ¿ciencia o algo parecido a la ciencia?


La economía: ¿ciencia o algo parecido a la ciencia?

Economics: Science or something like science?

Resumen

El ensayo plantea una interrogante: ¿se puede sostener, con alguna seguridad, que la economía es una ciencia? Algunos rechazan el aserto, otros lo aprueban y no pocos indican que se trata de una “semi-ciencia”. El ensayo repasa primero los elementos que ponen en duda el estatuto científico de la disciplina. Luego se concentra en el examen del paradigma académicamente dominante: el neoclásico. Se señala que esta corriente funciona con una perspectiva básicamente apriorística aunque se declara empirista-popperiana. Asimismo, aunque se declara neutral y “positiva”, ajena a valores y preferencias, opera con un claro “deber-ser” que, en los hechos, favorece a algunos grupos sociales y perjudica a otros. En lo básico, este paradigma no satisface los cánones que se supone debe satisfacer una ciencia en forma. Para el autor, la economía, a la fecha, no es todavía una ciencia plena.

Abstract

The essay raises a question: can hold, with some confidence, that economics is a science? Some reject the assertion, others do not approve and few indicate that it is a “semi-science”. The essay first reviews the elements that question the scientific status of the discipline. Then concentrated on the examination of dominant academic paradigm: Neoclassical. It is noted that this current work with a priori perspective but basically declares Popperian empiricist. Also, although is neutral and “positive” values and preferences of others, operates with a clear “should be” that, in fact, favors some groups and hurts others. In basics, this paradigm does not satisfy the canons that is supposed to satisfy a science in shape. For the author, the economy, to date, there is still a full science

El problema

Pensemos en la siguiente situación: en una escuela universitaria de física, en los cursos de física teórica, llega un profesor que en vez de enseñar las físicas de Newton y de Einstein, desempolva algunos viejos textos griegos y se dedica a enseñar con gran convicción la física de Aristóteles. No tratándose de un curso sobre historia de las teorías físicas, la segura y unánime reacción de la comunidad académica sería de estupor primero y de abierto rechazo después. La razón de esta reacción sería muy clara: no podemos enseñar errores, falacias, falsedades. Detrás de esto, a su vez, podemos visualizar una realidad propia de las ciencias plenamente constituidas: la existencia de criterios y normas de verificación de hipótesis que permiten sostener con total certeza que tal o cual hipótesis se ha demostrado como falsa.
¿Podemos operar en teoría económica con la misma seguridad? Parece claro que no. En nuestra disciplina abundan las “físicas aristotélicas” pero no hay ningún acuerdo sobre cuál es su contenido. Para algunos, es el modelo de Walras; para otros, el de Marx. ¿Por qué se da esta situación? Al ir al grano: ¿cuál es el efectivo estatuto de nuestra disciplina? ¿Es una ciencia o algo que sólo parece una ciencia y que en el fondo no lo es? ¿Tal vez una semi-ciencia? Por cierto, la respuesta a la pregunta qué debe estudiar un economista no es independiente de las respuestas que se den a preguntas como las que acabamos de plantear. Y aunque el espacio disponible no sea muy holgado, trataremos de bordar algunas mínimas y elementales reflexiones sobre el tema. Primero, haremos referencia a tres aspectos que ponen en duda el estatuto científico de la disciplina: i) los ciclos de dominación teórica; ii) la coexistencia de múltiples escuelas o corrientes; iii) la ambigüedad del corpus teórico neoclásico. Luego, nos preguntaremos por las causas de una cientificidad tan escasa, para arribar después a algunas primeras y muy preliminares conclusiones.

Ciclos hegemónicos

Permítasenos recordar un viejo texto de Alvin Hansen, probablemente escrito hacia 1947. En él podemos leer juicios como los siguientes: “la teoría keynesiana general de la determinación de la renta (…) hace que el análisis basado en el estudio MV parezca como un curioso armatoste superviviente de los tiempos de Maricastaña”.1 En el mismo texto, se presenta la evolución de la recepción del ideario de Keynes como sigue:
•
“Primera fase: ¡Que absurdo! ¿Es posible que alguna persona sensata crea esas cosas?”
•
“Segunda fase: esas ideas son peligrosas; deberían prohibirse”.
•
“Tercera fase: ¡Claro! ¡Eso lo sabe todo el mundo!, ¿quién lo pondría en duda?”.2

Por la misma época, Paul Samuelson se refiere al impacto de la aparición de la Teoría General en términos líricos: “fue una bendición estar vivo en aquel amanecer, ¡pero ser joven era el mismo cielo!”. Agrega Samuelson que “la General Theory se apoderó de la mayoría de los economistas menores de treinta y cinco años con la inesperada virulencia con que una nueva dolencia ataca y diezma a los miembros de una tribu aislada de isleños oceánicos. Los economistas de más de cincuenta años resultaron ser completamente inmunes a la enfermedad. Con el tiempo, la mayoría de los que se encontraban en edades intermedias comenzaron a sufrir la fiebre sin saber, con frecuencia -o sin querer reconocer.- que la padecían”.3
Por cierto, en la historia de la disciplina, la visión neoclásica -aparentemente muy deteriorada por el mensaje keynesiano- no fue la inicial o primeriza. Antes de ésta, la corriente dominante fue la escuela clásica (y antes, fisiócratas y mercantilistas), la que se tipificaba por su visión macroscópica y dinámica, por concentrar su atención en los problemas de la acumulación y el desarrollo, algo por supuesto más atractivo que el equilibrio general estático de un Walras. Según se ha escrito, “no fue tanto un defecto de la teoría pura como un cambio en el clima político lo que puso fin al reinado de los clásicos. Las doctrinas clásicas, aún en su forma más liberal, subrayan la función económica de las clases sociales y los conflictos de intereses entre ellas. A finales del siglo xix, el foco del conflicto social se había desplazado del antagonismo del capitalista y el terrateniente a la oposición de los trabajadores a los capitalistas. El miedo y el horror suscitados por la obra de Marx se vieron exacerbados por el efecto que en toda Europa produjo la Comuna de París de 1871. Las doctrinas que sugerían conflictos ya no eran deseables. Las teorías que distraían la atención, apartándola del antagonismo de las clases sociales, alcanzaban una buena acogida”.4 En el plano académico oficial, el dominio neoclásico fue absoluto y se extendió por más de medio siglo. Pero no resistió el impacto de la gran crisis de 1929-1933. Según ya apuntamos, a partir de los cuarenta irrumpe el keynesianismo y se transforma en el enfoque dominante o hegemónico.
¿Qué trajo Keynes a la teoría económica? ¿Cuál fue su aporte fundamental? Por cierto, no es el caso entrar aquí a un análisis detallado y a la vez fundamentado. No es ése el propósito de este trabajo, amén de que al respecto aún hoy se observa una polémica bastante agria, algo que en parte también se origina por las indudables ambigüedades que existen de su obra. Pero, para nuestros propósitos, nos basta recordar dos o tres aspectos muy elementales.
Lo primero, es el renacimiento de la macroeconomía, sepultada e inexistente en el pensamiento neoclásico previo.5 En realidad, el mismo vocablo “macroeconomía” no se conocía antes de la Teoría General y aunque de hecho no es manejado por Keynes (se le atribuye a Samuelson o a R. Frisch), el vocablo adquiere carta de ciudadanía a partir del citado opus mágnum. Por cierto, no se trata sólo de una novedad semántica y ni siquiera tan sólo de un cambio en el foco de la atención preferente. El punto mayor es otro: el rompimiento que se insinúa contra el atomismo metodológico que tipifica a la visión neoclásica: la suma de las partes es igual al todo. Por ello, si se analiza el caso individual (consumidor, firma) el problema teórico global está resuelto, pues la agregación se entiende como una suma simple. En Keynes, se insinúa una postura radicalmente opuesta; esto, en el sentido de que el todo determina a las partes y no al revés.
Es sabido que Keynes se preocupó poco o nada de los problemas microeconómicos. Pero si lo anterior es correcto, es evidente que de la Teoría General también debería desprenderse todo un programa de reconstrucción de la microeconomía: romper con el enfoque neoclásico convencional y desarrollar un enfoque coherente con la nueva visión macroeconómica. Curiosamente Keynes aceptó explícitamente el grueso de la microeconomía tradicional, una inconsecuencia nada infrecuente en sus escritos. De hecho, el keynesianismo ulterior se manejó con esa grande inconsecuencia o dualidad -algo muy subrayado y criticado por los nuevos neoclásicos- entre las visiones macro y micro del funcionamiento económico.6
Cuando hablamos de renacimiento de la macroeconomía, empleamos el vocablo en un sentido elástico y que para evitar equívocos, conviene explicar. Los clásicos (Smith, Ricardo, Mill, Marx) manejaron una visión estructuralista -más que la del mismo Keynes- y también concentraron su atención en el aspecto macro de la economía. Pero su máxima preocupación fue el desarrollo económico, es decir, la dinámica estructural de largo plazo del sistema. En Keynes, esta preocupación está ausente. Cuando, vg., analiza la inversión, se preocupa de ella como factor de la demanda y deja de lado su impacto en las capacidades instaladas de producción. En este sentido se ha sostenido que su análisis es estático (algo que puede suscitar discusión) y, en todo caso, que es de corto plazo. Es decir, no se preocupa del desarrollo sino de los niveles de actividad económica en el corto plazo. Por lo mismo, si la teoría clásica constituye el “alimento” natural de las estrategias, la de Keynes es la teoría que suele alimentar mejor a las políticas económicas. En breve, entre Keynes y los clásicos no existe identidad y, por ello, eso del renacimiento es algo más bien relativo.7
Un tercer y grueso elemento a destacar se refiere a la noción de un capitalismo inestable. En la visión neoclásica, se plantea que el sistema se autorregula espontáneamente y que, al igual que en la mecánica clásica, tiende a volver una y otra vez a una posición de equilibrio que -por ello- es también estable. Se añade que en esa posición se utilizan los recursos económicos a plenitud y del modo más eficiente. Keynes rechaza abruptamente esta visión, (por cierto, terriblemente mítica y apologética) y plantea que “en condiciones de laissez-faire, quizá sea imposible evitar las fluctuaciones amplias en la ocupación sin un cambio trascendental en la psicología de los mercados de inversión, cambio que no hay razón para esperar que ocurra. En conclusión, afirmo que el deber de ordenar el volumen actual de inversión no puede dejarse con garantías de seguridad en manos de los particulares”.8 Dada esta apreciación, se deduce que la ley del valor (entendida como el principio regulador general de una economía de mercado) debe ser complementada por el principio de la intervención estatal.
Muy poco tiempo después de publicada la Teoría General, apareció el célebre artículo de Hicks, “Mr. Keynes and the Classics: A Suggested Interpretation”.9 Este ensayo, junto al trabajo de Hansen,10 encajaron a Keynes en un esquema de equilibrio general y proporcionaron una codificación pedagógica que, al final de cuentas, fue mucho más leída que la misma Teoría General. En el intento, se perdieron aspectos muy relevantes del mensaje original, aspectos sobre los cuales la insistencia de autores como Joan Robinson fue especialmente tenaz. Uno de ellos se refiere a la dimensión temporal del análisis, lo que los post-keynesianos han dado a llamar “tiempo histórico”. Al decir de Moore, “la esencia de una economía que opera en el tiempo histórico es que el pasado está dado y no puede ser cambiado y, que el futuro es incierto y no puede ser conocido”.11 La observación, apunta al usual supuesto walrasiano de previsión perfecta de los agentes económicos y, en este sentido, es impecable. No obstante, al menos -dado que no podemos entrar aquí a un análisis detallado- habría que señalar que la crítica post-keynesiana, en sí misma correcta, desemboca en una noción metafísica y equívoca del tiempo histórico. La incertidumbre (como expectativas no probabilizadas) se entiende en un sentido completamente ahistórico pues no se pretende, ni remotamente, anclarla y determinarla en condiciones socio-históricas precisas (vg. en la economía mercantil). Es decir, el reclamo por un tiempo histórico termina por remitirnos a una dimensión temporal ahistórica. Otro punto más que discutible e íntimamente ligado al anterior es la forma en que se rescata el viejo argumento de Hume en contra del empirismo ingenuo. Al rechazar la denominada “hipótesis ergódica” y aceptar la “histéresis”, se lo hace en términos que más bien se asemejan al rechazo de la posibilidad de un manejo científico de los asuntos económicos.12 Un segundo y decisivo punto subrayado por los post-keynesianos se refiere a los salarios y al nivel de precios. Como apunta J. Robinson, no hay lugar para que “la productividad marginal determine las tasas de los salarios reales, ni a que la cantidad de dinero determine los precios (…) El aspecto más importante de la revolución keynesiana fue el reconocimiento de que, en una moderna economía industrial, el nivel general de precios en cualquier fase del desarrollo técnico depende, principalmente, del nivel de las tasas de salario-dinero.13
Hasta el boom Kennedy-Johnson y en general hasta fines de los sesentas, el predominio del paradigma keynesiano (el Keynes neoclásico de la síntesis) fue prácticamente incontrarrestable. En la enseñanza universitaria vg., los manuales más utilizados de macroeconomía eran sorprendentemente homogéneos en cuanto a sus contenidos básicos. El profesor, al elegir tal o cual texto tenía que preocuparse casi exclusivamente de sus virtudes pedagógicas pues el modelo teórico básico se daba por descontado. En el diseño de las políticas económicas, también se llegó a grandes coincidencias y consensos. No obstante, ya promediando la década los sesenta se comienzan a observar fuertes desafíos. Por la izquierda y en evidente concomitancia con los movimientos de rebeldía de los años sesentas (el cheguevarismo, la Revolución Cultural China, el mayo francés, el otoño caliente italiano, la primavera de Praga), se observa el renacimiento de Ricardo (por la vía de Sraffa) y de la economía marxista. Con ello, se reactualizan categorías de tanta estirpe como excedente, explotación, valor, acumulación, gastos improductivos. Además, los mismos fundamentos de la teoría neoclásica del valor y la distribución son sometidos a una crítica devastadora. De la cual, por lo demás, el establecimiento universitario estadounidense hasta hoy casi no se da por enterado.14
Por la derecha, el monetarismo de Friedman avanza más. La crisis y la estanflación de los setenta marcaron un hito decisivo. A fines de la década, Tobin escribe: “vivimos tiempos difíciles para la macroeconomía, tanto teórica como aplicada a la política económica. Nuestra profesión está profundamente dividida en puntos esenciales: sobre cómo hacer un modelo de la estructura de nuestras economías así como sobre qué políticas gubernamentales pueden mejorar sus rendimientos. Desde mediados de los sesenta han decaído el grado de consenso sobre la ‘síntesis neoclásica’ postkeynesiana junto con la confianza en el potencial estabilizador de una activa intervención fiscal y monetaria, en algún momento presidido por la síntesis neoclásica”.15 Otro autor de no menos prestigio -John R. Hicks- sostiene que el boom económico se asociaba a las políticas keynesianas y ello les otorgaba un evidente prestigio. Pero cuando surge el estancamiento y la inflación, ese prestigio se deteriora: “ no es de ningún modo sorprendente -por el contrario es perfectamente natural- que si las doctrinas de Keynes dan en un momento, o parecen dar, resultados menos satisfactorios, sean puestas en tela de juicio, así como sus bases intelectuales”.16
A primera vista, se arriba a una típica crisis teórica. Y en términos casi apriorísticos se podría sostener: i) las estructuras económicas sufren mutaciones importantes; ii) ello, provoca el desajuste teórico; iii) se necesitaba, por ende, un recambio teórico. Todo, por lo tanto, muy normal, muy de acuerdo con la lógica de las crisis teóricas y del progreso científico según la han descrito autores inclusive tan disímiles como Popper, Kuhn, Lakatos y otros.
Por lo menos, ésa era la apariencia. El recambio teórico sí se dio, pero lo que es -digámoslo así- “curioso”, es que el recambio asume la forma de una recuperación del pasado. Lo que Alvin Hansen daba por totalmente muerto, resucita con fuerza increíble.
En la última parte de los setenta, emerge y se difunde con inusitada rapidez una nueva corriente, aquélla que Tobin denominara “monetarismo ii”17 y que es más conocida como “nueva macroeconomía clásica” o escuela de las expectativas racionales. Al comenzar los ochenta, en Estados Unidos, esta corriente parece iniciar una marcha triunfal incontenible.
Se ha escrito, por ejemplo, que en torno a 1980, ningún académico dedicado a la macroeconomía menor de 40 años, en Estados Unidos, se declaraba keynesiano18. Es decir, todos los académicos jóvenes reconocían filas en los grupos neoclásicos más extremistas, en la denominada “nueva macro-economía clásica” de las expectativas racionales.
Con toda justicia, Friedman, Brunner, Meltzer, Sargent, Lucas y demás, podrían recordar aquello de “los muertos que vos has matado, gozan de buena salud”. Y adviértase la impresionante similitud de las apreciaciones: hace unos 60 años, para celebrar el advenimiento de la era keynesiana que además sepultaba a la ortodoxia neoclásica; luego, digamos antes de ayer (hacia los ochenta del siglo xx) se celebran también decesos y nacimientos. Los protagonistas son idénticos pero los papeles han cambiado. Los keynesianos se mueren, los neoclásicos resucitan. ¿Por qué el repunte conservador? ¿Por qué esta especie de ciclos de retorno casi eternos? Y como hacia fines del siglo (o inicios del siglo xxi, máxime después de la crisis de orden estructural que viene sufriendo el capitalismo central) muy probablemente estaremos asistiendo a la decadencia de la escuela de Lucas, Barro et al y al auge de los “nuevos keynesianos”, ¿acaso no sería necesario preguntarnos sobre el por qué de estos movimientos ondulatorios, no muy propios de una disciplina que se pretende ciencia?19
Surgen aquí problemas muy delicados y que nos exigen una mínima referencia y atención.
Primero, tenemos un problema lógico. En los años treinta, la teoría A fue criticada y reemplazada por la teoría B. ¿Por qué? Porque A respondía a la realidad T, ya pretérita; y no a la realidad vigente, del tipo Y. En los setenta y ochenta, la realidad Y se transforma en la realidad Z y, por ello, entra en crisis la teoría B. La teoría que emerge, en correspondencia con Z es la del tipo A.
Tenemos entonces, las siguientes relaciones:
•
En el plano real: T ≠ Y; Y ≠ Z; Z ≠ T
•
En el plano teórico: A ≠ B; A = A
•
En el plano epistemológico: A/T = B/Y = A/Z

O sea, deberíamos concluir que Z = T, lo que claramente infringe las premisas y es absurdo. El asunto no es lógico, pero sí real.
El problema, nos lleva a plantear otro. Cuando asumimos las relaciones de correspondencia epistemológica entre teorías y realidades, estamos manejando un supuesto sencillo y propio de la práctica científica: las teorías deben reflejar lo material-objetivo y cuando dejan de hacerlo (son “falsa-das” de acuerdo al criterio popperiano) deben ser reemplazadas por otras. Pero, ¿qué puede significar que el reemplazo no tenga lugar? Este sería el segundo problema a subrayar. Desde ya, se puede advertir sobre algo: el no reemplazo significa que los ciclos de dominación teórica no responden, al menos completamente, a la dialéctica del desarrollo que exige la ciencia (i. e. el apegarse a la verdad) sino, al menos en parte, a otros factores o fuerzas motrices. O sea, con la teorización económica no se persigue exclusivamente un reflejo verdadero de la materia. También, se persigue algo más y que no provoca los mismos resultados (al menos en todos los casos) que la persecución de la verdad.

Multiplicidad de paradigmas y corrientes

Uno de los aspectos más llamativos de la actual situación de la teoría económica radica en la gran variedad de escuelas y corrientes que en su interior pululan. Y sin pretender unanimidades y uniformidades que en ninguna ciencia existen, pareciera que esta situación no es muy propia de una disciplina que aspira a ser reconocida como una ciencia cabal.
Para el caso, podemos recordar un comentario de Kant, el gran pensador alemán. Refiriéndose a la filosofía, Kant señalaba que “parece casi digno de risa que, mientras todas las ciencias progresan incesantemente, la que se tiene por la sabiduría misma, cuyo oráculo todos los hombres consultan, dé vueltas siempre en la misma dirección, sin poder avanzar un poco”.20
Un comentarista de Kant, a su vez, apunta que “los matemáticos, los físicos, los químicos, no vuelven cada uno a poner en cuestión la totalidad de su ciencia, sino que recogen los progresos de sus antecesores y añaden nuevas proposiciones verdaderas a las ya admitidas como tales. Pero en la filosofía, nada queda firme. Cada pensador destruye todo lo hecho antes de él y construye de nuevo un edificio”, de aquí que “la historia de la filosofía no es la historia de una ciencia, sino la historia de múltiples sistemas, deshechos apenas terminados y enseguida sustituidos por otros, que corren pronto la misma suerte”.21
La economía, por cierto, no es la filosofía, pero el panorama que describen Kant y García Morente guarda desazonantes puntos de similitud con el paisaje que hoy podemos observar en nuestra disciplina.
Demos un vistazo, breve y a vuelo de pájaro. Marx nunca ha desaparecido de la escena. Luego de Sraffa, el renacimiento de Ricardo es notorio. Y están los neoclásicos, los descendientes de Menger, Walras y Marshall. Y los keynesianos de toda laya.
En la derecha del espectro no hay una sino varias corrientes: a) la moderna escuela austríaca, la que viene desde Karl Menger y Eugen Bóhm-Bawerk. La impulsada en las últimas décadas por Ludwig von Mises y Friedrich von Hayek; b) la “nueva macroeconomía clásica” o escuela de las expectativas racionales, encabezada por autores como R. Lucas, Th. Sargent y Robert Barro; c) el monetarismo más tradicional, el de K. Brunner y Milton Friedman, el que James Tobin ha denominado “monetarismo I” (siendo el II, el de Lucas); d) la corriente ofertista, citada y publicada por algunos, pero que pensamos no alcanza la categoría mínima a exigir como para catalogarla corriente o escuela de pensamiento; e) actuando como sustrato último de b), c) y d), el modelo de equilibrio general walrasiano, desarrollado contemporáneamente por Arrow, Debreu y otros. Todas estas corrientes se tipifican por su contenido ultra-conservador, su creencia en la estabilidad esencial del capitalismo privado, en el carácter auto-regulador (homeostático) del mercado, y en su duro rechazo al regulacionismo estatal.
En el centro del espectro, la variedad no es menor. Se podría sostener que el Keynes de la Teoría General funciona aquí como tronco básico o matriz primigenia, pero grande es el forcejo en torno a cuál es la interpretación más adecuada del esquema enarbolado por el gran economista inglés. Podríamos quizá distinguir las siguientes grandes corrientes: a) la “síntesis neoclásica”, es decir el Keynes de la is/lm de Hicks y Hansen, asociado a autores como Samuelson, Tobin y Modigliani. Es el Keynes asimilado al esquema neoclásico de equilibrio general, lo cual -según muchos autores-ha desvirtuado su mensaje original y, por eso, tales autores han llegado a hablar de “key-nesianismo bastardo”22; b) la “nueva economía keynesiana”, término que ha manejado Robert J. Gordon23 para referirse al trabajo que en polémica (y en parte asimilación) con la escuela de expectativas racionales, han efectuado algunos nuevos jóvenes keynesianos. En sus palabras, ha habido en los ochenta, “un chorro de investigaciones que al interior de la tradición keyne-siana han buscado construir los fundamentos microeconómicos de la fijeza o ‘viscosidad’ de los salarios y precios”.24 En realidad, si bien se piensa, los “nuevos clásicos” (que son mas bien, nuevos neo-clásicos) han rescatado y extendido los límites de la microeconomía neoclásica o tradicional lo que, al final de cuentas, los ha llevado a disolver lisamente la macroeconomía (esto, equivaldría a un triunfo del individualismo o atomismo metodológico). Entretanto, los “nuevos keynesianos” (Gordon, S. Fisher, Taylor, H. Grossman, et al) buscan acomodar la microeconomía a las realidades del fin de siglo -precios pegajosos, estructuras oligopólicas- y preservar así el núcleo básico de la macroeconomía llamada keynesiana; c) existe otra corriente, denominada a veces neo-keynesiana, donde se ubican autores como: Clower, Leijonhufvud, Stiglitz, los franceses Malinvaud y J. P. Benassy, el japonés Negishi y otros. Estos autores buscan desarrollar un enfoque de equilibrio general no walrasiano que enfatiza los ajustes de cantidades y acepta, por ello, la existencia de precios relativamente fijos o que reaccionan con gran lentitud.25 Entre esta corriente y la antes mencionada de los “nuevos keyne-sianos” hay muchos y obvios puntos de contacto y las fronteras -de haberlas- son bastante difusas. Entre ambas corrientes se puede pronosticar un proceso de convergencia e integración más o menos fuerte. Y no sería raro que llegara a ocupar una posición dominante (en reemplazo de la corriente de expectativas racionales) en el establecimiento académico; d) la escuela de los post-keynesianos, donde encontramos a autores como Alfred Eichner, Paul Davidson, Sydney Weintraub, Hyman Minsky y otros. En esta escuela, a veces se agrupan también a autores como: Kalecki, Steindl y Sylos Labini, los cuales representan una variante quizá no menor respecto a los antes mencionados. El último Kaldor también se asocia a esta corriente. Y, por cierto, en quien recae el papel de gran líder intelectual de la corriente no es otra que la ya legendaria Joan Robinson. Usando términos no académicos, puede afirmarse que la corriente post-keynesiana nos muestra un impresionante elenco de grandes estrellas del firmamento económico.
Según Ocampo, un rasgo común del post-keynesianismo “es el intento de rescatar y desarrollar elementos de la revolución keynesiana (entre ellos los aportes del economista polaco M. Kalecki) que quedaron relativa o enteramente olvidados en la ‘gran síntesis”.26 Este mismo autor anota que “el problema básico de la teoría keynesiana es la ausencia de un análisis de la empresa, los precios y la distribución firmemente sustentada en los conceptos de incertidumbre y demanda efectiva. La ausencia de este análisis condujo a los seguidores de Keynes en dos direcciones opuestas. Por una parte, conceptos derivados de la teoría neoclásica se intentaron compaginar con el análisis keynesiano del corto plazo en la ‘gran síntesis’. Por otra, los autores post-keynesianos ampliaron los elementos de la ruptura con el neoclasicismo, extendiendo los conceptos de incertidumbre y demanda efectiva en estas esferas”.27
Hacia la izquierda del espectro tampoco se puede hablar de un paradigma homogéneo. Cierto es que así como en el centro la figura de Keynes funciona como un foco de irradiación o imán casi irresistible, en el polo de la izquierda Marx juega un papel bastante similar. Difícilmente podemos hablar de corrientes teóricas que, de una u otra manera, no respondan en mayor o menor grado a su poderoso influjo.
No obstante, en la izquierda no todo es sensu-stricto marxista. Además, al interior del marxismo coexisten (no siempre en términos pacíficos) corrientes a veces muy disímiles.
Limitándonos a una muy tosca apreciación podríamos señalar las siguientes grandes corrientes.
a)
El neo-ricardianismo. Su origen, muy nítido y claro, reside en el famoso texto de Piero Sraffa, “Producción de mercancías por medio de mercancías”. A esta corriente se pueden adscribir autores como P. Garegnani, G. Roncaglia, Gilbert Abraham-Foris I. Steedman, G. Hogdson28 y otros. Son autores que se diferencian de la escuela marxista en tanto tienden a sustituir el valor por la mercancía estándar compuesta de Sraffa y, de hecho, piensan que el manejo de la categoría valor constituye un rodeo innecesario.
b)
El marxismo analítico. Roemer es su representante más destacado. Tienen muchos puntos de contacto con el neo-ricardianismo y a veces se ha llegado a calificar a esta corriente como “marxismo walrasiano”. Se trata, sin duda, de un proyecto en expansión y cuyo programa de investigación sobrepasa los límites de la pura economía. Aunque, muy probablemente, en épocas de crisis de orden mayor (como la que transcurre del 2007 a la fecha) se debilite su impulso.
c)
La escuela de la estructura social de la acumulación. Encontramos aquí, a autores como Bowles, Gintis, Edwards, Reich, Gordon, Weisskopf y otros. Aparte de Marx, reconocen filiaciones teóricas en Keynes, en Shumpeter y -algo- en Sraffa. Constituyen el núcleo central de la denominada “economía radical”.
d)
La escuela de la regulación. Corriente francesa escindida del marxismo soviético donde encontramos a autores como: Lipietz, Boyer y otros. Aparte de Marx, son muy cercanos a Kalecki y Steindl.
Y con seguridad pueden converger con la corriente antes mencionada.
e)
El luxemburguismo. Escuela marxista que enfatiza los problemas que derivan del subconsumo y de una demanda efectiva insuficiente. Aparte de Rosa Luxemburgo, se pueden asociar a esta corriente a autores como T. Kovalicki (polaco), Henri Denis (francés) y, en algún sentido no muy preciso, a Paul Baran, Paul Sweezy, Harry Magdoff y Howard Sherman.
f)
El trotsquismo. En economía, gira en torno a la obra de Ernest Mandel, pero sus contornos (en teoría económica) no son precisos o muy diferenciados.
g)
El marxismo soviético. Para muchos y durante largos años, fue el sinónimo de la ortodoxia marxista. Responde a una visión hegeliana derechizante y frente a sus virtudes sistemáticas y globalizantes se les suele oponer su debilidad empírica y operacional. Aparte de que su tendencia apologética lo conduce, en no pocas ocasiones, a incurrir en simplificaciones burdas, faltas muy elementales a la lógica. En la actualidad, por el derrumbe de la Unión Soviética, muy debilitado o, más bien, en vías de desaparición.

Para no abusar, cortamos aquí la lista, aunque bien se podría alargar. Asimismo debemos señalar que: i) no hemos aclarado los criterios de demarcación; ii) entre las diversas corrientes mencionadas, se dan superposiciones y “tierras de nadie y en disputa”; iii) de seguro, se podría decir que tal o cual autor debería clasificarse en otro renglón; iv). En breve, más que clasificaciones precisas, nos interesaba llamar la atención sobre el número, impresionantemente elevado, de escuelas y corrientes teóricas que hoy pululan en el mundo académico de la economía. ¿Qué es lo que posibilita esta situación tan anómala para una ciencia? Sin pretender entrar ahora a ensayar una explicación, hay algo que evidentemente tiene lugar: los criterios de verificación propios de las ciencias “duras”, en nuestra disciplina no se aplican y si se aplican, sus conclusiones no se respetan. Dicho de otro modo: en ocasiones dilucidar si tal o cual hipótesis es falsa o verdadera, resulta extremadamente difícil cuando no imposible. Lo cual, tiene que ver no sólo con las dificultades que impone la naturaleza del objeto sino que, también, con la forma metafísica con que se plantean los enunciados o proposiciones teóricas. En segundo lugar, debemos reconocer un fenómeno más grave: la especial capacidad (¿dureza?, ¿deshonestidad?) con que casi todas las corrientes se las arreglan para ignorar o rechazar las evidencias empíricas que las falsean y rechazan.

Ambigüedades metodológicas

En el campo neoclásico podemos observar una situación bastante contradictoria y curiosa. Al menos en el mundo anglosajón, casi todos los economistas declaran su adhesión a los criterios epistemológicos desarrollados por los hombres del Círculo de Viena (Schlick, Carnap, Wittgenstein y otros) o por Karl Popper. De hecho -valga la acotación al pasar- suelen confundir las posturas de Popper con las del círculo.
La influencia del positivismo lógico en los economistas anglosajones tiene orígenes casi accidentales. La citada escuela filosófica florece en la Austria de entreguerras, previa al advenimiento del fascismo. Sus raíces, se sitúan incluso antes de la 1a Guerra Mundial, en esa Viena y centro-Europea que llegó a ser una fiesta del espíritu. Y si Moritz Schlick -tal vez la cabeza más brillante del Círculo- fue asesinado por un estudiante fascista, los otros miembros se vieron obligados a emigrar ante el peligro hitleriano. Wittgenstein llegó a Cambridge donde cultivó las amistades de Keynes y Piero Sraffa. Otros, como Rudolf Carnap, emigraron a Estados Unidos. En este país, hasta el primer tercio del siglo xx, el cultivo de la filosofía era francamente mediocre y los hombres del círculo, alemanes y europeos, muy pronto se apoderaron de la dirección de muchos departamentos de filosofía, como vg. en Harvard, en Chicago y otras grandes e influyentes Universidades. Y por esta vía, influyeron en las escuelas de economía, en las posiciones epistemológicas que allí se comenzaron a manejar.
En Estados Unidos, antes del arribo del neo-positivismo, las posturas metodológicas esgrimidas por los economistas más orientados al trabajo teórico, sugestivamente se alineaban principalmente en las filas del apriorismo kantiano más que en el pragmatismo utilitario de un William James. Este, por ejemplo, es característicamente el caso de Franck H. Knight, autor que desarrolla ásperas polémicas con el positivismo. En sus palabras, “las proposiciones y definiciones fundamentales de la teoría económica no son ni observables ni inferidas de la observación”.29 Asimismo sostiene que la teoría económica, por su método, es una ciencia “similar a la geometría”.30 La postura de Knight es similar a la de autores como el inglés Lionel Robbins31 y los austríacos Ludwig von Mises y Friedrich von Hayek, para quienes las proposiciones y enunciados centrales de la teoría económica poseen una naturaleza que es similar a los juicios a priori y sintéticos desarrollados por Kant. Según von Mises, la economía teórica opera en el espacio del “entendimiento puro” y sus “teoremas concretos no son susceptibles de verificación o falsación alguna en el terreno de la experiencia… la medida última de la corrección o falta de ella de un teorema económico es únicamente la razón, sin ayuda de la experiencia”.32 En general, esta postura metodológica coincide con la manejada por la denominada escuela austriaca, aquélla rama de la visión neoclásica que se origina a partir de Karl Menger. Este, distingue las “leyes exactas” de las “leyes empíricas”, las que se obtienen por inducción y nos proporcionan una comprensión insuficiente de los fenómenos, permiten una predicción insegura y no nos otorgan una garantía absoluta y a priori de su validez. La economía teórica -según Menger- debe buscar “leyes exactas”, las que dados ciertos axiomas se obtienen deductivamente y cuya validez no se corrobora con test empíricos.33 Dicho de otro modo, terminamos por arribar a las “verdades de razón” manejadas por Leibniz.
Junto al apriorismo sintético, en Menger destaca su rechazo a la noción ultra-empirista de una realidad plana y su correlato: el desarrollo de una ciencia puramente descriptiva. En su opinión, la ciencia debe identificar la naturaleza esencial de los fenómenos y, por esta vía, llegar a comprenderlos. Es decir, saber su porqué o “la razón de su existencia”.34 Si evitamos cierto componente subjetivo -como la introspección psicológica- que a veces se incluye en la “verstehen” (comprensión) gnoseológica,35 el aspecto “esen-cialista” de la visión de Menger constituye un buen antídoto de aquellas concepciones instrumentalistas que creen que la ciencia no es más que una caja negra.36
Ahora bien, según ya hemos advertido, en la segunda mitad de este siglo, el grueso de los economistas se declaran, en cuestiones de método, partidarios del neopositivismo. Al decir de Paul Samuelson, “en relación con las exageradas pretensiones que solían sostenerse en cuanto al poder de la deducción y el razonamiento apriorístico en economía -hechas por los escritores clásicos, por Karl Menger, por el Lionel Robbins de 1932… por los discípulos de Frank Knight y por Ludwig von Mises-, yo tiemblo por la reputación de mi disciplina”.37 Como vemos, ahora se cree que la “reputación” viene dada por el rechazo al antiguo apriorismo.
En su obra capital, Los fundamentos del análisis económico, Samuelson plantea un abrupto rechazo a los enfoques aprioristas, un claro malestar respecto al “estatuto científico” de la argumentación neoclásica y, asimismo, señala la necesidad de respetar los cánones metodológicos del neo-positivismo. En sus palabras, “sólo la más pequeña fracción de los escritos económicos, teoréticos y aplicados, se ha preocupado de la derivación de teoremas operacionalmente significativos”.38 Esto, a su vez, se debería a la errónea preconcepción metodológica según la cual “las leyes económicas son deducidas de supuestos a priori que poseerían rigor y validez independientemente de cualesquier comportamiento humano”.39 A quien haya leído los Foundations estas declaraciones iniciales en contra del apriorismo no pueden sino resultar sorprendentes: pocos libros más apriorísticos que los Foundations. Al cabo del tiempo, el mismo Samuelson ha reconocido que en ese libro “…no me apegué demasiado consistentemente a mi programa de derivar teoremas operacionalmente significativos; de otro modo, tópicos como la economía del bienestar y la economía dinámica podrían haber sido excluidos”.40 Esta situación viene resultando muy típica de la economía convencional: se predica una cosa y se practica otra. El mismo Samuelson, por ejemplo, se pronuncia muy elocuentemente a favor del principio de la inducción empírica: “toda ciencia está firmemente basada en la inducción a partir de la observación de los hechos empíricos”.41 Pero, al mismo tiempo y sin pestañar, nos dice que el equilibrio general walrasiano constituye “la cima de la economía neoclásica”42 y bien sabemos que en materias de ma-croeconomía su principal esfuerzo se orientó a la integración del esquema de Keynes en un modelo de equilibrio general. Y, por cierto, pretender que el modelo walrasiano constituye una “generalización empírica” resulta una descomunal tomadura de pelo.43
Como se sabe, una de las motivaciones que tuvo Walras para desarrollar su obra fue su rechazo a las prédicas y doctrinas de Proudhon. Este aspiraba a un modelo de sociedad muy confuso -medio capitalista, medio socialista o, si se quiere, una especie de economía mercantil simple e igualitaria, con muchos puntos de contacto con el ideal económico de Rousseau- y, de modo fundamental, esgrimía una feroz crítica a las instituciones capitalistas y a sus consecuencias de miseria e injusticia. A Walras, las prédicas de Proudhon le causaban inquietud, malestar y temor. Amén de peligrosas, le parecían irracionales, ajenas al “élan” ilustrado que había heredado -según propia confesión- de los revolucionarios franceses.44 Su afán, entonces, fue construir un discurso que demostrara -más que “more geométrico”, more mecánica-física- con absoluta claridad, rigor y exactitud, las ventajas del mercado y el régimen de propiedad vigente. Dicho de otro modo, al revés de lo planteado por Proudhon -que, entre otras tesis rimbombantes, sostenía que “la propiedad es un robo”- para Walras, la razón y la racionalidad no podían sino alinearse con la sociedad actual. Además, con una actitud también en este plano muy kantiana, terminaba por identificar los principios de la razón, con el reino del imperativo moral, la justicia y la libertad.
En breve, tendríamos que el modelo de Walras; i) respondería a los principios del apriorismo sintético de Kant; ii) tendría una orientación más formativa que positiva. Pero en esto no se agotan las dudas que suscita el modelo.
En la obra de Walras, hay preguntas que no resuelve la igualdad de ecuaciones e incógnitas. Por ejemplo: ¿existe una solución económicamente significativa? ¿Tal solución es única? ¿Es estable? Autores como H. Wald, K. Arrow45 y G. Debreu46 se han dedicado a analizar y resolver esos problemas. En sus afanes, han recurrido al método axiomático, un método cada vez más utilizado en las ciencias más maduras (físico-matemáticas, química) y que posee obvias virtudes de rigor, claridad y exactitud.47 El afán, por lo mismo, parece loable pero hay que advertir rápidamente: en la teoría económica convencional, el método axiomático se inserta de un modo bastante diferente al que se observa en los corpus científicos más establecidos y reconocidos. En la teoría económica neoclásica las deducciones que posibilita la axiomatización muy a menudo arriban a: i) conclusiones que no pueden ser verificadas (i. e., sometidas al test empírico) y son, por ello, simples enunciados metafísicos; ii) conclusiones que empíricamente rechazadas (falsadas según la expresión popperiana), se mantienen con tremenda pertinacia.
En el caso de los modelos walrasianos, la axiomatización se coloca al servicio de una construcción apologética cuya sustancia (no así su forma) es sumamente vulgar: se trata de “probar” las bondades del régimen capitalista, de “probar” su capacidad para maximizar el bienestar social. El propósito primigenio de Walras se conserva. Sólo se cambian los métodos y las formas (ahora ultrasofisticadas) de la demostración buscada. La misma secuencia que sigue la construcción de los modelos walrasianos contemporáneos es más que sugerente: primero se eligen las conclusiones que se desea “probar” y luego se infieren los axiomas adecuados. Es decir, los que permiten arribar a las conclusiones previamente elegidas. Al decir del economista francés Bernard Guerrien, los neoclásicos “han adoptado una problemática de axio-matización en la cual el problema central llega a ser ¿qué hipótesis deben efectuarse para demostrar que las normas del mercado conducen a un óptimo? Dicho de otro modo, no se trata de partir de hipótesis para arribar a un resultado sino de partir del resultado para determinar en qué condiciones (i. e., con qué hipótesis) aquello puede ser logrado.”48 Con lo cual, se asumen hipótesis iniciales o supuestos que resultan hasta delirantes.
Hay economistas que han expresado un abrupto rechazo a los esquemas walrasianos. Keynes, por ejemplo, señalaba que “tanto la teoría de Walras como todas las otras que tienen los mismos lineamientos, ¡son puros disparates!”.49 N. Kaldor no es menos tajante y escribe que “los hábitos de pensamiento engendrados por la teoría económica del equilibrio han llegado a ser el principal obstáculo para el desarrollo de la economía como ciencia”.50 Alfred Eichner, el gran impulsor de la escuela post-keynesiana, sostiene que la economía “no es todavía una ciencia” y que es el corpus teórico neoclásico el gran responsable de esta situación desmedrada.51
En su versión walrasiana -que es de lejos dominante- la teoría neoclásica tiene muy pocos puntos de contacto con las realidades económicas contemporáneas. Según Keynes, “sus enseñanzas engañan y son desastrosas si intentamos aplicarlas a los hechos reales”.52 No obstante, esos esquemas no son fantasmas que se limitan a vagar por el limbo académico. Nada de eso, el esquema se materializa con especial fuerza en los periodos de crisis y suele pasar a orientar las políticas de ajuste que en tales momentos se implementan. La llamada Ley de Walras y las restricciones presupuestarias que se le suponen a cada sector, plantea que a cada escala global no puede existir ningún tipo de demanda excedentaria. Por ende, si en (n-1) mercados se observa una demanda excedentaria, en el mercado n-ésimo forzosamente existirá una oferta excesiva de igual magnitud. Por ejemplo, supongamos que en el mercado de dinero la oferta supera a la demanda: hay exceso de saldos monetarios. La contraparte será, en este caso, una oferta deficitaria en el mercado de bienes. O bien, si en éste suponemos equilibrio habrá un saldo externo negativo (las importaciones superan a las exportaciones). O sea, la oferta de divisas será deficitaria. Si esto, vg., lo aplicamos a América Latina donde la crisis de balance de pagos suelen ser recurrentes, la “receta” a deducir es nítida: restringir la oferta monetaria y reprimir el nivel de la demanda global. Para el modelo neoclásico, ésas medidas sólo deberían afectar al nivel de precios, corregir el déficit externo y dejar prácticamente intocado al sector real (enfoque dicotómico y tesis de la neutralidad del dinero). Lo cierto es que, de acuerdo a la evidencia empírica acumulada, los resultados son muy diferentes y confirman la predicción de Keynes: efectos “desastrosos”. En este contexto, ¿qué significa desastroso? En breve, un conjunto de efectos tales como: i) caída en los niveles del ingreso nacional real; ii) reducción en los salarios reales; iii) aumento de la tasa de desocupación; iv) elevación de la tasa de interés y caída de la tasa de beneficio empresarial. Por lo mismo, caída en los niveles de inversión y del ritmo de crecimiento a futuro. En general, ningún economista -que sepamos- considera positivos a tales efectos.
A lo señalado, habría que agregar: esos efectos no sólo son negativos. También son no-neutrales. O sea, perjudican a la mayoría pero un sector social sí se beneficia: se trata de aquella fracción del capital que gira en torno al capital-dinero de préstamo y cuyo acceso a la plusvalía asume la forma del interés o de ganancias especulativas. Algo que en los últimos años (primera década del siglo xxi) y la crisis del 2008 ha quedado en abierta evidencia.53
Políticas con efectos tan desastrosos (ésta es una “verdad de hecho”) no podrían preservarse en un mundo racional y democrático. ¿Por qué, entonces, se reproducen una y otra vez? En nuestra opinión, el criterio de Keynes es impreciso y, al final de cuentas, erróneo. Expliquemos: los efectos desastrosos no lo son para todos. Para un sector social, los efectos resultan muy útiles. Y si este sector se impone, es porque tiene fuerza: las políticas del fmi, jamás han sido decididas a partir de la aclamación popular.
De lo expuesto podemos deducir algunas moralejas que no por obvias son menos importantes: i) las teorías económicas y las políticas que de ellas se derivan, no son neutrales (en un sentido social y político); ii) por lo mismo, no se puede hablar de políticas económicas buenas o malas en abstracto. Lo bueno para un sector social, es malo para otro; iii) teorías como el neoclasicismo walrasiano rechazan las hipótesis ii) e i). Pero entonces, debería someterse al test empírico y aceptar lo que éste dice: las consecuencias de su aplicación son desastrosas. Y, por ello, desechar la teoría en cuestión. Por cierto, esto no tiene lugar.
Al aplicarse, la teoría provoca efectos que no se explicitan (al revés, de palabra se rechazan) pero que de hecho sí se buscan: se dice una cosa y se hace otra.
La teoría, por ello se vuelve a aplicar una y otra vez. Y para ciertos propósitos y para ciertos grupos sociales, resulta útil y eficaz.54 Ahora bien, si tomamos como patrón de referencia los propósitos públicos, oficiales y pudibundos, es claro que la evidencia empírica rechaza a la teoría. Pero si consideramos como hipótesis de base los propósitos ocultos o latentes, es claro que resulta exitosa. Todo esto, es muy impropio de la ciencia y sí muy típico de las ideologías mistificadoras. Por lo mismo, se trata de evidencias que apuntan a revelar la auténtica funcionalidad y el real estatuto del neoclasicismo walrasiano: poca o ninguna ciencia, formas de razonamiento usualmente muy sofisticadas y un contenido ideológico mistificador bastante extremo. En algún sentido, hay aquí algo así como una reedición de la teología medieval aristotélica, aquélla que el dr. Angélico consolidara con inigualable rigor y sistema.
Podríamos resumir muy gruesamente lo expuesto en dos hipótesis fundamentales: a) la corriente teórica dominante -la neoclásica- hoy proclama una visión metodológica empirista (neopositivista o popperiana), pero de hecho funciona en términos básicamente apriorísticos; b) la misma corriente declara que su teorización es positiva pero, en los hechos, el grueso de su argumentación se refiere a un “deber ser” nada de misterioso. En breve, empirismo de palabra y apriorismo de hecho; positividad de palabra y normatividad de hecho. Una forma muy científica y un contenido sustantivo bastante politizado y apologético.
Estas hipótesis pueden y deben ser discutidas. Y si ellas son verdaderas, no pueden provocar una aprobación unánime. De momento nos basta su simple señalización. Y agregar que ambigüedades y equívocos metodológicos como los mencionados por lo menos dan pábulo a alguna (?) duda sobre el pretendido carácter científico de nuestra disciplina.

Conclusiones preliminares

Hemos mencionado algunas características que asume el trabajo académico en el seno de nuestra disciplina. Este repaso, por breve y rápido que haya sido, nos permite efectuar al menos cuatro conclusiones: primero, el estatuto científico de la disciplina resulta bastante dudoso. De la economía se ha dicho que es la “más dura de las ciencias blandas” pero así y todo, a veces su dureza no parece superar la de un puré de patatas; segundo, el contenido ideológico-doctrinario de la disciplina suele ser bastante más fuerte y elevado del que se acostumbra admitir; tercero, en tal contexto, la elección de programas curriculares resulta compleja y no fácil de efectuar acudiendo a criterios objetivos, claros, e indisputables; cuarto, lo que para nosotros sería quizá la enseñanza primordial a extraer: la necesidad de ser extremadamente cauteloso en la evaluación de las diversas escuelas y corrientes del pensamiento económico. Más aún, la necesidad de abandonar esa actitud de soberbia y auto-complacencia con que a veces observamos los logros de lo que denominamos -no con muchas razones- nuestra “ciencia económica”. Para el caso, nada mejor que recordar el consejo (o deseo) manifestado por Keynes: “si los economistas pudieran arreglárselas para que se pensara de ellos que son gente humilde y competente en un mismo nivel con los dentistas, sería espléndido”.55

Despejando equívocos

Y permítasenos despejar anticipadamente un malentendido posible. Hemos enfatizado algunos aspectos que caracterizan a la teoría económica y que provocan dudas muy fuertes sobre su pretendido estatuto científico. Implícitamente, nuestro punto de referencia son las ciencias calificadas como “duras”: matemáticas, física, química. Habría, en consecuencia, que admitir: a) no debemos pretender una relación de identidad entre vg. la física y la economía. Aquí, no solamente nos encontramos con las obvias peculiaridades que impone el diferente objeto de estudio. También, está el hecho aún más decisivo de que la economía no podría ser una ciencia natural sino social, lo cual provoca diferencias bastante sustantivas en los modos del quehacer científico;56b) no debemos crear una imagen fetichizada y falsa de las ciencias naturales. En éstas, no existen unanimidades completas y los mecanismos de verificación y de reemplazo de teorías no son nada de idílicos o sencillos y prístinos. Hasta en las mismísimas matemáticas podemos observar escuelas que disputan en torno a problemas básicos en polémicas que se alargan por décadas: por ejemplo, entre la escuela formalista (Hilbert), la logicista (Russell-Whitehead) y la intuicionista (Brouwer).
Una última consideración apunta a la necesidad de no confundir nuestras observaciones con una especie de masoquismo obsesivo y gratuito. En breve, no pretendemos desconocer los progresos de la disciplina, en el plano del rigor formal, del posible test empírico e inclusive en los contenidos teóricos sustantivos. A partir de la macro keynesiana y del desarrollo de los modelos econométricos, los avances son genuinos y significativos. Que los modelos fallan es cierto, pero sería del todo reaccionario tomar esos errores para paralizar la investigación y no como estímulo para superar insuficiencias y debilidades. En corto, el progreso existe pero eso no nos permite sostener que la economía ya es una ciencia.
*
Depto. Economía, uam-i.
1
Alvin Hansen, “Keynes acerca de la política económica”; en S. E. Harris edif., La nueva ciencia económica, p. 170; Madrid, 1995.
2
A. Hansen, op. cit., p. 166.
3
Paul Samuelson, La Teoría General, en S. E. Harris, op. cit., p. 128.
4
Joan Robinson y John Eatwell, Introducción a la economía moderna, p. 54. foe, Madrid, 1976.
5
En la actualidad se habla del modelo macroeconómico clásico, pero: i) en los tiempos de la hegemonía neoclásica jamás se explicitó algo semejante; ii) se trata de una construcción efectuada a partir del ejemplo keynesiano, aunque obviamente manejando hipótesis neoclásicas.
6
Este problema está ausente en Kalecki. El gran economista polaco rechazó completamente la teoría macroeconómica neoclásica. Autores como el mismo Kalecki, Bain, Sylos-Labini y otros, han trabajado una microeconomía alternativa. En el bando conservador, la dualidad original entre macro (Keynes) y micro (neoclásica) se ha superado por la vía de suprimir la macroeconomía (caso vg., de Barro).
7
En realidad, ningún verdadero renacimiento funciona como una pura y simple copia.
8
J. M. Keynes, Teoría General de la ocupación, el interés y el dinero, p. 285, FCE, México, 1974.
9
Publicado en 1937, en Econométrica.
10
Cf. A. Hansen, Guía de Keynes, fce, México, 1983. La Pedición, en inglés, data de 1953.
11
Basil J. Moore, Horizontalists and Verticalists. The macroeconomics of credit money, p. 366. Cambridge University Press, 1988.
12
Cf. B. Moore, op. cit., pp. 368-371.
13
Joan Robinson y Eatwell, op. cit., p. 72.
14
Ferguson, alude a la crítica y señala: “su validez es incuestionable, pero su importancia es empírica o econométrica, y depende de la posibilidad de sustituciones que haya en el sistema. Hasta que los econometristas nos den la respuesta, confiar en la teoría neoclásica es cuestión de fe (¡Lutero ad portas! J. V. F.). Personalmente tengo fe; pero en la actualidad lo mejor que puedo hacer, para convencer a otros, es invocar el peso de la autoridad de Samuelson…”. Cf. C. E. Ferguson, Teoría neoclásica de la producción y la distribución, Prólogo, p. 8; Trillas, México, 1985. Como se ve, los criterios de Ferguson -la fe, la autoridad- son ultra “serios” y “científicos”.
15
James Tobin, “Una valoración de la actual contra-revolución monetarista”; en Información Comercial Española, diciembre, 1981.
16
John R. Hicks, La crisis de la economía keynesiana p. 11, Barcelona, 1976.
17
Cf. James Tobin, Reflexiones sur le theorie macroeconomique contemporaine, Paris, 1983.
18
Alan Blinder, ‘The Fall and Rise of Keynesian Economics”; Economic Record, dec. 1988.
19
En realidad, esta decadencia de los “nuevos neoclásicos” ya parece haber comenzado. Según Dornbusch, “la nueva economía clásica está pasando de moda”. Ver su prólogo a J. C. de Pablo, Macroeconomía, fce, B. Aires, 1991.
20
E. Kant, Prolegómenos a toda metafísica del porvenir, p. 21; edit. Porrúa, México, 1978.
21
M. García Morente, La filosofía de Kant, p. 19; Espana-Calpe, Madrid, 1975.
22
Joan Robinson, What has become of the Keynesian Revolution? Challenge; enero-febrero de 1974.
23
Robert J. Gordon, “What Is New Keynesian Economics?”, en Journal of Economic Literature, vol. xxvm, September, 1990.
24
Op. cit. p. 1115.
25
Por ello, algunos autores -como Negishi- comienzan a redescubrir a Karl Menger, neoclásico fundador que se interesaba más que en los precios de equilibrio, en los procesos, para nada instantáneos, que conducían al estado de “santidad neoclásica”. Por esta vía, se producen tam- bién encuentros con la escuela austríaca, en algún grado.
26
J. A. Ocampo, Economíaposkeynesiana, p. 9, FCE, México, 1988.
27
Ibíd., p. 17.
28
Este último ha derivado al llamado “neo-institucionalismo”.
29
F. H. Knight, On the History and Method of Economics, p. 154, The University of Chicago Press, Chicago, 1966.
30
Ibíd., p. 168.
31
Ver su muy influyente Ensayo sobre la naturaleza y significación de la ciencia económica, fce, México, 1954.
32
Ludwig von Mises, Human Action. A Treatise on Economics, p. 858, London, 1949.
33
Ver Karl Menger, Investigations into the Methods of the Social Sciences with Special reference to economics, en especial, los capítulos 3, 4 y 5 del libro i; New York University Press, N. York, 1985.
34
Op. cit., p. 43.
35
Patente en autores como Rickert, Windelband, Dilthey y otros filósofos de las “ciencias del espíritu”. De paso, digamos que la influencia de esta corriente es muy nítida en J. Schumpeter.
36
Caso de M. Friedman.
37
P. Samuelson, según M. Blaug, op. cit., p. 113.
38
Paul A. Samuelson, “Foundations of Economic Analysis”, p. 3, Cambridge, Harvard University Press, 1971. Por operacionalmente significativos Samuelson entiende los enunciados con “significación cognitiva”, es decir, aquéllos que necesitan de la contrastación empírica para decidir sus valores veritativos.
39
Ibíd., p. 3.
40
P. A. Samuelson, “Foreword to the Chínese translation of Foundations of Economic Analysis”; en The Collected Scientific Papers of P. A. Samuelson, vol. ii, p. 691, The mit Press, Cambridge, Mass., 1977.
41
P. A. Samuelson, “Economic Theory and Mathematics”; en The Collected…”, op. cit., pp. 1752.
42
Ibíd., p. 1756.
43
El mismo Walras se declaraba kantiano: “absorbió la influencia de la filosofía kantiana a través de la popularización efectuada por Víctor Cousin”, Cf. B. Ingrao y G. Israel: The Invisible Hand, Economic EquiHihrium in the History of Science, p. 97; mit Press, Cambriedge, Mass., 1990.
44
En todo caso, del ala derecha de la revolución.
45
Keneth Arrow y F. H. Hahn, Análisis general competitivo, fce, México, 1977.
46
Gerard Debreu, Teoría del valor: un análisis axiomático del equilibrio económico, A. Bosch editor, Barcelona, 1973.
47
No así de completitud, según lo demostró Gódel con su famoso teorema.
48
Bernard Guerrien, L’economie neo-classique, p. 10; edic. La Découverte, Paris, 1989.
49
J. M. Keynes, carta a J. R. Hicks (9/12/1934).
50
N. Kaldor, Further Essays on Economic Theory, p. 176, Duckworth, 1978.
51
Cf. Alfred Eichner, Why Economics is not a Science, Aparece con algunas correcciones y agregados, como cap. 15 de The Macrodynamics of Advanced Market Economies, M. E. Sharpe, N.yor & London, 1991.
52
J. M. Keynes, Teoría General, p. 15. edición citada.
53
Cf. José Valenzuela Feijóo, La gran crisis del capital, uam, 2009.
54
De acuerdo a una visión pragmática algo burda, será verdadera en tanto es útil. Esta distorsión es muy frecuente en el campo empresarial y publicitario. Pero, amén de cínica, es falsa de punta a rabo. Se va de lo verdadero a lo útil (para algunos) y no al revés.
55
J. M. Keynes, “Essays in Persuasión”, en The Collected Economic Writings, vol. 9, p. 332. Macmillan, London, 1973.
56
La escuela austriaca ha enfatizado mucho este aspecto, pero ha arribado a conclusiones cuasi-románticas y subjetivas. Es decir, de la constatación de la peculiaridad, terminan por eliminar el contenido científico (genérico) del saber sobre la sociedad

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