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miércoles, 31 de julio de 2013

La ficción del desarrollo

La ficción del desarrollo*

Guía del Mundo

La Teoría de la Dependencia seguía apoyándose en la posibilidad genérica del desarrollo, pero ese supuesto cayó por tierra al verificarse que ni la mayor potencia del bloque socialista, la ex Unión Soviética, pudo sobrevivir al margen de la economía mundial

Al finalizar el milenio, las nociones de modernización, progreso y desarrollo, que pautaron durante los siglos XIX y XX las metas y frustraciones de la comunidad internacional de naciones, estaban siendo cuestionadas no sólo por sus presupuestos culturales sino por la propia evolución del sistema económico dominante.

A lo largo del siglo XX, los documentos de todas las instancias internacionales de cooperación y de definición de políticas globales reposaban en nociones tales como modernización, progreso o desarrollo, que daban por sobrentendido que las sociedades humanas perseguían un derrotero único en materia de bienestar general, en donde algunas naciones sólo se encontraban circunstancialmente menos adelantadas que otras.

 A fines de la década de 1940, la palabra desarrollo vino a cumplir una función similar a la que anteriormente habían tenido los términos modernización y progreso que, junto al optimismo desatado por la Revolución Industrial, expresaban la necesidad de las potencias dominantes de subordinar a otros estados menores.

En Africa, Asia y América Latina, por ejemplo, se hablaba de modernización a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, en tanto que, con la eclosión de la Guerra Fría entre los bloques capitalista y socialista, en la década de 1950 se denominó desarrollo al paradigma a partir del cual cobraban sentido otros términos como subdesarrollo, países en vías de desarrollo, etc.

La autonomía imposible

Más allá de sus diferencias, los ideólogos liberales y marxistas compartían una concepción lineal de la historia que, fatalmente, ya fuera por la pujanza del capital o por el avance de las fuerzas productivas (mano de obra, tecnología, etc.), desembocaba en el progreso y el bienestar general.

 La noción de desarrollo, coherente con tales presupuestos, fue impulsada en especial para ajustar la división internacional del trabajo a las nuevas realidades de posguerra, sobre todo para alinear a los nuevos países de Asia y Africa, que comenzaban a emerger luego de finalizado su proceso de descolonización.

Se sostenía que las naciones de la Europa capitalista, Estados Unidos y Japón eran estados desarrollados y que, rezagados con respecto a estos, los países pobres estaban sub, pre o poco desarrollados. En este momento comienza a hablarse también del Tercer Mundo, entendiendo por tal los países que no pertenecían al Primer Mundo, capitalista, ni al Segundo Mundo, socialista, dando por sobreentendido que ambos estaban en un estadio superior.

 Dentro de este marco, el interés del campo capitalista por mantener el control sobre sus antiguas zonas de influencia (América Latina para el caso de Estados Unidos y las ex colonias de Asia y Africa para el de las potencias europeas) se tradujo en la promesa del progreso y el desarrollo, que llegaría a esos países por medio de la ayuda financiera y las inversiones. Al comenzar los años 60, economistas y sociólogos del Tercer Mundo elaboraron la Teoría de la Dependencia, según la cual desarrollo y subdesarrollo eran dos caras de la misma moneda: uno no podía existir sin el otro. Esta interpretación sirvió de base a los movimientos más radicales de los años posteriores, que postulaban la salida del sistema capitalista y un desarrollo autónomo.

La Teoría de la Dependencia seguía apoyándose en la posibilidad genérica del desarrollo, pero ese supuesto cayó por tierra al verificarse que ni la mayor potencia del bloque socialista, la ex Unión Soviética, pudo sobrevivir al margen de la economía mundial. Algunos autores de la dependencia hicieron después una autocrítica de esa teoría y empezaron a hablar del no-desarrollo. Con el derrumbe del campo socialista, desapareció la confrontación ideológica entre los dos sistemas. En los hechos, los flujos de inversión internacional adquirieron el perfil descarnado de la simple búsqueda de maximización de las ganancias y la ayuda al desarrollo decreció sin remedio. No obstante, la terminología del desarrollo no desapareció, sirviendo ahora para sostener la tesis de que todo el orbe habría de seguir un único rumbo capitalista.

El desarrollo insustentable

En 1992, los gobiernos de todo el mundo y miles de organizaciones no gubernamentales se reunieron en Rio de Janeiro para hablar del medio ambiente. La Cumbre de la Tierra fue convocada para buscar soluciones al creciente daño ecológico infligido al planeta por el ser humano. Sin embargo, el Programa 21, surgido de esa reunión, no hizo más que reactivar la noción de desarrollo, ahora con la ayuda de un nuevo adjetivo: desarrollo sustentable.

Se delineó entonces un compromiso mundial que prentendió alcanzar el desarrollo sustentable que no deteriorase los ecosistemas. Los gobiernos ricos del Norte se comprometieron a apoyar financiera y tecnológicamente a los estados pobres del Sur, los cuales a su vez se comprometieron a ejecutar planes para erradicar la pobreza y satisfacer las necesidades básicas de sus poblaciones.

Según lo establecido en dicha cumbre, el objetivo común era alcanzar un sistema mundial de desarrollo que hiciera posible "satisfacer las necesidades de las generaciones actuales sin sacrificar las posibilidades de las generaciones futuras".

Por incapacidad o falta de voluntad política para lidiar con las fuerzas motoras reales del sistema capitalista, el compromiso de Rio de Janeiro no pudo ser cumplido. Este incumplimiento puso en mayor evidencia aún la caducidad de las propuestas desarrollistas.

Mientras se acuñaba el término globalización para explicar el nuevo curso de los hechos, la crisis ineluctable de los estados-nación y el irrefrenable triunfo de la economía especulativa hizo cada vez más irrisorios los viejos patrones de comparación.

 La crisis del estado-nación 

Más allá del prejuicio etnocentrista encerrado en el propio origen de la noción de desarrollo, cuyo fin era en definitiva imponer un modelo (el de la democracia capitalista occidental) a las diversas culturas del mundo, las realidades se encargaron de señalar la completa caducidad económica y política del argumento.

A fines del siglo XX entró en crisis la definición del estado-nación y de las organizaciones internacionales que le servían de marco, en favor de megacorporaciones privadas como las empresas trasnacionales y entidades políticas supraestatales (como la CE, el NAFTA, el Mercosur, la ASEAN) que respondían a aquéllas.

Al mismo tiempo, abandonado el patrón oro en favor de la flotación del dólar y otras divisas, la actividad financiera escapó de todo control. Ya no prevalecía la antigua relación entre países inversores y países productores sino el flujo indiscriminado de capitales especulativos, que invertían en cualquier región del globo terráqueo y sobre todo en sus mercados financieros.

Era extremadamente difícil entonces determinar de qué manera se sustentaba la economía planetaria. Del mismo modo que la economía informal se había convertido en el mayor ingreso de muchos países, así también el multimillonario flujo de capitales ilícitos (como los provenientes del tráfico de drogas, armas, diamantes, etc.) hacía muy difícil detectar hacía dónde y cómo se debía apuntar para alcanzar la proclamada meta del desarrollo.

El dinero electrónico, que se depositaba instantáneamente en las diversas bolsas del mundo y cambiaba de manos constantemente, era una figura que escondía tenazmente su rastro y que forzaba a replantear los viejos esquemas, tanto de desarrollo como de intercambio entre las naciones. En un esfuerzo por dar coherencia a la velocidad e incertidumbre de la actividad especulativa y los impactos en cadena sobre otros países de sus efectos locales, se comenzó a pensar en términos de interdependencia.

 Pero esta interdependencia, lejos de ser manejable, parecía seguir el principio de indeterminación de Heisenberg, elaborado para los fenómenos atómicos. Se había vuelto inmedible por dónde pasaba ni a dónde iba a llevar -o llegar- el flujo casi neutrónico de los capitales. La burbuja financiera, en México y Singapur, ya había dado indicios de que el frágil equilibrio de la interdependencia estaba al borde de su propio estallido.

Más allá de su capacidad de renovación en los discursos, la idea de que fuera factible un desarrollo único y global fue perdiendo legitimidad: de hecho no era una meta razonable ni posible de ser alcanzada por todos. Se hacía necesario entonces repensar los paradigmas que dieron origen a esa noción y que habían conducido a este estado de marasmo.

*Publicado en La Guía del Mundo 1999-2000 

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